Conforme adelantaba el día, los rayos del sol, metiéndose por las altas
rejas, sesgaban y triangulaban la cuadra del calabozo. En aquellas
horas, el vaho de tabaco y catinga era de una crasitud pegajosa. Los
más de los presos adormecían en sus hamacas, y al rebullirse alzaban
una nube de moscas, que volvía a posarse apenas el bulto quedaba
inerte. En corros silenciosos otros prisioneros se repartían por los
rumbos del calabozo, buscando los triángulos sin sol. Eran raras las
pláticas, tenues, con un matiz de conformidad para las adversidades de
la fortuna: Las almas presentían el fin de su peregrinación mundana, y
este torturado pensamiento de todas las horas revestíalas de estoica
serenidad. Las raras pláticas tenían un dejo de olvidada sonrisa, luz
humorística de candiles que se apagan faltos de aceite. El pensamiento
de la muerte había puesto en aquellos ojos, vueltos al mundo sobre el
recuerdo de sus vidas pasadas, una visión indulgente y melancólica. La
igualdad en el destino determinaba un igual acento en la diversidad de
rostros y expresiones. Sentíanse alejados en una orilla remota, y la
luz triangulada del calabozo realzaba en un módulo moderno y cubista la
actitud macilenta de las figuras.