I
Zacarías condujo la canoa por la encubierta de altos bejucales hasta la
laguna de Ticomaipú. Alegrábase la mañana con un trenzado de gozosas
algarabías --metales, cohetes, bateo--. La indiada celebraba la fiesta
de Todos los Santos. Repicaban las campanas. Zacarías metió los remos
a bordo e, hincando con el bichero, varó el esquife en la ciénaga, al
socaire de espinosos cactus que, a modo de cerca, limitaban un corral
de gallinas, pavos y marranos. Murmuró el cholo:
--Estamos en lo de Niño Filomeno.
--¡Bueno va! Asómate en descubierta.
--Posiblemente, el patroncito estará divirtiéndose en la plaza.
--Pues le buscas.
--¿Y si teme comprometerse?
--Es buena reata Filomeno.
--¿Y si lo teme y manda arrestarme?
--No habrá caso.
--En lo pior de lo malo hay que ponerse, mi jefecito. Yo, de mi cuenta,
dispuesto me hallo para servirle, y cuanti que me pusieran en el cepo,
con callar boca y aguantar mancuerda, estaba cumplido.
Choteó el Coronelito:
--Tú escondes alguna idea luminosa. Descúbrela no más, y como ella sea
buena, no te llamaré pendejo.
El cholo miraba por encima de la cerca:
--Si Niño Filomeno está ausente, mi parecer es tunarle los caballos y
salir arreando.
--¿Adónde?
--Al campo insurrecto.
--Necesito viático de plata.
El Coronelito saltó en la riba fangosa, y a par del indio se puso a
mirar por encima del cercado. Descollaba entre palmas y cedros el
campanario de la iglesia con la bandera tricolor. Las tierras del
rancho, cuadriculadas por acequias y setos, se dilataban con varios
matices de verde y parcelas rojizas recién aradas. Piños vacunos pacían
a lo lejos. Algunos caballos mordían la hierba, divagando por el margen
de las acequias. Una canoa remontaba el canal: Se oía el golpe de los
remos: En la banca bogaba un indio de piocha canosa, gran sombrero
palmito y camisote de lienzo: En la popa venía sentado Niño Filomeno.
La canoa atracó al pie de una talanquera. El Coronelito salió al
encuentro del ranchero:
--Mi viejo, he venido para desayunar en tu compañía. ¡Madrugas, mi
viejo!
El ranchero le acogió con expresión suspicaz:
--He dormido en la capital. Me había mudado con el aliciente de oír la
palabra de Don Roque Cepeda.
Se abrazan y, en buenos compadres, alternativamente se suspenden en
alto.