Zacarías se alzó con oscuro agüero: Fue al metate, volteó la piedra,
y descubrió un leve brillo de metales. La papeleta del empeño, en
cuatro dobleces, estaba debajo. Zacarías, sin mudar el gesto de su
máscara indiana, contó las nueve monedas, se guardó la plata en el
cinto y deletreó el papel: “Quintín Pereda. Préstamos. Compra-venta.”
Zacarías volvió al umbral, se puso el saco al hombro y tomó el rumbo
de la ciudad: A su arrimo, el perro doblaba rabo y cabeza. Zacarías,
por una calle de casas chatas, con azoteas y arrequives de colorines,
se metió en los ruidos y luces de la feria: Llegó a un tabladillo de
azares, y en el juego del parar apuntó las nueve monedas: Doblando la
puesta, ganó tres veces: Le azotó un pensamiento absurdo, otro agüero,
un agüero macabro: ¡El costal en el hombro le daba la suerte! Se fue,
seguido del perro, y entró en un bochinche: Allí se estuvo, con el saco
a los pies, bebiendo aguardiente. En una mesa cercana comía la pareja
del ciego y la chicuela. Entraba y salía gente, rotos y chinitas,
indios camperos, viejas que venían por el centavo de cominos para los
cocoles. Zacarías pidió un guiso de guajolote, y en su plato hizo
parte al perro: Luego tornó a beber, con la chupalla sobre la cara:
Trascendía, con helada consciencia, que aquellos despojos le aseguraban
de riesgo: Presumía que le buscaban para prenderle, y no le turbaba el
menor recelo, una seguridad cruel le enfriaba: Se puso el costal en el
hombro, y con el pie levantó al perro:
--¡Porfirio, visitaremos al gachupín!