II

Caminando de par por una senda de limoneros y naranjos, dieron vista a

la casona del fundo: Tenía soportal de arcos encalados y un almagreño

encendía las baldosas del soladillo. Colgaban de la viguería del porche

muchas jaulas de pájaros, y la hamaca del patrón en la fresca penumbra.

Los muros eran vestidos de azules enredaderas. El Coronelito y Filomeno

descansaron en jinocales parejos, bajo la arcada, en la corriente de

la puerta, por fondo, una cortinilla de lilailos japoneses. Son los

jinocales unos asientos de bejuco y palma, obra de los indios llaneros.

Al de la piocha canosa ordenó el patrón que sacase aparejo de vianda

para el desayuno, y a la mucama, negra mandinga, que cebase el mate.

Tornó Chino Viejo con un magro tasajo de oveja, y en lengua cutumay

explicó que la niña ranchera y los chamacos estaban ausentes por

haberse ido a la fiesta de iglesia. Aprobó el patrón no más que con

el gesto, y brindó del tasajo al huésped. El Coronelito clavó media

costilla con un facón que sacó del cinto, y puesta la vianda en el

plato, levantó el caneco de la chicha. Reiteró el latigazo por tres

veces, y se animó consecutivamente:

--¡Compadre, me veo en un fregado!

--Tú dirás.

--Merito se le ha puesto en la calva tronarme al chingado Banderas.

Albur pelón y naipe contrario, mi amigo, que dicen los Santos Padres.

Más bruja que un roto y huyente de la tiranía me tienes aquí, hermano.

Filomeno, me voy al campo insurrecto a luchar por la redención del

país, y tu ayuda vengo buscando, pues tampoco eres afecto a este

oprobio de Santos Banderas. ¿Quieres darme tu ayuda?

El ranchero clavaba la aguda mirada endrina en el Coronelito de la

Gándara:

--¡Te ves como mereces! El oprobio que ahora condenas dura quince años.

¿Qué has hecho en todo ese tiempo? La Patria nunca te acordó cuando

estabas en la gracia de Santos Banderas. Y muy posible que tampoco te

acuerde ahora y que vengas echado para sacarme una confidencia. Tirano

Banderas os hace a todos espías.

Se alzó el Coronelito:

--¡Filomeno, clávame un puñal, pero no me sumas en el lodo! El más ruin

tiene una hora de ser santo. Yo estoy en la mía, dispuesto a derramar

la última gota de sangre en holocausto por la redención de la Patria.

--Si el pleito con que vienes es una macana, allá tú y tu conciencia,

Domiciano. Poco daño podrás hacerme, dispuesto como estoy para meter

fuego al rancho y ponerme en campaña con mis peones. Ya lo sabes. La

pasada noche estuve en el mitin, y he visto con mis ojos conducir

esposado, entre caballos, a Don Roque Cepeda. ¡He visto la pasión del

justo y el escarnio de los gendarmes!

El Coronelito miraba al ranchero con ojos chispones: Inflábale los

rubicundos cachetes una amplia sonrisa de ídolo glotón, pancista y

borracho:

--¡Filomeno, la seguridad ciudadana es puro relajo! Don Roque Cepeda

tarde verá el sol, si una orden le sume en Santa Mónica: Tiene las

simpatías populares, pero insuficientemente trabajados los cuarteles, y

con meros indios votantes no sacará triunfante su candidatura para la

Presidencia de la República. Yo hacía política revolucionaria y he sido

descubierto, y antes de ser tronado, me arranco la máscara. ¡Mi viejo,

vamos a pelearle juntos el gallo a Generalito Banderas! ¡Filomeno, mi

viejo, tú de milicias estás pelón, y te aprovecharán los consejos de un

científico! Te nombro mi ayudante. Filomeno, manda no más a la mucama

que te cosa los galones de capitán.

Filomeno Cuevas sonreía: Era endrino y aguileño: Los dientes alobados,

retinto de mostacho y entrecejo: En la figura prócer, acerado y bien

dispuesto:

--Domiciano, será un fregado que mi peonada no quiera reconocerte por

jefe, y se ofusque y cumpla la orden de tronarte.

El Coronelito se atizó un trago y afligió la cara:

--Filomeno, abusas de tus preeminencias y me estás viendo chuela.

Replicó el otro con humor chancero:

--Domiciano, reconozco tu mérito y te nombraré corneta, si sabes solfeo.

--¡No me hagas pendejo, hermano! En mi situación, esas pullas son

ofensas mortales. A tu lado, en puesto inferior, no me verás nunca.

Digámonos adiós, Filomeno. Confío que no me negarás una montura y un

guía baqueano. Tampoco estará de más algún aprovisionamiento de plata.

Filomeno Cuevas, amistoso, pero jugando siempre en los labios la

sonrisa soflamera, posó la mano en el hombro del Coronelito:

--¡No te rajes, valedor! Aún falta que arengues a la peonada. Yo te

cedo el mando si te aclama por jefe. Y en todo caso, haremos juntos las

primeras marchas, hasta que se presente ocasión de zafarrancho.

El Coronelito de la Gándara inflose, haciendo piernas, y socarroneó en

el tono del ranchero:

--Manís, harto me favoreces para que te dispute una bola de indios:

A ti pertenece conducirlos a la matanza, pues eres el patrón y los

pagas con tu plata. No macanees y facilítame montura, que si aquí me

descubren vamos los dos a Santa Mónica. ¡Mira que tengo los sabuesos

sobre el rastro!

--Si asoman el hocico, no faltará quien nos advierta. Sé la que me

juego conspirando, y no me dejaré tomar en la cama como una liebre.

El Coronelito asintió con gesto placentero:

--Eso quiere decir que se puede echar otro trago. Poner centinelas en

los pasos estratégicos es providencia de buen militar. ¡Te felicito,

Filomeno!

Hablaba con el gollete de la cantimplora en la boca, tendido a la

bartola en el jinocal, rotunda la panza de dios tibetano.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 91 / 179 题