II

Al otro rumbo del calabozo, algunos prisioneros escuchaban el

relato fluido de eses y eles, que hacía un soldado tuerto: Hablaba

monótonamente, sentado sobre los calcañares, y contaba la derrota de

las tropas revolucionarias en Curopaitito. Echados sobre el suelo,

atendían hasta cinco presos:

--Pues de aquella, yo aún andaba incorporado a la partida de Doroteo

Rojas. Un servicio perro, sin soltar el fusil, siempre mojados. Y el

día más negro fue el siete de julio: Íbamos atravesando un pantano,

cuando empezó la balasera de los federales: No los habíamos visto

porque tiraban al resguardo de los huisaches que hay a una mano y otra,

y no más salimos de aquel pantano por la Gracia Bendita. Dende que

salimos, les contestamos con fuego muy duro, y nos tiroteamos un chico

rato, y otra vez, jala y jala y jala, por aquellos llanos que no se les

miraba fin... Y un solazo que hacía arder las arenas, y ahí vamos jala

y jala y jala y jala. Escapábamos a paso de coyote, embarrándonos en

la tierra, y los federales se nos venían detrás. Y no más zumbaban las

balas. Y nosotros jala y jala y jala.

La voz del indio, fluida de eses y eles, se inmovilizaba sobre una

sola nota. El Doctor Atle, famoso orador de la secta revolucionaria

encarcelado desde hacía muchos meses, un hombre joven, la frente

pálida, la cabellera romántica, incorporado en su hamaca, guardaba

extraordinaria atención al relato. De tiempo en tiempo, escribía alguna

cosa en un cuaderno, y tornaba a escuchar. El indio se adormecía en su

monótono sonsonete:

--Y jala y jala y jala. Todo el día caminamos al trote, hasta que

al meterse el sol divisamos un ranchito quemado, y corrimos para

agazaparnos. Pero no pudo ser. También nos echaron, y fuimos más

adelante y nos agarramos al hocico de una noria. Y ahí está otra vez

la balasera, pero fuerte y tupida como granizo. Y aquí caía una bala y

allá caía otra, y empezó a hervir la tierra. Los federales tenían ganas

de acabarnos, y nos baleaban muy fuerte, y al poco rato no más se oía

el esquitero, y el esquitero y el esquitero, como cuando mi vieja me

tostaba el maíz. El compañero que estaba junto a mí, no más se hacía

para un lado y para otro: Motivado que le dije: No las atorees, manís,

porque es peor. Hasta que le dieron un diablazo en la maceta, y allí

se quedó mirando a las estrellas. Y fuimos al amanecer al pie de una

sierra, donde no había ni agua ni maíz, ni cosa ninguna que comer.

Calló el indio. Los presos que formaban el grupo seguían fumando sin

hacer ningún comentario al relato, parecía que no hubiesen escuchado.

El Doctor Atle repasaba el cuaderno de sus notas, y con el lápiz sobre

el labio interrogó al soldado:

--¿Cómo te llamas?

--Indalecio.

--¿El apellido?

--Santana.

--¿De qué parte eres?

--Nací en la Hacienda de Chamulpo. Allí nací, pero todavía chamaco, me

trasladaron con una reata de peones a los Llanos de Zamalpoa. Cuando

estalló la bola revolucionaria, desertamos todos los peones de las

minas de un judas gachupín, y nos fuimos con Doroteo.

El Doctor Atle, aún trazó algunas líneas en su cuaderno, y luego

recostose en la hamaca con los ojos cerrados y el lápiz sobre la boca,

que sellaba un gesto amargo.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 132 / 179 题