CARCELERAS

I

Bajo la luz de una reja, hacían corro jugando a los naipes hasta ocho o

diez prisioneros. Chucho el Roto tiraba la carta: Era un bigardo famoso

por muchos robos cuatreros, plagios de ricos hacendados, asaltos de

diligencias, crímenes, desacatos, estropicios, majezas, amores y celos

sangrientos. Tiraba despacio: Tenía las manos enjutas, la mejilla con

la cicatriz de un tajo y una mella de tres dientes. En el juego de

albures, hacían rueda presos de muy distinta condición: Apuntaban en

el mismo naipe charros y doctores, guerrilleros y rondines. Nachito

Veguillas estaba presente: Aún no jugaba, pero ponía el ojo en la

pinta y con una mano en el bolso se tanteaba la plata. Vino una sota y

comentó, arrobándose:

--¡No falla ninguna!

Volviose y tributó una sonrisa al caviloso jugador vecino, que

permaneció indiferente: Era un espectro vestido con fláccido saco de

dril que le colgaba como de una escarpia. Nachito recaló su atención

a la baraja: Con súbito impulso sacó la mano con un puñado de soles, y

los echó sobre la pulgona frazada que en las cárceles hace las veces

del tapete verde:

--Van diez soles en el pendejo monarca.

Advirtió el Roto:

--Ha doblado.

--Mata la pinta.

--¡Va!

El Roto corrió la puerta y vino de patas el rey de bastos. Nachito,

ilusionado con la ganancia cobró y de lleno metiose en los albures.

Por veces se levantaba un borrascón de voces, disputando algún lance.

Nachito tenía siempre el santo de cara, y viéndole ganar el caviloso

espectro hepático le pagó la remota sonrisa dirigiéndole un gesto

fláccido de mala fortuna. Nachito, con una mirada, le entregó su

atribulado corazón:

--En nuestra lamentosa situación, ganar o perder no hace diferencia.

Foso-Palmitos a todos iguala.

El otro denegó con su gesto fláccido y amarillo de vejiga desinflándose:

--Mientras hay vida, la plata es un factor muy importante. ¡Hay que

considerarlo así!

Nachito suspiró:

--¿A un reo de muerte qué consuelo puede darle la plata?

--Cuando menos, este del juego para poder olvidarse... La plata, hasta

el último momento, es un factor indispensable.

--¿Su sentencia también es de muerte, hermano?

--¡Pues y quién sabe!

--¿No se fusila a todos por igual?

--¡Pues y quién sabe!

--Me abre usted un rayo de luz. Voy a meter cincuenta soles en el

entrés.

Nachito ganó la puesta, y el otro arrugó la cara con su gesto fláccido:

--¿Y le sopla siempre la misma racha?

--No me quejo.

--¿Quiere que hagamos una fragata de cinco soles? Usted la gobierna

como le plazca.

--Cinco golpes.

--Como le plazca.

--Vamos en la sota.

--¿Le gusta esa carta?

--Es el juego.

--Quebrará.

--Pues en ella vamos.

El Roto tiraba lentamente, y corrida la pinta para que todos la viesen,

quedábase un momento con la mano en alto. Vino la sota. Nachito cobró,

y repartida en las dos manos la columna de soles, cuchicheó con el

amarillo compadre:

--¿Qué le decía?

--¡Parece que las ve!

--Ahora nos toca en el siete.

--¿Pues qué juego lleva?

--Gusto y contragusto. Antes jugué la que me gustaba y ahora

corresponde el siete, que no me incita ni me dice nada.

--Gusto y contra gusto llama usted a ese juego. ¡Lo desconocía!

--Mero, mero, acabo de descubrirlo.

--Ahora perdemos.

--Mire el siete en puerta.

--¡En los días de mi vida he visto suerte tan continuada!

--Vamos al tercer golpe en el caballo.

--¿Le gusta?

--Le estoy agradecido. ¡Ya hemos ganado!

--Debemos repartir.

