VI

El tumbo del mar batía la muralla, y el oboe de las olas cantaba el

triunfo de la muerte. Los pájaros negros hacían círculos en el remoto

azul, y sobre el losado del patio se pintaba la sombra fugitiva del

aleteo. Marco Aurelio sentía la humillación de su vivir, arremansado

en la falda materna, absurdo, inconsciente como las actitudes de esos

muñecos olvidados tras de los juegos: Como un oprobio remordíale

su indiferencia política. Aquellos muros, cárcel de exaltados

revolucionarios, le atribulaban y acrecían el sentimiento mezquino de

su vida, infantilizada entre ternuras familiares y estudios pedantes,

con premios en las aulas. Confuso atendía al viejo que entraba y sacaba

la aguja de lezna:

--¿Venís vos a la sombra por incidencia justificada, o por espiar lo

que se conversa? Eso, amigo, es bueno ponerlo en claro. Recorra las

cuadras y vea si encuentra algún fiador. ¿No dice que es estudiante?

Pues aquí no faltan universitarios. Si quiere tener amigos en esta

mazmorra, busque modo de justificarse. Los revolucionarios platónicos

merecen poca confianza.

El estudiante había palidecido intensamente. Nachito, con ojos de

perro, imploraba clemencia:

--A mí también me tenía horrorizado Tirano Banderas: ¡Muy por demás

sanguinario! Pero no era fácil romper la cadena. Yo para volinas no

valgo, y ¿adónde iba que me recibiesen si soy inútil para ganarme

los fríjoles? El Generalito me daba un hueso que roer y se divertía

choteándome. En el fondo parecía apreciarme. ¿Qué está mal, que soy un

pendejo, que aquello era por demás, que tiene sus fueros la dignidad

humana? Corriente. Pero hay que reflexionar lo que es un hombre privado

del albedrío por ley de herencia. ¡Mi papá, un alcohólico! ¡Mi mamá,

con desvarío histérico! El Generalito, a pesar de sus escarnios, se

divertía oyéndome decir jangadas. No me faltaban envidiosos. ¡Y ahora

caer de tan alto!

Marco Aurelio y el viejo conspirador oían callados y por veces se

miraban. Concluyó el viejo:

--¡Hay sujetos más ruines que putas!

Se ahogaba Nachito.

--¡Todo acabó! El último escarnio supera la raya. Nunca llegó a tanto.

Divertirse fusilando a un desgraciado huérfano, es propio de Nerón.

Marquito, y usted amigo, yo les agradecería que luego me ultimasen.

Sufro demasiado. ¡Qué me vale vivir unas horas, si todo el gusto me lo

mata este chingado sobresalto! Conozco mi fin, tuve un aviso de las

ánimas. Porque en este fregado ilusorio andan las Benditas. Marquito,

dame cachete, indúltame de este suplicio nervioso. Hago renuncia de la

vida por anticipado. Vos, mi viejo, ¿qué hacés que no me sangrás con

esa lezna remendona? Mero mero, pasame las entretelas. Amigos, ¿qué

dicen? Si temen complicaciones, háganme el servicio de consolarme de

alguna manera.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 124 / 179 题