III

La casa vacía, las estancias en desierta penumbra se conmovieron

con alborozo de voces ligeras: Timbradas risas de infancias alegres

poblaron el vano de los corredores. La niña ranchera, iluminada con los

inciensos del misacantano, entraba quitándose los alfileres del manto,

en la dispersión de una tropa de chamacos. El Coronelito de la Gándara

roncaba en el jinocal, abierto de zancas, y un ritmo solemne de globo

terráqueo conmovía la báquica andorga. Cambió una mirada con el marido

la niña ranchera:

--¿Y ese apóstol?

--Aquí se ha venido buscando refugio. Por lo que cuenta, cayó en

desgracia y está en la lista de los impurificados.

--¿Y vos cómo lo pasastes? ¡Me habés tenido en cuidado, toda la noche

esperando!...

El ranchero calló ensombrecido, y la mirada endrina de empavonados

aceros mudaba sus duras luces a una luz amable:

--¡Por ti y los chamacos no cumplo mis deberes de ciudadano, Laurita!

El último cholo que carga un fusil en el campo insurrecto, aventaja

en patriotismo a Filomeno Cuevas. ¡Yo he debido romper los lazos de

la familia y no satisfacerme con ser un mero simpatizante! Laurita,

por evitaros lloros, hoy el más último que milita en las filas

revolucionarias me hace pendejo a mis propios ojos. Laurita, yo

comercio y gano la plata, mientras otros se juegan vida y hacienda por

defender las libertades públicas. Esta noche he visto conducir entre

bayonetas a Don Roquito. Si ahora me rajo y no cargo un fusil, será

que no tengo sangre ni vergüenza. ¡He tomado mi resolución y no quiero

lágrimas, Laurita!

Calló el ranchero, y súbitamente los ojos endrinos recobraron sus

timbres aguileños. La niña se recogía al pie de una columna con

el pañolito sobre las pestañas. El Coronelito abría los brazos y

bostezaba: Suspendido en nieblas alcohólicas, salía del sueño a una

realidad hilarante: Reparó en la dueña y se alzó a saludarla con alarde

jocundo, ciñendo laureles de Baco y de Marte.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 92 / 179 题