II

Zacarías se alzó con oscuro agüero: Fue al metate, volteó la piedra,

y descubrió un leve brillo de metales. La papeleta del empeño, en

cuatro dobleces, estaba debajo. Zacarías, sin mudar el gesto de su

máscara indiana, contó las nueve monedas, se guardó la plata en el

cinto y deletreó el papel: “Quintín Pereda. Préstamos. Compra-venta.”

Zacarías volvió al umbral, se puso el saco al hombro y tomó el rumbo

de la ciudad: A su arrimo, el perro doblaba rabo y cabeza. Zacarías,

por una calle de casas chatas, con azoteas y arrequives de colorines,

se metió en los ruidos y luces de la feria: Llegó a un tabladillo de

azares, y en el juego del parar apuntó las nueve monedas: Doblando la

puesta, ganó tres veces: Le azotó un pensamiento absurdo, otro agüero,

un agüero macabro: ¡El costal en el hombro le daba la suerte! Se fue,

seguido del perro, y entró en un bochinche: Allí se estuvo, con el saco

a los pies, bebiendo aguardiente. En una mesa cercana comía la pareja

del ciego y la chicuela. Entraba y salía gente, rotos y chinitas,

indios camperos, viejas que venían por el centavo de cominos para los

cocoles. Zacarías pidió un guiso de guajolote, y en su plato hizo

parte al perro: Luego tornó a beber, con la chupalla sobre la cara:

Trascendía, con helada consciencia, que aquellos despojos le aseguraban

de riesgo: Presumía que le buscaban para prenderle, y no le turbaba el

menor recelo, una seguridad cruel le enfriaba: Se puso el costal en el

hombro, y con el pie levantó al perro:

--¡Porfirio, visitaremos al gachupín!

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 106 / 179 题