Iluminaba la calle un farol con el rótulo de la tienda en los vidrios:
“Empeñitos de Don Quintín”. El tercer vidrio estaba rajado, y no
podía leerse. Las percalinas rojas y gualdas de la bandera española
decoraban la puerta: “Empeñitos de Don Quintín”. Dentro, una lámpara
con enagüillas verdes alumbraba el mostrador. El empeñista acariciaba
su gato, un maltés vejete y rubiales, que trascendía el absurdo de
parecerse a su dueño. El gato y el empeñista miraron a la puerta,
desdoblando el mismo gesto de alarma. El gato, arqueándose sobre
las rodillas del gachupín, posaba el terciopelo de sus guantes en
dos simétricos remiendos de tela nueva. El Señor Peredita llevaba
manguitos, tenía la pluma en la oreja y sobre la misma querencia el
seboso gorrete, que años pasados la niña bordó en el colegio:
--¡Buenas noches, patrón!
Zacarías el Cruzado --poncho y chupalla, botas de potro y espuelas--,
encorvándose sobre el borrén, adelantaba por la puerta medio caballo.
El honrado gachupín le miró con cicatera suspicacia:
--¿Qué se ofrece?
--Una palabrita.
--Ata el guaco en la puerta.
--No tiene doma, patrón.
El Señor Peredita pasó fuera del mostrador.
--¡Veamos qué conveniencia traes!
--¡Conocernos, patrón! Es usted muy notorio por mis pagos. ¡Conocernos!
Solo a ese negocio he acudido a la feria, Señor Peredita.
--Tú has jalado más de la cuenta y es una sinvergüenzada venir a faltar
a un hombre provecto. Camínate no más, antes que con una voz llame al
vigilante.
--Señor Peredita, no se sobresalte. Tengo que recobrar una alhajita.
--¿Traes el comprobante?
--¡Véalo no más!
El Cruzado, metiendo la montura en el portal, ponía sobre el mostrador
el saco manchado y mojado de sangre. Se espantó el gachupín:
--¡Estás briago! Jaláis más de la cuenta, y luego venís a faltar en los
establecimientos. Toma el saquete y camínate, luego, luego.
El Cruzado casi tocaba en la viguería con la cabeza: Le quedaba en
sombra la figura desde el pecho a la cara, en tanto que las manos y el
borrén de la silla destacaban bajo la luz del mostrador:
--¿Señor Peredita, pues no habés pedido el comprobante?
--¡No me friegues!
--Abra usted el saco.
--Camínate y déjame de tus macanas.
El Cruzado fraseó con torva insistencia, apagada la voz en un silo de
cólera mansa:
--Patrón, usted abre no más, y se entera.
--Poco me importa. Chivo o marrano, con tu pan te lo comas.
El gachupín se encogió viendo caérsele encima la sombra del Cruzado.
--¡Señor Peredita, buscás abrir el saco con los dientes!
--Roto, no me traigas un pleito de gaucho malo. Si deseas algún
servicio de mi parte, vuelves cuando te halles más despejado.
--Patrón, mero mero liquidamos. ¿Recordás de la chinita que dejó una
tumbaga en nueve bolivianos?
El honrado gachupín se aleló, capcioso:
--No recuerdo. Tendría que repasar los libros. ¿Nueve bolivianos? No
valdría más. Las tasas de mi establecimiento son las más altas.
--¡Quier decirse que aún los hay más ladrones! Pero no he venido sobre
ese tanto. Usted, patrón, ha presentado denuncia contra la chinita.
Gritó el gachupín con guiño perlático:
--¡No puedo recordar todas las operaciones! ¡Vete no más! ¡Vuelve
cuando te halles fresco! ¡Se verá si puede mejorarse la tasa!
--Este asunto lo ultimamos luego luego. Patroncito, habés denunciado a
la chinita y vamos a explicarnos.
--Vuelve cuando estés menos briago.
--Patroncito, somos mortales, y a lo pior tenés la vida menos segura
que la luz de ese candil. ¿Patroncito, quién ha puesto a la chinita en
la galera? ¿No habés visto el ranchito vacío? ¡Ya lo verés! ¿No habés
abierto el saco? ¡Ándele, Señor Peredita, y no se dilate!
--Tendrá que ser, pues eres un alcohólico obstinado.
El honrado gachupín comenzó a desatar el saco: Tenía el viejales un
gesto indiferente. A la verdad, no le importaba que fuese chivo o
marrano lo que guardase. Se transmudó con una espantada al descubrir la
yerta y mordida cabeza del niño:
--¡Un crimen! ¿Me buscas para la encubierta? ¡Vete y no me traigas mal
tercio! ¡Vete! ¡No diré nada! ¡So chingado, no me comprometas! ¿Qué
puedes ofrecerme? ¡Un puñado de plata! ¡So chingado, un hombre de mi
posición no se compromete por un puñado de plata!
Habló Zacarías, remansada la voz en abismos de cólera:
--Ese cuerpo es el de mi chamaco. La denuncia cabrona le puso a la
mamasita en la galera. ¡Me lo han dejado solo para que se lo comiesen
los chanchos!
--Es absurdo que me vengas a mí con esa factura de cargos. ¡Un
espectáculo horrible! ¡Una desgracia! Quintín Pereda es ajeno a
ese resultado. Te devolveré la tumbaguita. No hago cuenta de los
bolivianos. ¡Quiere decirse que te beneficias con mi plata! Recoge
esos restos. Dales sepultura. Comprendo que, bebiendo, hayas buscado
consolarte. Vete. La tumbaguita pasas mañana a recogerla. Dale
sepultura sagrada a esos restos.
--¡Don Quintinito cabrón, vas, vos acompañarme!