III. _División de la supervalía en capital y en renta._

Una parte de la supervalía la gasta el capitalista como ganancia, y

la otra la acumula como capital. Siendo las mismas todas las demás

circunstancias, la proporción según la cual se hace esta división,

determinará la cantidad de la acumulación. El propietario de la

supervalía, el capitalista, es quien la divide, según su voluntad. De

la parte del tributo arrancado por él, y que él mismo acumula, se dice

que la ahorra, porque no la consume, es decir, porque cumple su papel

de capitalista, que es el de enriquecerse.

El capitalista no tiene ningún valor histórico, ningún derecho

histórico a la vida, ninguna razón de ser social, en tanto no funciona

como capital personificado. Solo bajo esta condición, la necesidad

momentánea de su propia existencia es una consecuencia de la necesidad

pasajera del sistema de producción capitalista. El fin determinante

de su actividad no es, pues, ni el valor de uso ni el goce, sino

el valor de cambio y su continuo acrecentamiento. Agente fanático

de la acumulación, obliga incesantemente a los hombres a producir

para producir, impulsándolos así instintivamente a desarrollar las

potencias productoras y las condiciones materiales que por sí solas

pueden formar la base de una sociedad nueva y superior.

El desarrollo de la producción capitalista exige un acrecentamiento

continuo del capital invertido en una empresa, y la competencia obliga

a cada capitalista individual a obrar de grado o por fuerza conforme a

las leyes de la producción capitalista. La competencia no le permite

conservar su capital sin aumentarlo, y no puede continuar aumentándolo

sino mediante una acumulación cada vez más considerable. Su voluntad

y su conciencia no expresan más que las necesidades del capital que

representa; en su consumo personal no ve sino una especie de robo, o de

préstamo al menos, hecho a la acumulación.

Pero, a medida que se desarrolla el régimen de producción capitalista,

y con él la acumulación y la riqueza, el capitalista deja de ser simple

personificación del capital. Mientras que el capitalista chapado a

la antigua omite todo gasto individual que no es indispensable, no

viendo en él más que una usurpación hecha a la riqueza, el capitalista

a la moderna es capaz de ver en la capitalización de la supervalía un

obstáculo para sus necesidades insaciables de goces.

En los comienzos de la producción capitalista --y este hecho se renueva

en la vida privada de todo industrial principiante--, la avaricia y

el afán de enriquecerse le dominan exclusivamente. Pero el progreso

de la producción no solamente crea todo un nuevo mundo de goces, sino

que abre, con la especulación y el crédito, mil fuentes de súbito

enriquecimiento. Llegado a cierto grado el desarrollo, impone aun al

infeliz capitalista una prodigalidad puramente convencional, muestra a

la vez de riqueza y de crédito. El lujo llega a ser una necesidad del

oficio y entra en los gastos de representación del capital.

No es esto todo. El capitalista no se enriquece, como el labrador o

el artesano independiente, en proporción a su trabajo particular y a

su sobriedad personal, sino proporcionalmente al trabajo gratuito de

otro que absorbe, y a la privación de todos los placeres de la vida

que inflige a sus obreros. Su prodigalidad se acrecienta a medida que

acumula, sin que su acumulación esté necesariamente restringida por

su gasto. De todas maneras, hay en él lucha entre la tendencia a la

acumulación y la tendencia al placer.

_Teoría de la abstinencia._

Ahorrar, ahorrar constantemente, es decir, volver a transformar sin

descanso en capital la mayor parte posible de la supervalía o del

producto líquido, acumular para acumular, producir para producir, tal

es el lema de la Economía política al proclamar la misión histórica del

periodo burgués; si el proletario no es más que una máquina que produce

supervalía, el capitalista es también una máquina que capitaliza esta

supervalía.

Pero después de 1830, en la época en que se propagaban las doctrinas

socialistas, el fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo

en Inglaterra, mientras el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon

el somatén de alarma, y en Inglaterra el proletariado del campo paseaba

la tea incendiaria, fue cuando la Economía política reveló al mundo una

doctrina maravillosa para salvar la sociedad amenazada.

Dicha doctrina transformó instantáneamente las condiciones del

movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de

«abstinencia» del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se

abstiene de trabajar para él. El capitalista «se impone», escribe M. G.

de Molinari, «una privación al prestar sus instrumentos de producción

al trabajador»; dicho de otro modo, se impone una privación cuando

hace valer los medios de producción como capital añadiendo a ellos la

fuerza obrera, en vez de comerse los piensos, los animales de tiro, el

algodón, las máquinas de vapor, etc.

En resumen, todo el mundo se compadeció de las mortificaciones

del capitalista. No es solamente la acumulación, no, «la simple

conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir

a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil). Sería preciso, en

verdad, haber renunciado a todo sentimiento humanitario para no buscar

el modo de librar al capitalista de sus tentaciones y de su martirio,

librándole de su capital.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 108 / 134 题