Nachito, suspirando, leía en el muro los grafitos carcelarios decorados
con fálicos trofeos. Tras de Nachito, el taciturno estudiante liaba
el cigarro: Tenía en los ojos una chispa burlona, y en la boca
prieta, color de moras, un rictus de compasión altanera. Esparcidos y
solitarios paseaban algunos presos. Se oía el hervidero de las olas,
como si estuviesen socavando el cimiento. Las ortigas lozaneaban en los
rincones sombríos, y en la azul transparencia aleteaba una bandada de
zopilotes, pájaros negros. Nachito, finchándose en el pando compás de
las zancas, miró con reproche al estudiante:
--Ese mutismo es impropio para dar ánimos al compañero, y hasta puede
ser una falta de generosidad. ¿Cómo es su gracia, amigo?
--Marco Aurelio.
--¡Marquito, qué será de nosotros!
--¡Pues, y quién sabe!
--¡Esto impone! ¡Se oye el farollón de las olas!... Parece que estamos
en un barco.
El Fuerte de Santa Mónica, castillote teatral con defensas del tiempo
de los virreyes, erguíase sobre los arrecifes de la costa, frente
al vasto mar ecuatorial, caliginoso, de ciclones y calmas. En la
barbacana, algunos morteros antiguos, roídos de lepra por el salitre,
se alineaban moteados con las camisas de los presos tendidas a secar:
Un viejo, sentado sobre el cantil frente al mar inmenso, ponía
remiendos a la frazada de su camastro. En el más erguido baluarte
cazaba lagartijas un gato, y pelotones de soldados hacían ejercicios en
Punta Serpiente.