Las mercancías que el capitalista compra como medios de goce, no le
sirven evidentemente como medios de producción y de multiplicación de
su valor; el trabajo que paga con el mismo fin, tampoco es trabajo
productivo. De este modo derrocha la supervalía a título de ganancia,
en vez de hacerla fructificar como capital.
También la Economía política burguesa ha predicado, como el primero
de los deberes cívicos, la acumulación, es decir, el empleo de una
gran parte de la ganancia en el reclutamiento de trabajadores
productivos, que producen más de lo que reciben.
Ha combatido además la creencia popular que confunde la acumulación
capitalista con el hacinamiento de tesoros, como si el guardar el
dinero bajo llave no fuese el método más seguro para no capitalizarlo.
No debe, pues, confundirse la acumulación capitalista, que es un acto
de producción, con el aumento de los bienes que figuran en el fondo
de consumo de los ricos y que se gastan lentamente, ni tampoco con la
formación de reservas o provisiones, hecho común a todos los sistemas
de producción.
La Economía política clásica ha sostenido con perfecta razón que el
rasgo más característico de la acumulación es que las gentes que
viven del producto neto deben ser trabajadores productivos y no
improductivos. Pero se equivoca cuando de aquí saca la conclusión
de que la parte del producto neto que se transforma en capital, es
consumida por la clase obrera.
Dedúcese de esta manera de ver, que toda la supervalía transformada en
capital se adelanta únicamente en salarios. La supervalía se divide,
al contrario, lo mismo que el valor-capital de donde procede, en precio
de compra de medios de producción y de fuerza de trabajo. Para poder
transformarse en fuerza de trabajo suplementaria, el producto líquido
ha de contener un exceso de subsistencias de primera necesidad; pero,
para que esta fuerza suplementaria pueda ser explotada, debe contener,
además, nuevos medios de producción que no entran en el consumo
personal de los trabajadores ni tampoco en el de los capitalistas.