--Vamos a darle los cinco golpes.

--Perdemos.

--O ganamos. La carta del gusto es el cinco, nos corresponde la del

contragusto.

--¡Juego chocante! Reserve la mitad, amigo.

--No reservo nada. Ochenta soles lleva el tres.

--No sale.

--Alguna vez debe quebrar.

--Retírese.

Chucho el Roto, con un ojo en el naipe, medía la diferencia entre las

dos cartas del albur. Silbó despectivo:

--Psss... Van igualadas.

Posando la baraja sobre la manta, se enjugó la frente con un vistoso

pañuelo de seda. Percibiendo a los jugadores atentos, comenzó a tirar

con una mueca de sorna y la cara torcida bajo la cicatriz. Vino el tres

que jugaba Nachito. Palpitó a su lado el espectro:

--¡Hemos ganado!

Reclamó Nachito batiendo con los nudillos en la manta:

--Ciento sesenta soles.

Chucho el Roto, al pagarle le clavó los ojos, con mofa procaz:

--Otro menos pendejo, con esa suerte, había desbancado. ¡Ni que un

ángel se las soplase a la oreja!

Nachito, con gesto de bonachón asentimiento, apilaba el dinero y hacía

sus gracias.

--¡Cua! ¡Cua!

Y murmuraba desabrido un titulado Capitán Viguri:

--¡Siempre la Virgen se le aparece a los pastores!

Y Nachito, al mismo tiempo tenía en la oreja el soplo del hepático

espectro:

--Debemos repartir.

Denegó Nachito con un frunce triste en la boca:

--Después del quinto golpe.

--Es una imprudencia.

--Si perdemos, por otro lado nos vendrá la compensación. ¿Quién sabe?

¡Hasta pudieran no fusilarnos! Si ganamos es que tenemos la contraria

en Foso-Palmitos.

--Déjese, amigo, de macanas y no tiente la suerte.

--Vamos con la sota.

--Es una carta fregada.

--Pues moriremos en ella. Amigo tallador, ciento sesenta soles en la

sota.

Respondió el Roto:

--¡Van!

Se almibaró Nachito:

--Muchas gracias.

Y repuso el tahúr, con su mueca leperona:

--¡Son las que me cuelgan!

Volvió la baraja, y apareció la sota en puerta, con lo cual moviose un

murmullo entre los jugadores. Nachito estaba pálido y le temblaban las

manos:

--Hubiera querido perder esta carta. ¡Ay, amigo, nos tiran la contraria

en Foso-Palmitos!

Alentó el espectro con expresión mortecina:

--Por ahora vamos cobrando.

--Son ciento veintisiete soles por barba.

--¡La puerta nos ha chingado!

--Más debió chingarnos. En una situación tan lamentosa, es de muy mal

augurio ganar en el juego.

--Pues déjele la plata al Roto.

--No es precisamente la contraria.

--¿Va usted a seguir jugando?

--Hasta perder. Solo así podre tranquilizar mi ánimo.

--Pues yo voy a tomar el aire. Muchas gracias por su ayuda y

reconózcame como un servidor: Bernardino Arias.

Se alejó. Nachito, con las manos trémulas, apilaba la plata. Le llenaba

de terror angustioso el absurdo de aquel providencialismo maléfico,

que dándole tan obstinada ventura en el juego, le tenía decretada la

muerte. Sentíase bajo el poder de fuerzas invisibles, las advertía en

torno suyo, hostiles y burlonas. Cogió un puñado de dinero y lo puso

a la primera carta que salió. Deseaba ganar y perder. Cerró los ojos

para abrirlos en el mismo instante. Chucho el Roto volvía la baraja,

enseñaba la puerta, corría la pinta. Nachito se afligió. Ganaba otra

vez. Se disculpó con una sonrisa, sintiendo la mirada aviesa del

bandolero tahúr:

--¡Posiblemente esta tarde voy a ser ultimado!

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 131 / 179 题