Hilo de la muralla, la curva espumosa de las olas balanceaba una
ringla de cadáveres. Vientres inflados, livideces tumefactas. Algunos
prisioneros, con grito de motín, trepaban al baluarte. Las olas
mecían los cadáveres ciñéndolos al costado de la muralla, y el cielo
alto, llameante, cobijaba un astroso vuelo de zopilotes, en la cruel
indiferencia de su turquesa. El preso que ponía remiendos en la frazada
de su camastro quebró el hilo, y con la hebra en el bezo murmuró
leperón y sarcástico:
--¡Los chingados tiburones ya se aburren de tanta carne revolucionaria,
y todavía no se satisface el cabrón Banderas! ¡Puta madre!
El rostro de cordobán, burilado de arrugas, tenía un gesto estoico: La
rasura de la barba, crecida y cenicienta, daba a su natural adusto un
cierto aire funerario. Nachito y Marco Aurelio caminaron inciertos,
como viajeros extraviados: Nachito, si algún preso cruzaba por su vera,
apartábase solícito y abría paso con una sonrisa amistosa. Llegaron
al baluarte y se asomaron a mirar el mar alegre de luces mañaneras,
nigromántico con la fúnebre ringla balanceándose en las verdosas
espumas de la resaca. Entre los presos que coronaban el baluarte
acrecía la zaloma de motín con airados gestos y erguir de brazos.
Nachito se aleló de espanto:
--¿Son náufragos?
El viejo de la frazada le miró despreciándole:
--Son los compañeros recién ultimados en Foso-Palmitos.
Interrogó el estudiante:
--¿No se les enterraba?
--¡Qué va! Se les tiraba al mar. Pero visto cómo a los tiburones ya les
estomaga la carne revolucionaria, tendrán que darnos tierra a los que
estamos esperando vez.
Tenía una risa rabiosa y amarga. Nachito cerró los ojos:
--¿Es de muerte su sentencia, mi viejo?
--¿Pues conoce otra penalidad más clemente el Tigre de Zamalpoa? ¡De
muerte! ¡Y no me arrugo ni me rajo! ¡Abajo el Tirano!
Los prisioneros encaramados en el baluarte, hundían las miradas en
los disipados verdes que formaba la resaca entre los contrafuertes
de la muralla. El grupo tenía una frenética palpitación, una brama,
un clamoreo de denuestos. El Doctor Alfredo Sánchez Ocaña, poeta y
libelista, famoso tribuno revolucionario, se encrespó con el brazo
tendido en arenga, bajo la mirada retinta del centinela que paseaba en
la poterna con el fusil terciado:
--¡Héroes de la libertad! ¡Mártires de la más noble causa! ¡Vuestros
nombres escritos con letras de oro, fulgirán en las páginas de nuestra
Historia! ¡Hermanos, los que van a morir os rinden un saludo, y os
presentan armas!
Se arrancó el jipi con un gran gesto, y todos le imitaron. El centinela
amartilló el fusil:
--¡Atrás! No hay orden para demorar en el baluarte.
Le apostrofó el Doctor Sánchez Ocaña:
--¡Vil esclavo!
Una barca tripulada por carabineros de mar, arriando vela, maniobraba
para recoger los cadáveres. Embarcó siete. Y como los prisioneros en
creciente motín no desalojaban el baluarte, salió la guardia y sonaron
cornetas.
V
Nachito, tomado de alferecía, se agarraba al brazo del estudiante:
--¡Nos hemos fregado!
El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de
cabrío:
--No merita tanto atribulo esta vida pendeja.
Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo:
--¡Muy triste morir inocente! ¡Me condenan las apariencias!
Y el viejo, con burlona mueca de escarnio, seguía martillando:
--¿No sos revolucionario? Pues sin merecerlo vas vos a tener el fin de
los hombres honrados.
Nachito, relajándose en una congoja, tendía los ojos suplicantes al
preso, que, con el ceño fruncido y la manta tendida sobre las piernas,
se había puesto a estudiar la geometría de un remiendo. Nachito intentó
congraciarse la voluntad de aquel viejo de cordobán: El azar los reunía
bajo la higuera, en un rincón del patio:
--Nunca he sido simpatizante con el ideario de la revolución y lo
deploro, comprendo que son ustedes héroes con un puesto en la Historia:
Mártires de la Idea. ¡Sabe, amigo, que habla muy lindo el Doctor
Sánchez Ocaña!
Hízole coro el estudiante, con sombrío apasionamiento:
--En el campo revolucionario militan las mejores cabezas de la
República.
Aduló Nachito:
--¡Las mejores!
Y el viejo de la frazada, lentamente, mientras enhebra, desdeñoso y
arisco comentaba:
--Pues, manifiestamente, para enterarse no hay cosa como visitar Santa
Mónica. A lo que se colige, el chamaco tampoco es revolucionario.
Declaró Marco Aurelio con firmeza:
--Y me arrepiento de no haberlo sido, y lo seré, si alguna vez me veo
fuera de estos muros.
El viejo, anudando la hebra, reía con su risa de cabra:
--De buenos propósitos está empedrado el Infierno.
Marco Aurelio miró al viejo conspirador y juzgó tan cuerdas sus
palabras, que no sintió el ultraje: Le sonaban como algo lógico e
irremediable en aquella cárcel de reos políticos, orgullosos de morir.