Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el
prestigio de un pájaro nocharniego: Desde aquella altura fisgaba la
campa donde seguían maniobrando algunos pelotones de indios, armados
con fusiles antiguos. La ciudad se encendía de reflejos sobre la marina
esmeralda. La brisa era fragante, plena de azahares y tamarindos. En
el cielo, remoto y desierto, subían globos de verbena, con cauda de
luces. Santa Fe celebraba sus ferias otoñales, tradición que venía del
tiempo de los virreyes españoles. Por la conga del convento, saltarín y
liviano, con morisquetas de lechuguino, rodaba el quitrí de Don Celes.
La ciudad, pueril ajedrezado de blancas y rosadas azoteas, tenía una
luminosa palpitación, acastillada en la curva del Puerto. La marina era
llena de cabrilleos, y en la desolación azul, toda azul, de la tarde,
encendían su roja llamarada las cornetas de los cuarteles. El quitrí
del gachupín saltaba como una araña negra, en el final solanero de
Cuesta Mostenses.