Una parte de la supervalía la gasta el capitalista como ganancia, y
la otra la acumula como capital. Siendo las mismas todas las demás
circunstancias, la proporción según la cual se hace esta división,
determinará la cantidad de la acumulación. El propietario de la
supervalía, el capitalista, es quien la divide, según su voluntad. De
la parte del tributo arrancado por él, y que él mismo acumula, se dice
que la ahorra, porque no la consume, es decir, porque cumple su papel
de capitalista, que es el de enriquecerse.
El capitalista no tiene ningún valor histórico, ningún derecho
histórico a la vida, ninguna razón de ser social, en tanto no funciona
como capital personificado. Solo bajo esta condición, la necesidad
momentánea de su propia existencia es una consecuencia de la necesidad
pasajera del sistema de producción capitalista. El fin determinante
de su actividad no es, pues, ni el valor de uso ni el goce, sino
el valor de cambio y su continuo acrecentamiento. Agente fanático
de la acumulación, obliga incesantemente a los hombres a producir
para producir, impulsándolos así instintivamente a desarrollar las
potencias productoras y las condiciones materiales que por sí solas
pueden formar la base de una sociedad nueva y superior.
El desarrollo de la producción capitalista exige un acrecentamiento
continuo del capital invertido en una empresa, y la competencia obliga
a cada capitalista individual a obrar de grado o por fuerza conforme a
las leyes de la producción capitalista. La competencia no le permite
conservar su capital sin aumentarlo, y no puede continuar aumentándolo
sino mediante una acumulación cada vez más considerable. Su voluntad
y su conciencia no expresan más que las necesidades del capital que
representa; en su consumo personal no ve sino una especie de robo, o de
préstamo al menos, hecho a la acumulación.
Pero, a medida que se desarrolla el régimen de producción capitalista,
y con él la acumulación y la riqueza, el capitalista deja de ser simple
personificación del capital. Mientras que el capitalista chapado a
la antigua omite todo gasto individual que no es indispensable, no
viendo en él más que una usurpación hecha a la riqueza, el capitalista
a la moderna es capaz de ver en la capitalización de la supervalía un
obstáculo para sus necesidades insaciables de goces.
En los comienzos de la producción capitalista --y este hecho se renueva
en la vida privada de todo industrial principiante--, la avaricia y
el afán de enriquecerse le dominan exclusivamente. Pero el progreso
de la producción no solamente crea todo un nuevo mundo de goces, sino
que abre, con la especulación y el crédito, mil fuentes de súbito
enriquecimiento. Llegado a cierto grado el desarrollo, impone aun al
infeliz capitalista una prodigalidad puramente convencional, muestra a
la vez de riqueza y de crédito. El lujo llega a ser una necesidad del
oficio y entra en los gastos de representación del capital.
No es esto todo. El capitalista no se enriquece, como el labrador o
el artesano independiente, en proporción a su trabajo particular y a
su sobriedad personal, sino proporcionalmente al trabajo gratuito de
otro que absorbe, y a la privación de todos los placeres de la vida
que inflige a sus obreros. Su prodigalidad se acrecienta a medida que
acumula, sin que su acumulación esté necesariamente restringida por
su gasto. De todas maneras, hay en él lucha entre la tendencia a la
acumulación y la tendencia al placer.
_Teoría de la abstinencia._
Ahorrar, ahorrar constantemente, es decir, volver a transformar sin
descanso en capital la mayor parte posible de la supervalía o del
producto líquido, acumular para acumular, producir para producir, tal
es el lema de la Economía política al proclamar la misión histórica del
periodo burgués; si el proletario no es más que una máquina que produce
supervalía, el capitalista es también una máquina que capitaliza esta
supervalía.
Pero después de 1830, en la época en que se propagaban las doctrinas
socialistas, el fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo
en Inglaterra, mientras el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon
el somatén de alarma, y en Inglaterra el proletariado del campo paseaba
la tea incendiaria, fue cuando la Economía política reveló al mundo una
doctrina maravillosa para salvar la sociedad amenazada.
Dicha doctrina transformó instantáneamente las condiciones del
movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de
«abstinencia» del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se
abstiene de trabajar para él. El capitalista «se impone», escribe M. G.
de Molinari, «una privación al prestar sus instrumentos de producción
al trabajador»; dicho de otro modo, se impone una privación cuando
hace valer los medios de producción como capital añadiendo a ellos la
fuerza obrera, en vez de comerse los piensos, los animales de tiro, el
algodón, las máquinas de vapor, etc.
En resumen, todo el mundo se compadeció de las mortificaciones
del capitalista. No es solamente la acumulación, no, «la simple
conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir
a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil). Sería preciso, en
verdad, haber renunciado a todo sentimiento humanitario para no buscar
el modo de librar al capitalista de sus tentaciones y de su martirio,
librándole de su capital.