Algunos economistas burgueses sostienen que al hacer inútiles en un
trabajo a obreros que estaban empleados en él, es decir, al despedirlos
y al privarlos de su salario, la máquina deja disponible por este mismo
hecho un capital destinado a emplearlos de nuevo en otra ocupación
cualquiera; por consiguiente, dicen, hay compensación. A privar de
víveres al obrero llaman estos señores dejar víveres disponibles para
el obrero como nuevo medio de emplearlo en otra industria. Como se ve,
todo depende de la manera de expresarse.
La verdad es que los obreros que la máquina hace inútiles son arrojados
del taller en el mercado del trabajo, donde van a aumentar las fuerzas
ya disponibles para la explotación capitalista. Rechazados de un género
de industria, pueden seguramente buscar ocupación en otra; pero si la
encuentran, si pueden de nuevo tener medios de consumir los víveres
que por su privación de salario habían quedado disponibles, es decir,
que no les estaba permitido comprar, es merced a un nuevo capital que
se presenta en el mercado del trabajo y no merced al capital que ya
funciona, el cual se ha transformado en máquinas. Y las probabilidades
de encontrar ocupación son muy pequeñas, porque, fuera de su antigua
ocupación, estos hombres deteriorados por la división del trabajo
sirven para poco y solo son admitidos en empleos inferiores mal pagados
y que por su misma sencillez son solicitados por muchos.
La máquina es inocente de las miserias a que da lugar; no es culpa
suya si, en nuestro medio social, separa al obrero de sus medios de
subsistencia. En todas partes donde se introduce hace el producto más
barato y más abundante. Tanto después como antes de su introducción, la
sociedad posee siempre por lo menos la misma cantidad de víveres para
los trabajadores que tienen que cambiar de empleo, prescindiendo de la
inmensa porción de su producto anual despilfarrada por los ociosos.
Si la máquina se convierte en instrumento para esclavizar al hombre;
si, medio infalible para aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga;
si, varita mágica para aumentar la riqueza del productor, lo
empobrece, es por estar en manos capitalistas. Estas contradicciones
y estos antagonismos inseparables del empleo de las máquinas en el
medio burgués, provienen, no de la máquina, sino de su explotación
capitalista.
Aunque suprime un número mayor o menor de obreros en los oficios y
manufacturas donde se introduce, la máquina puede ocasionar, sin
embargo, un aumento de empleos en otros ramos de producción.
Siendo mayor con las máquinas la cantidad de artículos fabricados,
hacen falta más materias primeras, y, por consiguiente, es preciso que
las industrias que suministran estas materias primeras aumenten la
cantidad de sus productos. Verdad es que este aumento puede resultar
de la elevación de la intensidad o de la duración del trabajo, y no
exclusivamente de la del número de obreros.
Las máquinas dan origen a una especie de obreros consagrados
exclusivamente a su construcción, y cuanto mayor es el número de
máquinas, más numerosa es esta clase de obreros. A medida que
las máquinas hacen así aumentar la masa de primeras materias, de
instrumentos de trabajo, etc., las industrias que gastan estas primeras
materias, etc., se dividen cada vez más en ramas diferentes y la
división social del trabajo se desarrolla más poderosamente que bajo la
acción de la manufactura propiamente dicha.
El sistema mecánico aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en
la clase capitalista, acompañada, como va siempre, de una disminución
relativa de los trabajadores empleados en la producción de las
mercancías de primera necesidad, da origen, con las nuevas necesidades
de lujo, a nuevos medios de satisfacerlas: la producción de lujo
aumenta; y aumenta con ella, en una proporción cada vez mayor, la clase
sirviente, compuesta de lacayos, cocheros, cocineras, niñeras, etc.
El aumento de los medios de trabajo y de subsistencia impulsa el
desarrollo de las empresas de comunicación y de transporte; aparecen
nuevas industrias y abren nuevas salidas al trabajo.
Pero todos estos aumentos de empleos no tienen nada de común con la
llamada teoría de compensación.
VII. _Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos
por ella._
Todo progreso del maquinismo disminuye el número de obreros necesarios
y separa de la fábrica, por el momento, a una parte del personal.
