Tembló el altarete de Ánimas: El aleteo de un reflejo desquició los
muros de la Recámara Verde: Se abrió la puerta y entró sin ceremonia el
Coronelito de la Gándara. Veguillas volvió la nariz de alcuza y puso el
ojo de carnero:
--¡Domiciano, no profanes el idilio de dos almas!
--Licenciadito, te recomiendo el amoniaco. Mírame a mí, limpio de
vapores. ¿Guadalupe, qué haces sin darle el agua bendita?
El Coronelito de la Gándara, al pisar, infundía un temblor en la
luminaria de Ánimas: La fanfarria irreverente de sus espuelas plateras,
ponía al guiño del altarete un sinfónico fondo herético: Advertíase
señalada mudanza en la persona y arreo del Coronelito: Traía el calzón
recogido en botas jinetas, el cinto ajustado y el machete al flanco,
viva aún la rasura de la barba, y el mechón endrino de la frente,
peinado y brillante:
--Veguillas, hermano, préstame veinte soles, que bien te pintó el
juego. Mañana te serán reintegrados.
--¡Mañana!
Nachito, tras la palabra que se desvanece en la verdosa penumbra, queda
suspenso sin cerrar la boca. Oíase el doble de una remota campana. Las
luces del altarete tenían un escalofrío aterrorizado. La manflota en
camisa rosa --morena prieta-- se santiguaba entre las cortinas. Y era
siempre sobre su tema el Coronelito de la Gándara:
--Mañana. ¡Y si no, cuando me entierren!
Nachito estalló en un sollozo:
--Siempre va con nosotros la muerte. Domiciano, recobra el juicio, la
plata de nada te remedia.
Por entre cortinas salía la daifa, abrochándose el corsé, los dos
pechos fuera, tirantes las medias, altas las ligas rosadas:
--¡Domiciano, ponte en salvo! Este pendejo no te lo dice, pero él sabe
que estás en las listas de Tirano Banderas.
El Coronelito aseguró los ojos sobre Veguillas. Y Veguillas, con los
brazos abiertos, gritó consternado:
--¡Ángel funesto! ¡Sierpe biomagnética! Con tus besos embriagadores me
sorbiste el pensamiento.
El Coronelito, de un salto estaba en la puerta, atento a mirar y
escuchar: Cerró, y corrida la aldaba, abierto el compás de las piernas,
tiró de machete:
--Trae la palangana, Lupita. Vamos a ponerle una sangría a este
doctorcito de guagua.
Se interpuso la daifa en corsé:
--Ten juicio, Domiciano. Antes que con él toques, a mí me traspasas.
¿Qué pretendes? ¿Qué haces ya aquí sofregado? ¿Corres peligro? ¡Pues
ponte en salvo!
Se tiró de los bigotes con sorna el Coronelito de la Gándara:
--¿Quién me vende, Veguillas? ¿Qué me amenaza? Si horita mismo no lo
declaras, te doy pasaporte con las Benditas. ¡Luego, luego, ponlo todo
de manifiesto!
Veguillas, arrimado a la pared, se metía los calzones, torcido y
compungido. Le temblaban las manos. Gimió turulato:
--Hermano, te delata la vieja rabona que tiene su mesilla en el
jueguecito de la rana. ¡Esa te delata!
--¡Puta madre!
--Te ha perdido la mala costumbre de hacer cachizas, apenas te pones
trompeto.
--¡Me ha de servir para un tambor esa cuera vieja!
--Niño Santos le ha dado la mano con promesa de chicotearte.
Apremiaba la daifa:
--¡No pierdas tiempo, Domiciano!
--¡Calla, Lupita! Este amigo entrañable, luego, luego, me va a decir
por qué tribunal estoy sentenciado.
Gimió Veguillas:
--¡Domiciano, no la chingues, que no eres súbdito extranjero!