El Coronelito Domiciano de la Gándara templa el guitarrón: Camisa y
calzones, por aberturas coincidentes, muestran el vientre rotundo y
risueño de dios tibetano: En los pies desnudos arrastra chancletas, y
se toca con un jaranillo mambís, que al revirón descubre el rojo de un
pañuelo y la oreja con arete: El ojo guiñate, la mano en los trastes,
platica leperón con las manflotas en cabellos y bata escotada: Era
negrote, membrudo, rizoso, vestido con sudada guayabera y calzones
mamelucos, sujetos por un cincho con gran broche de plata: Los torpes
conceptos venustos celebra con risa saturnal y vinaria. Niño Domiciano
nunca estaba sin cuatro candiles, y como arrastraba su vida por
bochinches y congales, era propenso a las tremolinas y escandaloso al
final de las farras. Las niñas del pecado, desmadejadas y desdeñosas,
recogían el bulle-bulle en el vaivén de las mecedoras: El rojo de los
cigarros las señalaba en sus lugares. El Coronelito, dando el último
tiento a los trastes, escupe y rasguea cantando por burlas el corrido
que rueda estos tiempos, de Diego Pedernales. La sombra de la mano con
el reflejo de las tumbagas, pone rasgueo de luces en el rasgueo de la
guitarra:
--Preso le llevan los guardias,
sobre caballo pelón,
que en los Ranchos de Valdivia
le tomaron a traición.
Celos de niña ranchera
hicieron la delación.