Con las luces del alba la mustia pareja del ciego lechuzo y la chica
amortajada escurríase por el Arquillo de las Madres Portuguesas. Se
apagaban las luminarias. En los Portalitos quedaba un rezago de ferias:
El tiovivo daba su última vuelta en una gran boqueada de candilejas. El
ciego lechuzo, y la chica amortajada, llevan fosco rosmar, claveteado
entre las cuatro pisadas:
--¡Tiempos más fregados no los he conocido!
Habló la chica sin mudar el gesto de ultratumba:
--¡Donde otras ferias!
Sacudió la cabeza el lechuzo:
--Cucarachita no renueva el mujerío y así no se sostiene un negocio.
¿Qué tal mujer la Panameña? ¿Tiene partido?
--Poco partido tiene para ser nueva. ¡Está mochales!
--¿Qué viene a ser eso?
--¡Modo que tiene una chica que llaman la Malagueña! Con ello significa
los transtornos.
--No tomes el hablar de esas mujeres.
La amortajada puso los tristes ojos en una estrella:
--¿Se me notaba que estuviese ronca?
--No más que al atacar las primeras notas. La pasión de esta noche es
de una verdadera artista. Sin cariño de padre, creo que hubieses tenido
un triunfo en una sala de conciertos: “No me mates, traidora ilusión.”
¡Ahí has rayado muy alto! Hija mía, es preciso que cantes pronto en un
teatro, y me redimas de esta situación precaria. Yo puedo dirigir una
orquesta.
--¿Ciego?
--Operándome las cataratas.
--¡Ay mi viejo, cómo soñamos!
--¿No saldremos alguna vez de esta pesadumbre?
--¡Quién sabe!
--¿Dudas?
--No digo nada.
--Tú no conoces otra vida, y te conformas.
--¡Vos tampoco la conocés, taitita!
--La he visto en otros, y comprendo lo que sea.
--Yo, puesta a envidiar, no envidiaría riquezas.
--¿Pues qué envidiarías?
--¡Ser pájaro! Cantar en una rama.
--No sabes lo que hablas.
--Ya hemos llegado.
En el portal dormía el indio con su india, cubiertos los dos por una
frazada. La chica fúnebre y el ciego lechuzo pasaron perfilándose. El
esquilón de las monjas doblaba por las Ánimas.
V
Nacho Veguillas también tenía el vino sentimental de boca babosa y ojos
tiernos. Ahora, con la cabeza sobre el regazo de la daifa, canta su
aria en la Recámara Verde:
--¡Dame tu amor, lirio caído en el fango!
Ensoñó la manflota:
--¡Canela! ¡Y decís vos que no sos romántico!
--¡Ángel puro de amor, que amor inspira! ¡Yo te sacaré del abismo y
redimiré tu alma virginal! ¡Taracena! ¡Taracena!
--¡No armés escándalo, Nachito! Dejá vos al ama, que no está para tus
fregados.
Y le ponía los anillos sobre la boca vinaria. Nachito se incorporó:
--¡Taracena! ¡Yo pago el débito de esta azucena, caída en el barro vil
de tu comercio!
--¡Callá! ¡No faltés!
Nachito, llorona la alcuza de la nariz, se volvía a la niña del trato:
--¡Calma mi sed de ideal, ángel que tienes rotas las alas! ¡Posa tu
mano en mi frente, que en un mar de lava ardiente mi cerebro siento
arder!
--¿Cuándo fue que oí esas mismas músicas? ¡Nachito, aquí se dijeron
esas mismas palabras!
Nachito se sintió celoso:
--¡Algún cabrón!
--O no se habrán dicho... Esta noche se me figura que ya pasó todo
cuanto pasa. ¡Son las Benditas!... ¡Es ilusión esta de que todo pasó,
antes de pasar!
--¡Yo te llamaba en mis solitarios sueños! ¡El imán de tu mirada
penetra en mi! ¡Bésame, mujer!
--Nachito, no seás sonso y dejame rezar este toque de Ánimas.
--¡Bésame, Jarifa! ¡Bésame, impúdica, inocente! ¡Dame un ósculo casto y
virginal! ¡Caminaba solo por el desierto de la vida, y se me aparece un
oasis de amor, donde reposar la frente!
Nachito sollozaba, y la del trato, para consolarle, le dio un beso
de folletín romántico, apretándole a la boca, el corazón de su boca
pintada:
--¡Eres sonso!