I
Zacarías el Cruzado, luego de atracar el esquife en una maraña de
bejucos, se alzó sobre la barca, avizorando el chozo. La llanura de
esteros y médanos, cruzada de acequias y aleteos de aves acuáticas,
dilatábase con encendidas manchas de toros y caballadas, entre prados
y cañerlas. La cúpula del cielo recogía los ecos de la vida campañera
en su vasto y sonoro silencio. En la turquesa del día orfeonaban su
gruñido los marranos. Lloraba un perro, muy lastimero. Zacarías,
sobresaltado, le llamó con un silbido. Acudió el perro zozobrante,
bebiendo los vientos, sacudido con humana congoja: Levantado de manos
sobre el pecho del indio, hociquea lastimero y le prende del camisote,
sacándole fuera del esquife. El Cruzado monta el pistolón y camina
con sombrío recelo: Pasa ante el chozo abierto y mudo: Penetra en la
ciénaga: El perro le insta, sacudidas las orejas, el hocico al viento,
con desolado tumulto, estremecida la pelambre, lastimero el resuello:
Zacarías le va en seguimiento. Gruñen los marranos en el cenagal. Se
asustan las gallinas al amparo del maguey culebrón. El negro vuelo
de zopilotes que abate las alas sobre la pecina se remonta, asaltado
del perro. Zacarías llega: Horrorizado y torvo, levanta un despojo
sangriento. ¡Era cuanto encontraba de su chamaco! Los cerdos habían
devorado la cara y las manos del niño: Los zopilotes le habían sacado
el corazón del pecho. El indio se volvió al chozo: Encerró en un saco
aquellos restos, y con ellos a los pies, sentado a la puerta, se puso a
cavilar. De tan quieto, las moscas le cubrían y los lagartos tomaban el
sol a su vera.