Venía por el vasto zaguán frailero una escolta de soldados con la
bayoneta armada en los negros fusiles, y entre las filas un roto
greñudo, con la cara dando sangre. Al frente, sobre el flanco derecho,
fulminaba el charrasco del Mayor Abilio del Valle. El retinto garabato
del bigote, dábale fiero resalte al arregaño lobatón de los dientes que
sujetan el fiador del pavero con toquilla de plata:
--¡Alto!
Mirando a las ventanas del convento, formó la escuadra. Destacáronse
dos caporales, que, a modo de pretinas, llevaban cruzadas sobre el
pecho sendas pencas con argollones, y despojaron al reo del fementido
sabanil que le cubría las carnes: Sumiso y adoctrinado, con la espalda
corita al sol, entrose el cobrizo a un hoyo profundo de tres pies,
como disponen las Ordenanzas de Castigos Militares. Los dos caporales
apisonaron echando tierra, y quedó soterrado hasta los estremecidos
ijares: El torso desnudo, la greña, las manos con fierros, salían fuera
del hoyo colmados de negra expresión dramática: Metía el chivón de la
barba en el pecho, con furbo atisbo a los caporales que se desceñían
las pencas. Señaló el tambor un compás alterno y dio principio el
castigo del chicote, clásico en los cuarteles:
--¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
El greñudo, sin un gemido, se arqueaba sobre las manos esposadas,
ocultos los hierros en la cavación del pecho: Le saltaban de los
costados ramos de sangre, y sujetándose al ritmo del tambor, solfeaban
los dos caporales:
--¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve!
V
Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada
diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el
chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida,
el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante
la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios--.
Don Celestino Galindo, orondo, redondo, pedante, tomó la palabra, y con
aduladoras hipérboles, saludó al Glorioso Pacificador de Zamalpoa:
--La Colonia Española eleva sus homenajes al benemérito patricio, raro
ejemplo de virtud y energía, que ha sabido restablecer el imperio del
orden, imponiendo un castigo ejemplar a la demagogia revolucionaria.
¡La Colonia Española, siempre noble y generosa, tiene una oración y
una lágrima para las víctimas de una ilusión funesta, de un virus
perturbador! Pero la Colonia Española no puede menos de reconocer que
en el inflexible cumplimiento de las leyes está la única salvaguardia
del orden y el florecimiento de la República.
La fila de gachupines asintió con murmullos: Unos eran toscos,
encendidos y fuertes: Otros tenían la expresión cavilosa y hepática
de los tenderos viejos: Otros, enjoyados y panzudos, exudaban zurda
pedancia. A todos ponía un acento de familia el embarazo de las manos
con guantes. Tirano Banderas masculló estudiadas cláusulas de dómine:
--Me congratula ver cómo los hermanos de raza aquí radicados, afirmando
su fe inquebrantable en los ideales de orden y progreso, responden a
la tradición de la Madre Patria. Me congratula mucho este apoyo moral
de la Colonia Hispana. Santos Banderas no tiene la ambición de mando
que le critican sus adversarios: Santos Banderas les garanta que el
día más feliz de su vida será cuando pueda retirarse y sumirse en la
oscuridad a labrar su predio, como Cincinato. Crean, amigos, que para
un viejo son fardel muy pesado las obligaciones de la Presidencia. El
gobernante, muchas veces precisa ahogar los sentimientos de su corazón,
porque el cumplimiento de la ley es la garantía de los ciudadanos
trabajadores y honrados: El gobernante, llegado el trance de firmar
una sentencia de pena capital, puede tener lágrimas en los ojos, pero
a su mano no le está permitido temblar. Esta tragedia del gobernante,
como les platicaba recién, es superior a las fuerzas de un viejo. Entre
amigos tan leales, puedo declarar mi flaqueza, y les garanto que el
corazón se me desgarraba al firmar los fusilamientos de Zamalpoa. ¡Tres
noches he pasado en vela!
--¡Atiza!
Se descompuso la ringla de gachupines. Los charolados pies juanetudos
cambiaron de loseta. Las manos, enguantadas y torponas, se removieron
indecisas, sin saber dónde posarse. En un tácito acuerdo, los
gachupines jugaron con las brasileñas leontinas de sus relojes. Acentuó
la momia:
--¡Tres días con sus noches en ayuno y en vela!
--¡Arrea!
Era el que tan castizo apostillaba un vinatero montañés, chaparro y
negrote, con el pelo en erizo, y el cuello de toro desbordante sobre
la tirilla de celuloide: La voz fachendosa tenía la brutalidad
intempestiva de una claque de teatro. Tirano Banderas sacó la petaca y
ofreció a todos su picadura de Virginia:
--Pues, como les platicaba, el corazón se destroza, y las
responsabilidades de la gobernación llegan a constituir una carga
demasiado pesada. Busquen al hombre que sostenga las finanzas, al
hombre que encauce las fuerzas vitales del país. La República, sin
duda, tiene personalidades que podrán regirla con más acierto que
este viejo valetudinario. Pónganse de acuerdo todos los elementos
representativos, así nacionales como extranjeros...
Hablaba meciendo la cabeza de pergamino: La mirada, un misterio tras
las verdosas antiparras. Y la ringla de gachupines balanceaba un
murmullo, señalando su aduladora disidencia. Cacareó Don Celestino:
--¡Los hombres providenciales no pueden ser reemplazados, sino por
hombres providenciales!
La fila aplaudió, removiéndose en las losetas, como ganado inquieto por
la mosca. Tirano Banderas, con un gesto cuáquero, estrechó la mano del
pomposo gachupín:
--Quédese, Don Celes, y echaremos un partido de ranita.
--¡Muy complacido!
Tirano Banderas, trasmudándose sobre su última palabra, hacía a los
otros gachupines un saludo frío y parco:
--A ustedes, amigos, no quiero distraerles de sus ocupaciones. Me dejan
mandado.