Zacarías el Cruzado se encubría con el alón de la chupalla: Una torva
resolución le asombraba el alma, un pensamiento solitario, insistente,
inseparable de aquel taladro dolorido que le hendía las sienes.
Y formulaba mentalmente su pensamiento, desdoblándolo con pueril
paralelismo:
--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor
Peredita!
Cuando pasaba ante alguna iglesia se santiguaba. Los tutilimundis
encendían sus candilejas, y frente a una barraca de fieras sintió
estremecerse los flancos de la montura: El tigre, con venteo de carne
y de sangre, le rugía levantado tras los barrotes de la jaula, la
enfurecida cabeza asomada por los hierros, los ojos en lumbre, la cola
azotante: El Cruzado, advertido, puso espuelas para ganar distancia:
Sobre la fúnebre carga que sostenía en el arzón, había dejado caer
el poncho. El Cruzado se aletargaba en la insistencia monótona de su
pensamiento, desdoblándolo con obstinación mareante, acompasado por el
latido neurálgico de las sienes, sujeto a su ritmo de lanzadera:
--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor
Peredita!
Las calles tenían un cromático dinamismo de pregones, guitarros,
faroles, gallardetes. En el marasmo caliginoso, adormecido de músicas,
acohetaban repentes de gritos, súbitas espantadas y tumultos. El
Cruzado esquivaba aquellos parajes de mitotes y pleitos. Ondulaba
bajo los faroles de colores la plebe cobriza, abierta en regueros,
remansada frente a bochinches y pulperías. Las figuras se unificaban en
una síntesis expresiva y monótona, enervadas en la crueldad cromática
de las baratijas fulleras. Los bailes, las músicas, las cuerdas de
farolillos, tenían una exasperación absurda, un enrabiamiento de
quimera alucinante. Zacarías, abismado en rencorosa y taciturna
tiniebla, sentía los aleteos del pensamiento, insistente, monótono,
trasmudando su pueril paralelismo:
--¡Señor Peredita, corrés de mi cargo! ¡Corrés de mi cargo, Señor
Peredita!