Al otro rumbo del calabozo, algunos prisioneros escuchaban el
relato fluido de eses y eles, que hacía un soldado tuerto: Hablaba
monótonamente, sentado sobre los calcañares, y contaba la derrota de
las tropas revolucionarias en Curopaitito. Echados sobre el suelo,
atendían hasta cinco presos:
--Pues de aquella, yo aún andaba incorporado a la partida de Doroteo
Rojas. Un servicio perro, sin soltar el fusil, siempre mojados. Y el
día más negro fue el siete de julio: Íbamos atravesando un pantano,
cuando empezó la balasera de los federales: No los habíamos visto
porque tiraban al resguardo de los huisaches que hay a una mano y otra,
y no más salimos de aquel pantano por la Gracia Bendita. Dende que
salimos, les contestamos con fuego muy duro, y nos tiroteamos un chico
rato, y otra vez, jala y jala y jala, por aquellos llanos que no se les
miraba fin... Y un solazo que hacía arder las arenas, y ahí vamos jala
y jala y jala y jala. Escapábamos a paso de coyote, embarrándonos en
la tierra, y los federales se nos venían detrás. Y no más zumbaban las
balas. Y nosotros jala y jala y jala.
La voz del indio, fluida de eses y eles, se inmovilizaba sobre una
sola nota. El Doctor Atle, famoso orador de la secta revolucionaria
encarcelado desde hacía muchos meses, un hombre joven, la frente
pálida, la cabellera romántica, incorporado en su hamaca, guardaba
extraordinaria atención al relato. De tiempo en tiempo, escribía alguna
cosa en un cuaderno, y tornaba a escuchar. El indio se adormecía en su
monótono sonsonete:
--Y jala y jala y jala. Todo el día caminamos al trote, hasta que
al meterse el sol divisamos un ranchito quemado, y corrimos para
agazaparnos. Pero no pudo ser. También nos echaron, y fuimos más
adelante y nos agarramos al hocico de una noria. Y ahí está otra vez
la balasera, pero fuerte y tupida como granizo. Y aquí caía una bala y
allá caía otra, y empezó a hervir la tierra. Los federales tenían ganas
de acabarnos, y nos baleaban muy fuerte, y al poco rato no más se oía
el esquitero, y el esquitero y el esquitero, como cuando mi vieja me
tostaba el maíz. El compañero que estaba junto a mí, no más se hacía
para un lado y para otro: Motivado que le dije: No las atorees, manís,
porque es peor. Hasta que le dieron un diablazo en la maceta, y allí
se quedó mirando a las estrellas. Y fuimos al amanecer al pie de una
sierra, donde no había ni agua ni maíz, ni cosa ninguna que comer.
Calló el indio. Los presos que formaban el grupo seguían fumando sin
hacer ningún comentario al relato, parecía que no hubiesen escuchado.
El Doctor Atle repasaba el cuaderno de sus notas, y con el lápiz sobre
el labio interrogó al soldado:
--¿Cómo te llamas?
--Indalecio.
--¿El apellido?
--Santana.
--¿De qué parte eres?
--Nací en la Hacienda de Chamulpo. Allí nací, pero todavía chamaco, me
trasladaron con una reata de peones a los Llanos de Zamalpoa. Cuando
estalló la bola revolucionaria, desertamos todos los peones de las
minas de un judas gachupín, y nos fuimos con Doroteo.
El Doctor Atle, aún trazó algunas líneas en su cuaderno, y luego
recostose en la hamaca con los ojos cerrados y el lápiz sobre la boca,
que sellaba un gesto amargo.