Ante la reja nocturna, fragante de albahacón, refrenaba su parejeño
Zacarías el Cruzado: Apareciose en súbita galopada, sobresaltando la
nocharniega cadencia campañera:
--¡Vuelo, vuelo, mi Coronelito! La chinita fue delatada. Ya la pagó el
fregado gachupín. ¡Vuelo, vuelo!
Zacarías refrenaba el caballo, y la oscura expresión del semblante y el
sofoco de la voz metía, afanoso, por los hierros. En la sala, todas
las figuras se movieron unánimes hacia la reja. Interrogó el Coronelito:
--¿Pues qué se pasó?
--La tormentona más negra de mi vida. ¡De estrella pendeja fueron los
brillos de la tumbaguita! ¡Vuelo, vuelo, que traigo perro sobre los
rastros, mi Coronelito!