El tumbo del mar batía la muralla, y el oboe de las olas cantaba el
triunfo de la muerte. Los pájaros negros hacían círculos en el remoto
azul, y sobre el losado del patio se pintaba la sombra fugitiva del
aleteo. Marco Aurelio sentía la humillación de su vivir, arremansado
en la falda materna, absurdo, inconsciente como las actitudes de esos
muñecos olvidados tras de los juegos: Como un oprobio remordíale
su indiferencia política. Aquellos muros, cárcel de exaltados
revolucionarios, le atribulaban y acrecían el sentimiento mezquino de
su vida, infantilizada entre ternuras familiares y estudios pedantes,
con premios en las aulas. Confuso atendía al viejo que entraba y sacaba
la aguja de lezna:
--¿Venís vos a la sombra por incidencia justificada, o por espiar lo
que se conversa? Eso, amigo, es bueno ponerlo en claro. Recorra las
cuadras y vea si encuentra algún fiador. ¿No dice que es estudiante?
Pues aquí no faltan universitarios. Si quiere tener amigos en esta
mazmorra, busque modo de justificarse. Los revolucionarios platónicos
merecen poca confianza.
El estudiante había palidecido intensamente. Nachito, con ojos de
perro, imploraba clemencia:
--A mí también me tenía horrorizado Tirano Banderas: ¡Muy por demás
sanguinario! Pero no era fácil romper la cadena. Yo para volinas no
valgo, y ¿adónde iba que me recibiesen si soy inútil para ganarme
los fríjoles? El Generalito me daba un hueso que roer y se divertía
choteándome. En el fondo parecía apreciarme. ¿Qué está mal, que soy un
pendejo, que aquello era por demás, que tiene sus fueros la dignidad
humana? Corriente. Pero hay que reflexionar lo que es un hombre privado
del albedrío por ley de herencia. ¡Mi papá, un alcohólico! ¡Mi mamá,
con desvarío histérico! El Generalito, a pesar de sus escarnios, se
divertía oyéndome decir jangadas. No me faltaban envidiosos. ¡Y ahora
caer de tan alto!
Marco Aurelio y el viejo conspirador oían callados y por veces se
miraban. Concluyó el viejo:
--¡Hay sujetos más ruines que putas!
Se ahogaba Nachito.
--¡Todo acabó! El último escarnio supera la raya. Nunca llegó a tanto.
Divertirse fusilando a un desgraciado huérfano, es propio de Nerón.
Marquito, y usted amigo, yo les agradecería que luego me ultimasen.
Sufro demasiado. ¡Qué me vale vivir unas horas, si todo el gusto me lo
mata este chingado sobresalto! Conozco mi fin, tuve un aviso de las
ánimas. Porque en este fregado ilusorio andan las Benditas. Marquito,
dame cachete, indúltame de este suplicio nervioso. Hago renuncia de la
vida por anticipado. Vos, mi viejo, ¿qué hacés que no me sangrás con
esa lezna remendona? Mero mero, pasame las entretelas. Amigos, ¿qué
dicen? Si temen complicaciones, háganme el servicio de consolarme de
alguna manera.