Tecleaba un piano hipocondríaco, en la sala que nombraban Sala de la
Recámara Verde. Como el mitote era en el patio, la sala agrandábase
alumbrada y vacía, con las rejas abiertas sobre el azoguejo y el
viento en las muselinas de los vidrios. El Ciego Velones --nombre de
burlas-- arañaba lívidas escalas, acompañando el canto a una chicuela
consumida, tristeza, desgarbo, fealdad de hospiciana. En el arrimo de
la reja, hacían duelo, por la contraria suerte en los albures, dos
peponas amulatadas: El barro melado de sus facciones se depuraba con
una dulzura de líneas y tintas, en el ébano de las cabezas pimpantes
de peines y moñetes, un drama oriental de lacres y verdes. El Ciego
Velones tecleaba el piano sin luces, un piano lechuzo que se pasaba
los días enfundado de bayeta negra. Cantaba la chicuela, tirante las
cuerdas del triste descote, inmóvil la cara de niña muerta, el fúnebre
resplandor de la bandejilla del petitorio sobre el pecho:
--¡No me mates, traidora ilusión!
¡Es tu imagen en mi pensamiento,
una hoguera de casta pasión!
La voz lívida, en la lívida iluminación de la sala desierta, se
desgarraba en una altura inverosímil:
--¡Una hoguera de casta pasión!
Algunas parejas bailaban en el azoguejo, mecidas por el ritmo del
danzón: Perezosas y lánguidas, pasaban con las mejillas juntas por
delante de las rejas. El Coronelito, más bruja que un roto, acompañaba
con una cuerda en el guitarrón, la voz en un trémolo:
--¡No me mates, traidora ilusión!
V
La cortina abomba su raso verde en el arco de la recámara: Brilla en el
fondo, sobre el espejo, la pomposa cama del trato, y por veces todo se
tambalea en un guiño del altarete. Suspiraba Lupita:
--¡Ánimas del Purgatorio! ¡No más, y qué sueño se me ha puesto! ¡La
cabeza se me parte!
La tranquilizó el farandul:
--Eso se pasa pronto.
--¡Cuando yo vuelva a consentir que usted me enajene, van a tener pelos
las tortugas!
El Doctor Polaco, desviando la plática, felicitó a la daifa con
ceremonia de farandul:
--Es usted un caso muy interesante de metempsicosis. Yo no tendría
inconveniente en asegurarle a usted contrata para un teatro de Berlín.
Usted podría ser un caso de los más célebres. ¡Esta experiencia ha sido
muy interesante!
La daifa se oprimía las sienes, metiendo los dedos con luces de
pedrería por los bandos endrinos del peinado:
--¡Para toda la noche tengo ya jaqueca!
--Una taza de café será lo bastante... Disuelve usted en la taza una
perla de éter, y se hallará prontamente tonificada, para poder intentar
otra experiencia.
--¡Una y no más!
--¿No se animaría usted a presentarse en público? Sometida a una
dirección inteligente, pronto tendría usted renombre para actuar en un
teatro de Nueva York. Yo le garanto a usted un tanto por ciento. Usted,
antes de un año, puede presentarse con diplomas de las más acreditadas
Academias de Europa. El Coronelito me ha tenido conversación de su
caso, pero muy lejano, que ofreciese tanto interés para la ciencia.
¡Muy lejano! Usted se debe al estudio de los iniciados en los misterios
del magnetismo.
--¡Con una cartera llena de papel, aun no cegaba! ¡A pique de quedar
muerta en una experiencia!
--Ese riesgo no existe cuando se procede científicamente.
--La rubia que a usted acompañaba pasados tiempos, se corrió que había
muerto en un teatro.
--¿Y que yo estaba preso? Esa calumnia es patente. Yo no estoy preso.
--Habrá usted limado las rejas de la cárcel.
--¿Me cree usted con poder para tanto?
--¿No es usted brujo?
--El estudio de los fenómenos magnéticos no puede ser calificado de
brujería. ¿Usted se encuentra libre ya del malestar cefálico?
--Sí, parece que se me pasa.
Gritaba en el corredor la madrota:
--Lupita, que te solicitan.
--¿Quién es?
--Un amigo. ¡No pasmes!
--¡Voy! De hallarme menos carente, esta noche la guardaba por devoción
de las Benditas.
--Lupita, puede usted obtener un suceso público en un escenario.
--¡Me da mucho miedo!
Salió de la recámara con bulle-bulle de faldas, seguida del Doctor
Polaco. Aquel tuno nigromante, con una barraca en la feria, era muy
admirado en el congal de Cucarachita.