IV

Venía por el vasto zaguán frailero una escolta de soldados con la

bayoneta armada en los negros fusiles, y entre las filas un roto

greñudo, con la cara dando sangre. Al frente, sobre el flanco derecho,

fulminaba el charrasco del Mayor Abilio del Valle. El retinto garabato

del bigote, dábale fiero resalte al arregaño lobatón de los dientes que

sujetan el fiador del pavero con toquilla de plata:

--¡Alto!

Mirando a las ventanas del convento, formó la escuadra. Destacáronse

dos caporales, que, a modo de pretinas, llevaban cruzadas sobre el

pecho sendas pencas con argollones, y despojaron al reo del fementido

sabanil que le cubría las carnes: Sumiso y adoctrinado, con la espalda

corita al sol, entrose el cobrizo a un hoyo profundo de tres pies,

como disponen las Ordenanzas de Castigos Militares. Los dos caporales

apisonaron echando tierra, y quedó soterrado hasta los estremecidos

ijares: El torso desnudo, la greña, las manos con fierros, salían fuera

del hoyo colmados de negra expresión dramática: Metía el chivón de la

barba en el pecho, con furbo atisbo a los caporales que se desceñían

las pencas. Señaló el tambor un compás alterno y dio principio el

castigo del chicote, clásico en los cuarteles:

--¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

El greñudo, sin un gemido, se arqueaba sobre las manos esposadas,

ocultos los hierros en la cavación del pecho: Le saltaban de los

costados ramos de sangre, y sujetándose al ritmo del tambor, solfeaban

los dos caporales:

--¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve!

V

Niño Santos se retiró de la ventana para recibir a una endomingada

diputación de la Colonia Española: El abarrotero, el empeñista, el

chulo del braguetazo, el patriota jactancioso, el doctor sin reválida,

el periodista hampón, el rico mal afamado, se inclinaban en hilera ante

la momia taciturna con la verde salivilla en el canto de los labios--.

Don Celestino Galindo, orondo, redondo, pedante, tomó la palabra, y con

aduladoras hipérboles, saludó al Glorioso Pacificador de Zamalpoa:

--La Colonia Española eleva sus homenajes al benemérito patricio, raro

ejemplo de virtud y energía, que ha sabido restablecer el imperio del

orden, imponiendo un castigo ejemplar a la demagogia revolucionaria.

¡La Colonia Española, siempre noble y generosa, tiene una oración y

una lágrima para las víctimas de una ilusión funesta, de un virus

perturbador! Pero la Colonia Española no puede menos de reconocer que

en el inflexible cumplimiento de las leyes está la única salvaguardia

del orden y el florecimiento de la República.

La fila de gachupines asintió con murmullos: Unos eran toscos,

encendidos y fuertes: Otros tenían la expresión cavilosa y hepática

de los tenderos viejos: Otros, enjoyados y panzudos, exudaban zurda

pedancia. A todos ponía un acento de familia el embarazo de las manos

con guantes. Tirano Banderas masculló estudiadas cláusulas de dómine:

--Me congratula ver cómo los hermanos de raza aquí radicados, afirmando

su fe inquebrantable en los ideales de orden y progreso, responden a

la tradición de la Madre Patria. Me congratula mucho este apoyo moral

de la Colonia Hispana. Santos Banderas no tiene la ambición de mando

que le critican sus adversarios: Santos Banderas les garanta que el

día más feliz de su vida será cuando pueda retirarse y sumirse en la

oscuridad a labrar su predio, como Cincinato. Crean, amigos, que para

un viejo son fardel muy pesado las obligaciones de la Presidencia. El

gobernante, muchas veces precisa ahogar los sentimientos de su corazón,

porque el cumplimiento de la ley es la garantía de los ciudadanos

trabajadores y honrados: El gobernante, llegado el trance de firmar

una sentencia de pena capital, puede tener lágrimas en los ojos, pero

a su mano no le está permitido temblar. Esta tragedia del gobernante,

como les platicaba recién, es superior a las fuerzas de un viejo. Entre

amigos tan leales, puedo declarar mi flaqueza, y les garanto que el

corazón se me desgarraba al firmar los fusilamientos de Zamalpoa. ¡Tres

noches he pasado en vela!

--¡Atiza!

Se descompuso la ringla de gachupines. Los charolados pies juanetudos

cambiaron de loseta. Las manos, enguantadas y torponas, se removieron

indecisas, sin saber dónde posarse. En un tácito acuerdo, los

gachupines jugaron con las brasileñas leontinas de sus relojes. Acentuó

la momia:

--¡Tres días con sus noches en ayuno y en vela!

--¡Arrea!

Era el que tan castizo apostillaba un vinatero montañés, chaparro y

negrote, con el pelo en erizo, y el cuello de toro desbordante sobre

la tirilla de celuloide: La voz fachendosa tenía la brutalidad

intempestiva de una claque de teatro. Tirano Banderas sacó la petaca y

ofreció a todos su picadura de Virginia:

--Pues, como les platicaba, el corazón se destroza, y las

responsabilidades de la gobernación llegan a constituir una carga

demasiado pesada. Busquen al hombre que sostenga las finanzas, al

hombre que encauce las fuerzas vitales del país. La República, sin

duda, tiene personalidades que podrán regirla con más acierto que

este viejo valetudinario. Pónganse de acuerdo todos los elementos

representativos, así nacionales como extranjeros...

Hablaba meciendo la cabeza de pergamino: La mirada, un misterio tras

las verdosas antiparras. Y la ringla de gachupines balanceaba un

murmullo, señalando su aduladora disidencia. Cacareó Don Celestino:

--¡Los hombres providenciales no pueden ser reemplazados, sino por

hombres providenciales!

La fila aplaudió, removiéndose en las losetas, como ganado inquieto por

la mosca. Tirano Banderas, con un gesto cuáquero, estrechó la mano del

pomposo gachupín:

--Quédese, Don Celes, y echaremos un partido de ranita.

--¡Muy complacido!

Tirano Banderas, trasmudándose sobre su última palabra, hacía a los

otros gachupines un saludo frío y parco:

--A ustedes, amigos, no quiero distraerles de sus ocupaciones. Me dejan

mandado.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 17 / 179 题