VI

Una mulata entrecana, descalza, temblona de pechos, aportó con el

refresco de limonada y chocolate, dilecto de frailes y corregidores,

cuando el virreinato. Con tintín de plata y cristales en las manos

prietas, miró la mucama al patroncito, dudosa, interrogante. Niño

Santos, con una mueca de la calavera, le indicó la mesilla de

campamento, que, en el vano de un arco, abría sus compases de araña.

La mulata obedeció haldeando: Sumisa, húmeda, lúbrica, se encogía y

deslizaba. Mojó los labios en la limonada Niño Santos:

--Consecutivamente, desde hace cincuenta años, tomo este refresco, y me

prueba muy medicinal... Se lo recomiendo, Don Celes.

Don Celes infló la botarga:

--¡Cabal, es mi propio refresco! Tenemos los gustos parejos y me siento

orgulloso. ¡Cómo no!

Tirano Banderas, con gesto huraño, esquivó el humo de la adulación, las

volutas enfáticas. Manchados de verde los cantos de la boca, se recogía

en su gesto soturno:

--Amigo Don Celes, las revoluciones, para acabarlas de raíz, precisan

balas de plata.

Reforzó campanudo el gachupín:

--¡Balas que no llevan pólvora ni hacen estruendo!

La momia acogió con una mueca enigmática:

--Esas, amigo, que van calladas, son las mejores. En toda revolución

hay siempre dos momentos críticos: El de las ejecuciones fulminantes,

y el segundo momento, cuando convienen las balas de plata. Amigo

Don Celes, recién esas balas nos ganarían las mejores batallas.

Ahora la política es atraerse a los revolucionarios. Yo hago honor

a mis enemigos, y no se me oculta que cuentan con muchos elementos

simpatizantes en las vecinas Repúblicas. Entre los revolucionarios, hay

científicos que pueden con sus luces laborar en provecho de la Patria.

La inteligencia merece respeto. ¿No le parece, Don Celes?

Don Celes asentía con el grasiento arrebol de una sonrisa:

--En un todo de acuerdo. ¡Cómo no!

--Pues para esos científicos quiero yo las balas de plata: Hay entre

ellos muy buenas cabezas que lucirían en cotejo con las eminencias del

Extranjero. En Europa, esos hombres pueden hacer estudios que aquí

nos orienten: Su puesto está en la Diplomacia... En los Congresos

Científicos... En las Comisiones que se crean para el Extranjero.

Ponderó el ricacho:

--¡Eso es hacer política sabia!

Y susurró confidencial Generalito Banderas:

--Don Celes, para esa política preciso un gordo amunicionamiento de

plata. ¿Qué dice el amigo? Séame leal, y que no salga de los dos

ninguna cosa de lo hablado. Le tomo por consejero, reconociendo lo

mucho que vale.

Don Celes soplábase los bigotes escarchados de brillantina y aspiraba,

deleite de sibarita, las auras barberiles que derramaba en su ámbito.

Resplandecía como búdico vientre el cebollón de su calva, y esfumaba su

pensamiento un sueño de orientales mirajes: La contrata de vituallas

para el Ejército Libertador. Cortó el encanto Tirano Banderas:

--Mucho lo medita, y hace bien, que el asunto tiene toda la importancia.

Declamó el gachupín, con la mano sobre la botarga:

--Mi fortuna, muy escasa siempre, y estos tiempos harto quebrantada, en

su corta medida está al servicio del Gobierno. Pobre es mi ayuda, pero

ella representa el fruto del trabajo honrado en esta tierra generosa, a

la cual amo como a una patria de elección.

Generalito Banderas interrumpió con el ademán impaciente de apartarse

un tábano:

--¿La Colonia Española no cubriría un empréstito?

--La Colonia ha sufrido mucho estos tiempos. Sin embargo, teniendo en

cuenta sus vinculaciones con la República...

