Zacarías San José, a causa de un chirlo que le rajaba la cara, era más
conocido por Zacarías el Cruzado: Tenía el chozo en un vasto charcal de
juncos y médanos, allí donde dicen Campo del Perulero: En los bordes
cenagosos picoteaban grandes cuervos, auras en los llanos andinos y
zopilotes en el Seno de México. Algunos caballos mordían la hierba a
lo largo de las acequias. Zacarías trabajaba el barro, estilizando
las fúnebres bichas de chiromayos y chiromecas. La vastedad de juncos
y médanos flotaba en nieblas de amanecida. Hozaban los marranos en
el cenagal, a espaldas del chozo, y el alfarero, sentado sobre los
talones, la chupalla en la cabeza, por todo vestido un camisote,
decoraba con prolijas pinturas jícaras y güejas. Taciturno bajo una
nube de moscas, miraba de largo en largo al bejucal donde había un
caballo muerto. El Cruzado no estaba libre de recelos: Aquel zopilote
que se había metido en el techado, azotándole con negro aleteo, era un
mal presagio. Otro signo funesto, las pinturas vertidas: El amarillo,
que presupone hieles, y el negro, que es cárcel, cuando no llama
muerte, juntaban sus regueros. Y recordó súbitamente que la chinita,
la noche pasada, al apagar la lumbre, tenía descubierta una salamandra
bajo el metate de las tortillas... El alfarero movía los pinceles
con lenta minucia, cautivo en un dual contradictorio de acciones y
pensamientos.