III

Nachito, suspirando, leía en el muro los grafitos carcelarios decorados

con fálicos trofeos. Tras de Nachito, el taciturno estudiante liaba

el cigarro: Tenía en los ojos una chispa burlona, y en la boca

prieta, color de moras, un rictus de compasión altanera. Esparcidos y

solitarios paseaban algunos presos. Se oía el hervidero de las olas,

como si estuviesen socavando el cimiento. Las ortigas lozaneaban en los

rincones sombríos, y en la azul transparencia aleteaba una bandada de

zopilotes, pájaros negros. Nachito, finchándose en el pando compás de

las zancas, miró con reproche al estudiante:

--Ese mutismo es impropio para dar ánimos al compañero, y hasta puede

ser una falta de generosidad. ¿Cómo es su gracia, amigo?

--Marco Aurelio.

--¡Marquito, qué será de nosotros!

--¡Pues, y quién sabe!

--¡Esto impone! ¡Se oye el farollón de las olas!... Parece que estamos

en un barco.

El Fuerte de Santa Mónica, castillote teatral con defensas del tiempo

de los virreyes, erguíase sobre los arrecifes de la costa, frente

al vasto mar ecuatorial, caliginoso, de ciclones y calmas. En la

barbacana, algunos morteros antiguos, roídos de lepra por el salitre,

se alineaban moteados con las camisas de los presos tendidas a secar:

Un viejo, sentado sobre el cantil frente al mar inmenso, ponía

remiendos a la frazada de su camastro. En el más erguido baluarte

cazaba lagartijas un gato, y pelotones de soldados hacían ejercicios en

Punta Serpiente.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 122 / 179 题