La chinita, en el fondo del jacal, se mete la teta en el hipil,
desapartando de su lado al crío que berrea y se revuelca en tierra.
Acude a levantarle con una azotaina, y suspenso de una oreja le pone
fuera del techado. Se queda la chinita al canto del marido, atenta a
los trazos del pincel, que decora el barro de una güeja:
--¡Zacarías, mucho callas!
--Di no más.
--No tengo un centavito.
--Hoy coceré los barros.
--¿Y en el en tanto?
Zacarías repuso con una sonrisa atravesada:
--¡No me friegues! Estas cuaresmas el ayunar está muy recomendado.
Y quedó con el pincelillo suspenso en el aire, porque era sobre la
puerta del jacal el Coronelito Domiciano de la Gándara: Un dedo en los
labios.