El Generalito plegó la boca, reconcentrado en un pensamiento:

--¿La Colonia Española comprende hasta dónde peligran sus intereses con

el ideario de la Revolución? Si lo comprende, trabájela usted en el

sentido indicado. El Gobierno solo cuenta con ella para el triunfo del

orden: El país está anarquizado por las malas propagandas.

Inflose Don Celes:

--El indio dueño de la tierra es una utopía de universitarios.

--Conformes. Por eso le decía que a los científicos hay que darles

puestos fuera del país, adonde su talento no sea perjudicial para

la República. Don Celestino, es indispensable un amunicionamiento

de plata, y usted queda comisionado para todo lo referente. Véase

con el Secretario de Finanzas. No lo dilate. El Licenciadito tiene

estudiado el asunto y le pondrá al corriente: Discutan las garantías y

resuelvan violento, pues es de la mayor urgencia balear con plata a

los revolucionarios. ¡El extranjero acoge las calumnias que propalan

las Agencias! Hemos protestado por la vía diplomática para que sea

coaccionada la campaña de difamación, pero no basta. Amigo Don Celes, a

su bien tajada péñola le corresponde redactar un documento que, con las

firmas de los españoles preeminentes, sirva para ilustrar al Gobierno

de la Madre Patria. La Colonia debe señalar una orientación, hacerles

saber a los estadistas distraídos que el ideario revolucionario es el

peligro amarillo en América. La Revolución representa la ruina de los

estancieros españoles. Que lo sepan allá, que se capaciten. ¡Es muy

grave el momento, Don Celestino! Por rumores que me llegaron, tengo

noticia de cierta actuación que proyecta el Cuerpo Diplomático. Los

rumores son de una protesta por las ejecuciones de Zamalpoa. ¿Sabe

usted si esa protesta piensa suscribirla el Ministro de España?

Al rico gachupín se le enrojeció la calva:

--¡Sería una bofetada a la Colonia!

--¿Y el Ministro de España, considera usted que sea sujeto para esas

bofetadas?

--Es hombre apático... Hace lo que le cuesta menos trabajo. Hombre poco

claro.

--¿No hace negocios?

--Hace deudas, que no paga. ¿Quiere usted mayor negocio? Mira como un

destierro su radicación en la República.

--¿Que se teme usted una pendejada?

--Me la temo.

--Pues hay que evitarla.

El gachupín simuló una inspiración repentina, con palmada en la frente

panzona:

--La Colonia puede actuar sobre el Ministro.

Don Santos rasgó con una sonrisa su verde máscara indiana:

--Eso se llama meter el tejo por la boca de la ranita. Conviene actuar

violento. Los españoles aquí radicados tienen intereses contrarios a

las utopías de la Diplomacia. Todas esas lucubraciones del protocolo

suponen un desconocimiento de las realidades americanas. La Humanidad,

para la política de estos países, es una entelequia con tres cabezas:

El criollo, el indio y el negro. Tres Humanidades. Otra política para

estos climas es pura macana.

El gachupín, barroco y pomposo, le tendió la mano:

--¡Mi admiración crece escuchándole!

--No se dilate, Don Celes. Quiere decirse que se remite para mañana la

invitación que le hice. ¿A usted no le complace el juego de la ranita?

Es mi medicina para esparcir el ánimo, mi juego desde chamaco, y lo

practico todas las tardes. Muy saludable, no arruina como otros juegos.

El ricacho se arrebolaba:

--¡Asombroso cómo somos de gustos parejos!

--Don Celes, hasta lueguito.

Interrogó el gachupín:

--¿Lueguito será mañana?

Movió la cabeza Don Santos:

--Si antes puede ser, antes. Yo no duermo.

Encomió Don Celes:

--¡Profesor de energía, como dicen en nuestro diario!

El Tirano le despidió, ceremonioso, desbaratada la voz en una cucaña de

gallos.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 18 / 179 题