Una mulata entrecana, descalza, temblona de pechos, aportó con el
refresco de limonada y chocolate, dilecto de frailes y corregidores,
cuando el virreinato. Con tintín de plata y cristales en las manos
prietas, miró la mucama al patroncito, dudosa, interrogante. Niño
Santos, con una mueca de la calavera, le indicó la mesilla de
campamento, que, en el vano de un arco, abría sus compases de araña.
La mulata obedeció haldeando: Sumisa, húmeda, lúbrica, se encogía y
deslizaba. Mojó los labios en la limonada Niño Santos:
--Consecutivamente, desde hace cincuenta años, tomo este refresco, y me
prueba muy medicinal... Se lo recomiendo, Don Celes.
Don Celes infló la botarga:
--¡Cabal, es mi propio refresco! Tenemos los gustos parejos y me siento
orgulloso. ¡Cómo no!
Tirano Banderas, con gesto huraño, esquivó el humo de la adulación, las
volutas enfáticas. Manchados de verde los cantos de la boca, se recogía
en su gesto soturno:
--Amigo Don Celes, las revoluciones, para acabarlas de raíz, precisan
balas de plata.
Reforzó campanudo el gachupín:
--¡Balas que no llevan pólvora ni hacen estruendo!
La momia acogió con una mueca enigmática:
--Esas, amigo, que van calladas, son las mejores. En toda revolución
hay siempre dos momentos críticos: El de las ejecuciones fulminantes,
y el segundo momento, cuando convienen las balas de plata. Amigo
Don Celes, recién esas balas nos ganarían las mejores batallas.
Ahora la política es atraerse a los revolucionarios. Yo hago honor
a mis enemigos, y no se me oculta que cuentan con muchos elementos
simpatizantes en las vecinas Repúblicas. Entre los revolucionarios, hay
científicos que pueden con sus luces laborar en provecho de la Patria.
La inteligencia merece respeto. ¿No le parece, Don Celes?
Don Celes asentía con el grasiento arrebol de una sonrisa:
--En un todo de acuerdo. ¡Cómo no!
--Pues para esos científicos quiero yo las balas de plata: Hay entre
ellos muy buenas cabezas que lucirían en cotejo con las eminencias del
Extranjero. En Europa, esos hombres pueden hacer estudios que aquí
nos orienten: Su puesto está en la Diplomacia... En los Congresos
Científicos... En las Comisiones que se crean para el Extranjero.
Ponderó el ricacho:
--¡Eso es hacer política sabia!
Y susurró confidencial Generalito Banderas:
--Don Celes, para esa política preciso un gordo amunicionamiento de
plata. ¿Qué dice el amigo? Séame leal, y que no salga de los dos
ninguna cosa de lo hablado. Le tomo por consejero, reconociendo lo
mucho que vale.
Don Celes soplábase los bigotes escarchados de brillantina y aspiraba,
deleite de sibarita, las auras barberiles que derramaba en su ámbito.
Resplandecía como búdico vientre el cebollón de su calva, y esfumaba su
pensamiento un sueño de orientales mirajes: La contrata de vituallas
para el Ejército Libertador. Cortó el encanto Tirano Banderas:
--Mucho lo medita, y hace bien, que el asunto tiene toda la importancia.
Declamó el gachupín, con la mano sobre la botarga:
--Mi fortuna, muy escasa siempre, y estos tiempos harto quebrantada, en
su corta medida está al servicio del Gobierno. Pobre es mi ayuda, pero
ella representa el fruto del trabajo honrado en esta tierra generosa, a
la cual amo como a una patria de elección.
Generalito Banderas interrumpió con el ademán impaciente de apartarse
un tábano:
--¿La Colonia Española no cubriría un empréstito?
--La Colonia ha sufrido mucho estos tiempos. Sin embargo, teniendo en
cuenta sus vinculaciones con la República...
El Generalito plegó la boca, reconcentrado en un pensamiento:
--¿La Colonia Española comprende hasta dónde peligran sus intereses con
el ideario de la Revolución? Si lo comprende, trabájela usted en el
sentido indicado. El Gobierno solo cuenta con ella para el triunfo del
orden: El país está anarquizado por las malas propagandas.
Inflose Don Celes:
--El indio dueño de la tierra es una utopía de universitarios.
--Conformes. Por eso le decía que a los científicos hay que darles
puestos fuera del país, adonde su talento no sea perjudicial para
la República. Don Celestino, es indispensable un amunicionamiento
de plata, y usted queda comisionado para todo lo referente. Véase
con el Secretario de Finanzas. No lo dilate. El Licenciadito tiene
estudiado el asunto y le pondrá al corriente: Discutan las garantías y
resuelvan violento, pues es de la mayor urgencia balear con plata a
los revolucionarios. ¡El extranjero acoge las calumnias que propalan
las Agencias! Hemos protestado por la vía diplomática para que sea
coaccionada la campaña de difamación, pero no basta. Amigo Don Celes, a
su bien tajada péñola le corresponde redactar un documento que, con las
firmas de los españoles preeminentes, sirva para ilustrar al Gobierno
de la Madre Patria. La Colonia debe señalar una orientación, hacerles
saber a los estadistas distraídos que el ideario revolucionario es el
peligro amarillo en América. La Revolución representa la ruina de los
estancieros españoles. Que lo sepan allá, que se capaciten. ¡Es muy
grave el momento, Don Celestino! Por rumores que me llegaron, tengo
noticia de cierta actuación que proyecta el Cuerpo Diplomático. Los
rumores son de una protesta por las ejecuciones de Zamalpoa. ¿Sabe
usted si esa protesta piensa suscribirla el Ministro de España?
Al rico gachupín se le enrojeció la calva:
--¡Sería una bofetada a la Colonia!
--¿Y el Ministro de España, considera usted que sea sujeto para esas
bofetadas?
--Es hombre apático... Hace lo que le cuesta menos trabajo. Hombre poco
claro.
--¿No hace negocios?
--Hace deudas, que no paga. ¿Quiere usted mayor negocio? Mira como un
destierro su radicación en la República.
--¿Que se teme usted una pendejada?
--Me la temo.
--Pues hay que evitarla.
El gachupín simuló una inspiración repentina, con palmada en la frente
panzona:
--La Colonia puede actuar sobre el Ministro.
Don Santos rasgó con una sonrisa su verde máscara indiana:
--Eso se llama meter el tejo por la boca de la ranita. Conviene actuar
violento. Los españoles aquí radicados tienen intereses contrarios a
las utopías de la Diplomacia. Todas esas lucubraciones del protocolo
suponen un desconocimiento de las realidades americanas. La Humanidad,
para la política de estos países, es una entelequia con tres cabezas:
El criollo, el indio y el negro. Tres Humanidades. Otra política para
estos climas es pura macana.
El gachupín, barroco y pomposo, le tendió la mano:
--¡Mi admiración crece escuchándole!
--No se dilate, Don Celes. Quiere decirse que se remite para mañana la
invitación que le hice. ¿A usted no le complace el juego de la ranita?
Es mi medicina para esparcir el ánimo, mi juego desde chamaco, y lo
practico todas las tardes. Muy saludable, no arruina como otros juegos.
El ricacho se arrebolaba:
--¡Asombroso cómo somos de gustos parejos!
--Don Celes, hasta lueguito.
Interrogó el gachupín:
--¿Lueguito será mañana?
Movió la cabeza Don Santos:
--Si antes puede ser, antes. Yo no duermo.
Encomió Don Celes:
--¡Profesor de energía, como dicen en nuestro diario!
El Tirano le despidió, ceremonioso, desbaratada la voz en una cucaña de
gallos.