Pero cuando la explotación mecánica se introduce o se perfecciona
en un ramo de la industria, los beneficios extraordinarios que no
tarda en procurar a los que hacen la primera aplicación de ella,
ocasionan muy pronto un periodo de actividad febril. Estos beneficios
atraen al capital, que busca colocaciones privilegiadas; el nuevo
procedimiento se generaliza; el establecimiento de nuevas fábricas
y el engrandecimiento de las antiguas que de ello resulta hacen que
aumente entonces el número total de obreros ocupados. El aumento de
las fábricas, o, en otros términos, una modificación cuantitativa
en la industria mecánica, atrae, pues, a los obreros, en tanto que
el perfeccionamiento de la maquinaria, o, de otro modo, un cambio
cualitativo, los separa.
Pero la elevación de la producción, consecuencia del mayor número
de fábricas, va seguida de una superabundancia de productos en el
mercado que a su vez produce un decaimiento, una paralización de la
producción. La vida de la industria se convierte así en series de
periodos de actividad media, de prosperidad, de exceso de producción y
de inacción. Los obreros son alternativamente atraídos y rechazados,
llevados de aquí para allá, y este movimiento va acompañado de cambios
continuos en la edad, el sexo y la habilidad de los obreros empleados;
la incertidumbre, las alzas y las bajas a que la explotación mecánica
somete al trabajador, acaban por ser su estado normal.
VIII. _Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la
división del trabajo._
La explotación mecánica suprime la cooperación basada en el oficio: por
ejemplo, la máquina segadora reemplaza la cooperación de determinado
número de segadores; suprime igualmente la manufactura basada en la
división del trabajo manual, suministrando un ejemplo de ello la
máquina de fabricar alfileres: una mujer basta para vigilar cuatro de
estas máquinas, que producen mucho más que antes un número considerable
de hombres por medio de la división del trabajo.
Cuando una máquina-utensilio sustituye a la cooperación o a la
manufactura, puede a su vez llegar a ser la base de un nuevo oficio;
empero esta organización del oficio de un artesano sobre la base de la
máquina solo sirve de transición al régimen de la fábrica, que aparece
ordinariamente desde el momento en que el agua o el vapor reemplazan
a los músculos humanos como fuerza motriz. La pequeña industria
puede, sin embargo, funcionar momentáneamente con un motor mecánico,
alquilando el vapor o sirviéndose de pequeñas máquinas motrices
particulares, como las máquinas de gas.
_Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio._
A medida que se desarrolla la grande industria se ve transformarse
el carácter de todos los ramos de la industria. Al introducirse en
las antiguas manufacturas para una u otra operación, el maquinismo
desconcierta su organización, debida a una división consagrada del
trabajo, y trastorna por completo la composición de su personal obrero,
fundando en lo sucesivo la división del trabajo en el empleo de las
mujeres, de los niños, de los obreros poco hábiles, en una palabra, en
el empleo del trabajo barato.
El maquinismo obra también de igual modo sobre la llamada industria
domiciliaria; practíquese en la habitación misma del obrero o en
pequeños talleres, solo es en lo sucesivo una dependencia de la
fábrica, de la manufactura o del almacén de mercancías. La confección
de los artículos de vestir, por ejemplo, es en gran parte ejecutada
por esos trabajadores llamados domiciliarios, no como antes para
consumidores individuales, sino para fabricantes, dueños de almacenes,
etc., que les suministran los elementos de trabajo encargándoles obra.
Así, pues, además de los obreros de fábrica, los obreros manufactureros
y los artesanos a quienes concentra en grandes masas en vastos
talleres, el capital posee un ejército industrial disperso en las
grandes ciudades y en los campos.
La explotación de los trabajadores baratos se practica con más cinismo
en la manufactura moderna que en la fabrica propiamente dicha, porque
la sustitución de la fuerza muscular por máquinas, aplicada en esta
última, falta en gran parte en la manufactura; esta explotación es aún
más escandalosa en la industria domiciliaria que en la manufactura,
porque el poder de resistencia de los trabajadores es menor por efecto
de su dispersión; porque entre el empresario y el obrero se ingiere
toda una cáfila de intermediarios, de parásitos voraces; porque el
obrero es demasiado pobre para procurarse las condiciones de espacio,
de aire, de luz, etc., más necesarias para su trabajo, y, por último,
porque en ellos llega a su máximum la concurrencia entre trabajadores.
