Despeinadas y ojerosas atisbaban tras de la reja las pupilas de
Taracena. Se afanan por descubrir a los prisioneros, sombras taciturnas
entre la gris retícula de las bayonetas. El sacristán de las monjas
sacaba la cabeza por el arquillo del esquilón. Tocaban diana las
cornetas de fuertes y cuarteles. Tenía el mar caminos de sol. Los
indios, trajinantes nocturnos, entraban en la ciudad guiando recuas
de llamas cargadas de mercadería y frutos de los ranchos serranos:
El bravío del ganado recalentaba la neblina del alba. Despertábase
el Puerto con un son ambulatorio de esquilas, y la patrulla de
fusiles desaparecía con los dos prisioneros por el Arquillo de las
Portuguesas. En el congal, la madrota daba voces ordenando que las
pupilas se recogiesen a la perrera del sotabanco, y el coime, con una
flor en el pelo, trajinaba remudando la ropa de las camas del trato.
Lupita la Romántica, en camisa rosa, rezaba ante el retablo de luces en
la Recámara Verde. Murmuró el coime con un alfiler en los labios, al
mismo tiempo que estudiaba los recogidos de la colcha:
--¡Aún no se me fue el sobresalto!