Los chamacos, en el círculo de la lámpara, repentinamente mudos,
sentían el aura de una adivinación telepática:
--Hijos, he trabajado para dejaros alguna hacienda y quitaros de los
caminos de la pobreza: Yo los he caminado, y no los quisiera para
ustedes. Hasta hoy esta ha sido la directriz de mi vida, y vean cómo
hoy he mudado de pensamiento. Mi padre no me dejó riqueza, pero me
dejó un nombre tan honrado como el primero, y esta herencia quiero yo
dejarles. Espero que ustedes la tendrán en mayor aprecio que todo el
oro del mundo, y si así no fuese, me ocasionarían un gran sonrojo.
Se oyó el gemido de la niña ranchera:
--¡Siempre nos dejas, Filomeno!
El patrón, con el gesto apagó la pregunta. La rueda de sus hijos en
torno de la mesa tenía un brillo emocionado en los ojos, pero no
lloraba:
--A vuestra mamasita pido que tenga ánimo para escuchar lo que me
falta. He creído hasta hoy que podía ser un buen ciudadano, trabajando
por acrecentarles la hacienda, sin sacrificar cosa ninguna al servicio
de la Patria. Pero hoy me acusa mi conciencia, y no quiero avergonzarme
mañana, ni que ustedes se avergüencen de su padre.
Sollozó la niña ranchera:
--¡Desde ya te pasas a la bola revolucionaria!
--Con este compañero.
El Coronelito de la Gándara se levantó, alardoso, tendiéndole los
brazos:
--¡Eres un patricio espartano, y no me rajo!
Suspiraba la ranchera:
--¿Y si hallas la muerte, Filomeno?
--Tú cuidarás de educar a los chamacos y de recordarles que su padre
murió por la Patria.
La mujer presentía imágenes tumultuosas de la revolución. Muertes,
incendios, suplicios y, remota, como una divinidad implacable, la momia
del Tirano.