El congal, con luminarias de verbena, juntaba en el patio mitote de
naipe, aguardiente y buñuelo. Tenía el naipe al salir un interés
fatigado: Menguaban las puestas, se encogían sobre el tapete, bajo
el reflejo amarillo del candil, al aire contrario del naipe. Viendo
el dinero tan receloso, para darle ánimo trajo aguardiente de caña y
chicha la Taracena. Nacho Veguillas, muy festejado, a medio vestir,
suelto el chaleco, un tirante por rabo, saltaba mimando el dúo del
sapo y la rana. La música clásica, que, cuando esparcía su ánimo
sombrío, gustaba de oír Tirano Banderas. Nachito, con una lágrima
de artista ambulante, recibía las felicitaciones, estrechaba las
manos, se tambaleaba en épicos abrazos. El Doctor Polaco, celoso de
aquellos triunfos, en un corro de niñas, disertaba, accionando con
el libro de los naipes abierto en abanico. Atentas las manflotas,
cerraban un círculo de ojeras y lazos, con meloso cuchicheo tropical.
La chamaca fúnebre pasaba la bandejilla del petitorio, estirando el
triste descote, mustia y resignada, horrible en su corpiño de muselinas
azules, lívidos lujos de hambre. Nachito la perseguía en cuclillas con
gran algazara:
--¡Cua! ¡Cua!