Estos antiguos sistemas de producción, modificados, desfigurados bajo
la influencia de la gran industria, reproducen y aun exageran sus
enormidades hasta el día en que se ven obligados a desaparecer.
_Paso de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande
industria._
La disminución del precio de la fuerza de trabajo solo por el empleo
abusivo de mujeres y niños, por la brutal privación de las condiciones
normales de vida y de actividad, por el exceso de trabajo y el abuso
del trabajo de noche, encuentra, por último, obstáculos físicos que
los límites de las fuerzas humanas no permiten franquear. En ellos
se detienen también, por consiguiente, la reducción del precio de
las mercancías, obtenida por estos procedimientos, y la explotación
capitalista fundada sobre ellos. Si bien es cierto que son necesarios
algunos años para llegar a este punto, entonces es llegada la hora
de la transformación del trabajo domiciliario y de la manufactura en
fábrica.
La marcha de esta revolución industrial es más rápida por la
regularización legal de la jornada, por la exclusión de los niños
menores de cierta edad, etc., todo lo cual obliga al capitalista
manufacturero a multiplicar el número de sus máquinas y a sustituir
los músculos con el vapor como fuerza motora. En cuanto al trabajo
domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la
explotación ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está
condenada a morir desde el momento en que la jornada esté limitada y
restringido el trabajo de los niños.
IX. _Contradicción entre la naturaleza de la gran industria y su forma
capitalista._
Mientras que el oficio y la manufactura son la base de la producción
social, la subordinación del trabajador a una profesión exclusiva y el
obstáculo que opone al desarrollo de sus aptitudes varias, se pueden
considerar como necesidades de la producción. Los diferentes ramos
industriales forman otras tantas profesiones cerradas para todo aquel
que se halle impuesto en los secretos y la rutina del oficio.
La ciencia modernísima de la tecnología, creada por la gran industria,
enseña hoy esos secretos, describe los diversos procedimientos
industriales, los analiza, reduce su práctica a algunas formas
fundamentales del movimiento mecánico y averigua los perfeccionamientos
de que son susceptibles esos procedimientos. La industria moderna
no considera y no trata nunca como definitivo el modo actual de un
procedimiento.
En tanto que el mantenimiento de su modo consagrado de producción
era la primera condición de existencia de todas las antiguas
clases industriales, la burguesía, al modificar constantemente los
instrumentos de trabajo, modifica por esta misma razón, de una manera
continua, las relaciones de la producción y todas las relaciones
sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la producción
material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la de
todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.
Si la naturaleza misma de la gran industria necesita el cambio continuo
en el trabajo, la transformación frecuente de las funciones y la
movilidad del trabajador, por otra parte, en su forma capitalista,
reproduce la antigua división del trabajo todavía más odiosamente;
si el obrero estaba encadenado durante su vida a una operación de
detalle, hace de él el accesorio de una máquina parcial. Sabemos
que esta contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de
la gran industria y los caracteres sociales que reviste bajo el
régimen capitalista, acaba por destruir todas las garantías de vida
del trabajador, siempre amenazado, según hemos visto en el apartado
cuarto del presente capítulo, de verse privado, a la vez que del medio
de trabajo, de los medios de subsistencia y de quedar inútil por la
supresión de su función particular; este antagonismo da origen, como
hemos visto también en el apartado quinto, a la monstruosidad de un
ejército industrial de reserva que por la miseria está a disposición de
la demanda capitalista; conduce a las sangrías periódicas de la clase
obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de trabajo,
a los estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso
industrial una calamidad pública para la clase obrera.
_La fábrica y la instrucción._
A pesar de los obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo
el régimen capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria
ocasiona imponen la necesidad de reconocer el trabajo variado y, por
consiguiente, el mayor desarrollo posible de las diversas aptitudes
del trabajador como una ley de la producción moderna, siendo necesario
a toda costa que las circunstancias se adapten al ejercicio normal
de esta ley: es esta una cuestión de importancia vital. En efecto,
la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de muerte, a
reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función
productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer
frente a las exigencias más diversas del trabajo y que en funciones
alternativas no hace más que dar libre curso a sus diferentes
capacidades naturales o adquiridas.
