Y Nachito Veguillas aún exprime su gesto turulato frente a la ventana
del estudiante. El tiempo parece haber prolongado todas las acciones,
suspensas absurdamente en el ápice de un instante, estupefactas,
cristalizadas, nítidas, inverosímiles como sucede bajo la influencia
de la marihuana. El estudiante, entre sus libros, tras de la mesa,
despeinado, insomne, mira atónito: A Nachito tiene delante, abierta la
boca y las manos en las orejas:
--¡Me he suicidado!
El estudiante cada vez parece más muerto:
--¿Usted es un fugado de Santa Mónica?
Nachito se frota los ojos:
--Viene a ser como un viceversa... Yo, amigo, de nadie escapo. Aquí me
estoy. Míreme usted, amigo. Yo no escapo... Escapa el culpado. No soy
más que un acompañante... Si me pregunta usted por qué tengo entrado
aquí, me será difícil responderle. ¿Acaso sé dónde me encuentro? Subí
por impulso ciego, en el arrebato de ese otro que usted ha visto. Mi
palabra le doy. Un caso que yo mismo no comprendo. ¡Biomagnetismo!
El estudiante le mira perplejo sin descifrar el enredo de pesadilla
donde fulgura el rostro de aquel que escapó por la lívida ventana,
abierta toda la noche con la perseverancia de las cosas inertes, en
espera de que se cumpla aquella contingencia de melodrama. Nachito
solloza efusivo y cobarde:
--Aquí estoy, noble joven. Solamente pido para serenarme, un trago de
agua. Todo es un sueño.
En este registro, se le atora el gallo. Llega del corredor estrépito
de voces y armas. Empuñando el revólver cubre la puerta la figura del
Mayor Abilio del Valle. Detrás, soldados con fusiles:
--¡Manos arriba!
V
Por otra puerta una gigantona descalza, en enaguas y pañoleta: La greña
aleonada, ojos y cejas de tan intensos negros que, con ser muy morena
la cara, parecen en ella tiznes y lumbres: Una poderosa figura de vieja
bíblica: Sus brazos de acusados tendones, tenían un pathos barroco y
estatuario. Doña Rosita Pintado entró en una ráfaga de voces airadas,
gesto y ademán en trastorno:
--¿Qué buscan en mi casa? ¿Es que piensan llevarse al chamaco? ¿Quién
lo manda? ¡Me llevan a mí! ¿Estas son leyes?
Habló el Mayor del Valle:
--No me vea chuela, Doña Rosita. El retoño tiene que venirse merito a
prestar declaración. Yo le garanto que cumplida esa diligencia, como se
halle sin culpa, acá vuelve el muchacho. No tema ninguna ojeriza. Esto
lo dimanan las circunstancias. El muchacho vuelve si está sin culpa,
yo se lo garanto.
Miró a su madre el mozalbete y, con arisco ceño, le recomendó silencio.
La gigantona estremecida corrió para abrazarle, en desolado ademán los
brazos. La arrestó el hijo con gesto firme:
--Mi vieja, cállese y no la friegue. Con bulla nada se alcanza.
Clamó la madre:
--¡Tú me matas, negro de Guinea!
--¡Nada malo puede venirme!
La gigantona se debatió, asombrada en una oscuridad de dudas y alarmas:
--¡Mayorcito del Valle, dígame usted lo que pasa!
Interrumpió el mozuelo:
--Uno que entró perseguido, y se fugó por la ventana.
--¿Tú qué le has dicho?
--Ni tiempo tuve de verle la cara.
Intervino el Mayor del Valle:
--Con hacer esta declaración donde corresponde, todo queda terminado.
Plegó los brazos la gigantona:
--¿Y el que escapaba, se sabe quién era?
Nachito sacó la voz entre nieblas alcohólicas:
--¡El Coronel de la Gándara!
Nachito, luciente de lágrimas, encogido entre dos soldados, resoplaba
con la alcuza llorona pingando la moca. Aturdida, en desconcierto, le
miró Doña Rosita:
--¡Valedor! ¿También usted llora?
--¡Me he suicidado!
El Mayor del Valle levanta el charrasco y la escuadra se apronta,
sacando entre filas al estudiante y a Nachito.