Zacarías se movió hacia la mustia pareja. El ciego, cerciorado de que
la niña no leía el papel, lo guardaba en el cartapacio de hule negro.
La cara del lechuzo tenía un gesto lacio, de cansina resignación. La
niña le alargaba su plato al perro de Zacarías. Insistió Velones:
--¡Domiciano nos ha fregado! Sin Domiciano, Taracena estaría regentando
su negocio y podría habernos adelantado la plata, o salido garante.
--Si no lo rehusaba.
--¡Ay, hija, déjame un rajito de esperanza! Si me lo autorizases,
pediría una botella de chicha. ¡No me decepciones! La llevaremos a casa
y me inspiraré para terminar el vals que dedico a Generalito Banderas.
--¡Taitita, querés vos poneros trompeto!
--Hija, necesito consolarme.
Zacarías levantó su botella y llenó los vasos de la niña y el ciego:
--Jalate no más. La cabrona vida solo así se sobrelleva. ¿Qué se pasó
con la chinita? ¿Fue denunciada?
--¡Qué chance!
--¿Y la denuncia la hizo el gachupín chingado?
--Para no comprometerse.
--¡Está bueno! Al Señor Peredita dejátelo vos de mi mano.
Cargó el saco y se caminó, con el perro a la vera, el alón de la
chupalla sobre la cara.
V
El Cruzado se fue despacio, enhebrándose por la rueda de charros
y boyeros que, sin apearse de las monturas, bebían a la puerta
del bochinche: Inmóvil el gesto de su máscara verdina, huraño y
entenebrecido, con taladro doloroso en las sienes, metiose en las
grescas y voces del real, que juntaba la feria de caballos. Cedros y
palmas servían de apoyo a los tabanques de jaeces, facones y chamantos.
Se acercó a una vereda ancha y polvorienta, con carros tolderos y
meriendas: Jarochos jinetes lucían sus monturas en alardosas carreras,
terciaban apuestas, se mentían al procuro de engañarse en los tratos.
Zacarías, con los pies en el polvo, al arrimo de un cedro, calaba los
ojos sobre el ruano que corría un viejo jarocho. Tentándose el cinto de
las ganancias, hizo seña al campero:
--¿Se vende el guaco?
--Se vende.
--¿En cuánto lo ponés, amigo?
--Por muy bajo de su mérito.
--¡Sin macanas! ¿Querés vos cincuenta bolivianos?
--Por cada herradura.
Insistió Zacarías con obstinada canturía:
--Cincuenta bolivianos, si querés venderlo.
--¡No es pagarlo, amigo!
--Me estoy en lo hablado.
Zacarías no mudaba de voz ni de gesto: Con la insistencia monótona de
la gota de agua, reiteraba su oferta. El jarocho revolvió la montura,
haciendo lucidas corvetas:
--¡Se gobierna con un torzal! Mirale la boca y verés vos que no está
cerrado.
Repitió Zacarías con su opaca canturía:
--No más me conviene en cincuenta bolivianos. Sesenta con el aparejo.
El jarocho se doblaba sobre el arzón sosegando al caballo con palmadas
en el cuello. Compadreó:
--Setenta bolivianos, amigo, y de mi cuenta las copas.
--Sesenta con la silla puesta, y me dejás la reata y las espuelas.
Animose el campero, buscando avenencia:
--¡Sesenta y cinco! ¡Y te llevas, manís, una alhaja!
Zacarías posó el saco a los pies, se desató el cinto y, sentado en la
sombra del cedro, contó la plata sobre una punta del poncho. Nubes de
moscas ennegrecían el saco, manchado y viscoso de sangre. El perro, con
gesto legañoso, husmeaba en torno del caballo. Desmontó el jarocho.
Zacarías ató la plata en la punta del poncho y, demorándose para
cerrar el ajuste, reconoció los corvejones y la boca del guaco: Puesto
en silla cabalgó probándolo en cortas carreras, obligándole de la
brida con brusco arriende, como cuando se tira al toro la mangana. El
jarocho, en la linde de la polvorienta estrada, atendía al escaramuz,
sobre las cejas la visera de la mano. Zacarías se acercó, atemperando
la cabalgada:
--Me cumple.
--¡Una alhaja!
Zacarías desató la punta del poncho, y en la palma del campero, moneda
a moneda, contó la plata:
--¡Amigo, nos vemos!
--¿No vos caminarés mero mero sin mojar el trato?
--Mero mero, amigo. Me urge no dilatarme.
--¡Vaya chance!
--Tengo que restituirme a mi pago. Queda en palabra que trincaremos en
otra ocasión. ¡Nos vemos, amigo!
--¡Nos vemos! Compadrito, cuidame vos del ruano.
El real de la feria tenía una luminosa palpitación cromática. Por
los crepusculares caminos de tierra roja ondulaban recuas de llamas,
piños vacunos, tropas de jinetes con el sol poniente en los sombreros
bordados de plata. Zacarías se salió del tumulto, espoleando, y se
metió por Arquillo de Madres.