Caminando de par por una senda de limoneros y naranjos, dieron vista a
la casona del fundo: Tenía soportal de arcos encalados y un almagreño
encendía las baldosas del soladillo. Colgaban de la viguería del porche
muchas jaulas de pájaros, y la hamaca del patrón en la fresca penumbra.
Los muros eran vestidos de azules enredaderas. El Coronelito y Filomeno
descansaron en jinocales parejos, bajo la arcada, en la corriente de
la puerta, por fondo, una cortinilla de lilailos japoneses. Son los
jinocales unos asientos de bejuco y palma, obra de los indios llaneros.
Al de la piocha canosa ordenó el patrón que sacase aparejo de vianda
para el desayuno, y a la mucama, negra mandinga, que cebase el mate.
Tornó Chino Viejo con un magro tasajo de oveja, y en lengua cutumay
explicó que la niña ranchera y los chamacos estaban ausentes por
haberse ido a la fiesta de iglesia. Aprobó el patrón no más que con
el gesto, y brindó del tasajo al huésped. El Coronelito clavó media
costilla con un facón que sacó del cinto, y puesta la vianda en el
plato, levantó el caneco de la chicha. Reiteró el latigazo por tres
veces, y se animó consecutivamente:
--¡Compadre, me veo en un fregado!
--Tú dirás.
--Merito se le ha puesto en la calva tronarme al chingado Banderas.
Albur pelón y naipe contrario, mi amigo, que dicen los Santos Padres.
Más bruja que un roto y huyente de la tiranía me tienes aquí, hermano.
Filomeno, me voy al campo insurrecto a luchar por la redención del
país, y tu ayuda vengo buscando, pues tampoco eres afecto a este
oprobio de Santos Banderas. ¿Quieres darme tu ayuda?
El ranchero clavaba la aguda mirada endrina en el Coronelito de la
Gándara:
--¡Te ves como mereces! El oprobio que ahora condenas dura quince años.
¿Qué has hecho en todo ese tiempo? La Patria nunca te acordó cuando
estabas en la gracia de Santos Banderas. Y muy posible que tampoco te
acuerde ahora y que vengas echado para sacarme una confidencia. Tirano
Banderas os hace a todos espías.
Se alzó el Coronelito:
--¡Filomeno, clávame un puñal, pero no me sumas en el lodo! El más ruin
tiene una hora de ser santo. Yo estoy en la mía, dispuesto a derramar
la última gota de sangre en holocausto por la redención de la Patria.
--Si el pleito con que vienes es una macana, allá tú y tu conciencia,
Domiciano. Poco daño podrás hacerme, dispuesto como estoy para meter
fuego al rancho y ponerme en campaña con mis peones. Ya lo sabes. La
pasada noche estuve en el mitin, y he visto con mis ojos conducir
esposado, entre caballos, a Don Roque Cepeda. ¡He visto la pasión del
justo y el escarnio de los gendarmes!
El Coronelito miraba al ranchero con ojos chispones: Inflábale los
rubicundos cachetes una amplia sonrisa de ídolo glotón, pancista y
borracho:
--¡Filomeno, la seguridad ciudadana es puro relajo! Don Roque Cepeda
tarde verá el sol, si una orden le sume en Santa Mónica: Tiene las
simpatías populares, pero insuficientemente trabajados los cuarteles, y
con meros indios votantes no sacará triunfante su candidatura para la
Presidencia de la República. Yo hacía política revolucionaria y he sido
descubierto, y antes de ser tronado, me arranco la máscara. ¡Mi viejo,
vamos a pelearle juntos el gallo a Generalito Banderas! ¡Filomeno, mi
viejo, tú de milicias estás pelón, y te aprovecharán los consejos de un
científico! Te nombro mi ayudante. Filomeno, manda no más a la mucama
que te cosa los galones de capitán.
Filomeno Cuevas sonreía: Era endrino y aguileño: Los dientes alobados,
retinto de mostacho y entrecejo: En la figura prócer, acerado y bien
dispuesto:
--Domiciano, será un fregado que mi peonada no quiera reconocerte por
jefe, y se ofusque y cumpla la orden de tronarte.
El Coronelito se atizó un trago y afligió la cara:
--Filomeno, abusas de tus preeminencias y me estás viendo chuela.
Replicó el otro con humor chancero:
--Domiciano, reconozco tu mérito y te nombraré corneta, si sabes solfeo.
--¡No me hagas pendejo, hermano! En mi situación, esas pullas son
ofensas mortales. A tu lado, en puesto inferior, no me verás nunca.
Digámonos adiós, Filomeno. Confío que no me negarás una montura y un
guía baqueano. Tampoco estará de más algún aprovisionamiento de plata.
Filomeno Cuevas, amistoso, pero jugando siempre en los labios la
sonrisa soflamera, posó la mano en el hombro del Coronelito:
--¡No te rajes, valedor! Aún falta que arengues a la peonada. Yo te
cedo el mando si te aclama por jefe. Y en todo caso, haremos juntos las
primeras marchas, hasta que se presente ocasión de zafarrancho.
El Coronelito de la Gándara inflose, haciendo piernas, y socarroneó en
el tono del ranchero:
--Manís, harto me favoreces para que te dispute una bola de indios:
A ti pertenece conducirlos a la matanza, pues eres el patrón y los
pagas con tu plata. No macanees y facilítame montura, que si aquí me
descubren vamos los dos a Santa Mónica. ¡Mira que tengo los sabuesos
sobre el rastro!
--Si asoman el hocico, no faltará quien nos advierta. Sé la que me
juego conspirando, y no me dejaré tomar en la cama como una liebre.
El Coronelito asintió con gesto placentero:
--Eso quiere decir que se puede echar otro trago. Poner centinelas en
los pasos estratégicos es providencia de buen militar. ¡Te felicito,
Filomeno!
Hablaba con el gollete de la cantimplora en la boca, tendido a la
bartola en el jinocal, rotunda la panza de dios tibetano.