La niña ranchera abraza al marido, en el fondo de la sala, y lloriquea
la tropa de chamacos encandillándose a la falda de la madre. Hipando su
grito, irrumpe por una puerta la abuela carcamana:
--¿Perché questa follia? Se il Filomeno trova fortuna nella rivoluzione
potrá diventar un Garibaldi. ¡Non mi spaventar i bambini!
El Cruzado miraba por los hierros, la figura toda en sombra. El ojo
enorme del caballo recibía por veces una luz en el juego de las
siluetas que accionaban cortando el círculo del candil. Zacarías aún
terciaba sobre la silla el saco con el niño muerto. En la sala, el
grupo familiar rodeaba al patrón. La madre, uno por uno, levantaba a
los hijos, pasándoles a los brazos del padre. Consideró Zacarías, con
dejo apagado:
--¡Son pidazos del corazón!
V
Chino Viejo acercó los caballos, y los ecos de la galopada rodaron por
la nocturna campaña. Zacarías en el primer sofreno, al meterse por un
vado, apareó su montura con la del Coronelito:
--¡Se chinga Banderitas! Tenemos un auxiliar muy grande. ¡Aquí va
conmigo!
El Coronelito le miró, sospechándole borracho:
--¿Qué dices, manís?
--La reliquia de mi chamaco. Una carnicería que los chanchos me han
dejado. Va en este alforjín.
El Coronel le tendió la mano:
---Me ocasiona un verdadero sentimiento, Zacarías. ¿Y cómo no has dado
sepultura a esos restos?
--A su hora.
--No me parece bien.
--Esta reliquia nos sirve de salvoconducto.
--¡Es una creencia rutinaria!
--¡Mi jefecito, que lo cuente el chingado gachupín!
--¿Qué has hecho?
--Guindarlo. No pedía menos satisfacción esta carnicería de mi chamaco.
--Hay que darle sepultura.
--Cuando estemos a salvo.
--¡Y parecía muy vivo, el cabroncito!
--¡Cuanti menos, para su padre!