La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas especiales
obedecía tan solo a las tendencias íntimas de la producción moderna,
ha concedido únicamente a los proletarios una sombra de enseñanza
profesional. Pero si la legislación se ha visto en la necesidad de
combinar la instrucción elemental, siquiera sea mezquina, con el
trabajo industrial, la inevitable conquista del Poder político por la
clase obrera introducirá en las escuelas públicas la enseñanza de la
tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir el trabajo
manual productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para
todos los jóvenes de uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los
ejercicios militares para los varones; este es el único método para
formar seres humanos completos.
Evidentemente, el desarrollo de los elementos nuevos, que llegará por
último a suprimir la antigua división del trabajo en la cual cada
obrero está consagrado a una operación parcial, se halla en flagrante
contradicción con el sistema industrial capitalista y con el medio
económico en que coloca al obrero, pero el único camino por el que un
sistema de producción y la organización social correspondiente marchan
a su ruina y renovación, es el desenvolvimiento histórico de sus
contradicciones y antagonismos.
¡Zapatero, a tus zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez
durante el periodo del oficio y de la manufactura, pasa a ser una
locura el día en que el relojero Watt inventa la máquina de vapor, el
barbero Arkwright el telar continuo y el platero Fulton el barco de
vapor.
_La fábrica y la familia._
Ante la vergonzosa explotación del trabajo de los niños, los
legisladores se han visto en la necesidad de intervenir poniendo coto
no solamente a los derechos señoriales del capital, sino también a la
autoridad de los padres; aunque afecto al capital, viendo la torpe
crueldad de estos, el legislador ha tenido precisión de preservar a las
generaciones venideras de una decadencia prematura; los representantes
de las clases que dominan han tenido necesidad de dictar medidas
contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo que pueda
caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de esas
medidas?
No es el abuso de la autoridad paterna el que ha creado la explotación
de la niñez, antes al contrario, la explotación capitalista es la
que ha hecho que esa autoridad degenere en abuso; la intervención de
la ley es la confesión oficial de que la grande industria ha hecho
una fatalidad económica de la explotación de mujeres y niños por
el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha destruido
la familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la
gran industria ha convertido la autoridad paterna en dependencia
del mecanismo social, destinada a hacer suministrar directa o
indirectamente niños al capitalista por el proletario, que bajo pena
de muerte tiene que desempeñar su papel de abastecedor y de mercader
de esclavos. Así, pues, la legislación solo atiende a impedir los
excesos de este sistema de esclavitud. Por terrible y desagradable
que parezca en el medio actual la disolución de los antiguos lazos
de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que
concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la
producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva
base económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior
de familia y de relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar
como absoluta y definitiva la actual constitución de la familia como
sus constituciones oriental, griega y romana. La misma composición del
trabajador colectivo por individuos de los dos sexos y de todas edades,
fuente de corrupción y de esclavitud bajo la dominación capitalista,
contiene los gérmenes de una próxima evolución social. En la Historia,
como en la Naturaleza, la putrefacción es el laboratorio de la vida.
_Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica._
Si bien imponen a cada establecimiento industrial, considerado
aisladamente, la uniformidad y la regularidad, las leyes sobre
la limitación de la jornada de trabajo, que han llegado a ser
indispensables para proteger física y moralmente a la clase obrera,
multiplican la anarquía y las crisis de la producción social por el
enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico; exageran la intensidad
del trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y la máquina;
apresuran la transformación del trabajo aislado en trabajo organizado
en grande y la concentración de capitales.
Al destruir la pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el
último refugio de una masa de trabajadores, a quienes priva de sus
medios de subsistencia, y que quedan por este motivo a disposición del
capital para el día en que a este le convenga admitirlos a trabajar;
suprime, por lo tanto, la válvula de seguridad de todo el mecanismo
social. Generaliza al mismo tiempo la lucha directa entablada contra
la dominación del capital, y desarrolla, a la vez que los elementos de
formación de una nueva sociedad, las fuerzas destructoras de la antigua.