VII

Tirano Banderas, sumido en el hueco de la ventana, tenía siempre el

prestigio de un pájaro nocharniego: Desde aquella altura fisgaba la

campa donde seguían maniobrando algunos pelotones de indios, armados

con fusiles antiguos. La ciudad se encendía de reflejos sobre la marina

esmeralda. La brisa era fragante, plena de azahares y tamarindos. En

el cielo, remoto y desierto, subían globos de verbena, con cauda de

luces. Santa Fe celebraba sus ferias otoñales, tradición que venía del

tiempo de los virreyes españoles. Por la conga del convento, saltarín y

liviano, con morisquetas de lechuguino, rodaba el quitrí de Don Celes.

La ciudad, pueril ajedrezado de blancas y rosadas azoteas, tenía una

luminosa palpitación, acastillada en la curva del Puerto. La marina era

llena de cabrilleos, y en la desolación azul, toda azul, de la tarde,

encendían su roja llamarada las cornetas de los cuarteles. El quitrí

del gachupín saltaba como una araña negra, en el final solanero de

Cuesta Mostenses.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 19 / 179 题