VI. _Teoría de la compensación._

Algunos economistas burgueses sostienen que al hacer inútiles en un

trabajo a obreros que estaban empleados en él, es decir, al despedirlos

y al privarlos de su salario, la máquina deja disponible por este mismo

hecho un capital destinado a emplearlos de nuevo en otra ocupación

cualquiera; por consiguiente, dicen, hay compensación. A privar de

víveres al obrero llaman estos señores dejar víveres disponibles para

el obrero como nuevo medio de emplearlo en otra industria. Como se ve,

todo depende de la manera de expresarse.

La verdad es que los obreros que la máquina hace inútiles son arrojados

del taller en el mercado del trabajo, donde van a aumentar las fuerzas

ya disponibles para la explotación capitalista. Rechazados de un género

de industria, pueden seguramente buscar ocupación en otra; pero si la

encuentran, si pueden de nuevo tener medios de consumir los víveres

que por su privación de salario habían quedado disponibles, es decir,

que no les estaba permitido comprar, es merced a un nuevo capital que

se presenta en el mercado del trabajo y no merced al capital que ya

funciona, el cual se ha transformado en máquinas. Y las probabilidades

de encontrar ocupación son muy pequeñas, porque, fuera de su antigua

ocupación, estos hombres deteriorados por la división del trabajo

sirven para poco y solo son admitidos en empleos inferiores mal pagados

y que por su misma sencillez son solicitados por muchos.

La máquina es inocente de las miserias a que da lugar; no es culpa

suya si, en nuestro medio social, separa al obrero de sus medios de

subsistencia. En todas partes donde se introduce hace el producto más

barato y más abundante. Tanto después como antes de su introducción, la

sociedad posee siempre por lo menos la misma cantidad de víveres para

los trabajadores que tienen que cambiar de empleo, prescindiendo de la

inmensa porción de su producto anual despilfarrada por los ociosos.

Si la máquina se convierte en instrumento para esclavizar al hombre;

si, medio infalible para aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga;

si, varita mágica para aumentar la riqueza del productor, lo

empobrece, es por estar en manos capitalistas. Estas contradicciones

y estos antagonismos inseparables del empleo de las máquinas en el

medio burgués, provienen, no de la máquina, sino de su explotación

capitalista.

Aunque suprime un número mayor o menor de obreros en los oficios y

manufacturas donde se introduce, la máquina puede ocasionar, sin

embargo, un aumento de empleos en otros ramos de producción.

Siendo mayor con las máquinas la cantidad de artículos fabricados,

hacen falta más materias primeras, y, por consiguiente, es preciso que

las industrias que suministran estas materias primeras aumenten la

cantidad de sus productos. Verdad es que este aumento puede resultar

de la elevación de la intensidad o de la duración del trabajo, y no

exclusivamente de la del número de obreros.

Las máquinas dan origen a una especie de obreros consagrados

exclusivamente a su construcción, y cuanto mayor es el número de

máquinas, más numerosa es esta clase de obreros. A medida que

las máquinas hacen así aumentar la masa de primeras materias, de

instrumentos de trabajo, etc., las industrias que gastan estas primeras

materias, etc., se dividen cada vez más en ramas diferentes y la

división social del trabajo se desarrolla más poderosamente que bajo la

acción de la manufactura propiamente dicha.

El sistema mecánico aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en

la clase capitalista, acompañada, como va siempre, de una disminución

relativa de los trabajadores empleados en la producción de las

mercancías de primera necesidad, da origen, con las nuevas necesidades

de lujo, a nuevos medios de satisfacerlas: la producción de lujo

aumenta; y aumenta con ella, en una proporción cada vez mayor, la clase

sirviente, compuesta de lacayos, cocheros, cocineras, niñeras, etc.

El aumento de los medios de trabajo y de subsistencia impulsa el

desarrollo de las empresas de comunicación y de transporte; aparecen

nuevas industrias y abren nuevas salidas al trabajo.

Pero todos estos aumentos de empleos no tienen nada de común con la

llamada teoría de compensación.

VII. _Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos

por ella._

Todo progreso del maquinismo disminuye el número de obreros necesarios

y separa de la fábrica, por el momento, a una parte del personal.

Pero cuando la explotación mecánica se introduce o se perfecciona

en un ramo de la industria, los beneficios extraordinarios que no

tarda en procurar a los que hacen la primera aplicación de ella,

ocasionan muy pronto un periodo de actividad febril. Estos beneficios

atraen al capital, que busca colocaciones privilegiadas; el nuevo

procedimiento se generaliza; el establecimiento de nuevas fábricas

y el engrandecimiento de las antiguas que de ello resulta hacen que

aumente entonces el número total de obreros ocupados. El aumento de

las fábricas, o, en otros términos, una modificación cuantitativa

en la industria mecánica, atrae, pues, a los obreros, en tanto que

el perfeccionamiento de la maquinaria, o, de otro modo, un cambio

cualitativo, los separa.

Pero la elevación de la producción, consecuencia del mayor número

de fábricas, va seguida de una superabundancia de productos en el

mercado que a su vez produce un decaimiento, una paralización de la

producción. La vida de la industria se convierte así en series de

periodos de actividad media, de prosperidad, de exceso de producción y

de inacción. Los obreros son alternativamente atraídos y rechazados,

llevados de aquí para allá, y este movimiento va acompañado de cambios

continuos en la edad, el sexo y la habilidad de los obreros empleados;

la incertidumbre, las alzas y las bajas a que la explotación mecánica

somete al trabajador, acaban por ser su estado normal.

VIII. _Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la

división del trabajo._

La explotación mecánica suprime la cooperación basada en el oficio: por

ejemplo, la máquina segadora reemplaza la cooperación de determinado

número de segadores; suprime igualmente la manufactura basada en la

división del trabajo manual, suministrando un ejemplo de ello la

máquina de fabricar alfileres: una mujer basta para vigilar cuatro de

estas máquinas, que producen mucho más que antes un número considerable

de hombres por medio de la división del trabajo.

Cuando una máquina-utensilio sustituye a la cooperación o a la

manufactura, puede a su vez llegar a ser la base de un nuevo oficio;

empero esta organización del oficio de un artesano sobre la base de la

máquina solo sirve de transición al régimen de la fábrica, que aparece

ordinariamente desde el momento en que el agua o el vapor reemplazan

a los músculos humanos como fuerza motriz. La pequeña industria

puede, sin embargo, funcionar momentáneamente con un motor mecánico,

alquilando el vapor o sirviéndose de pequeñas máquinas motrices

particulares, como las máquinas de gas.

_Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio._

A medida que se desarrolla la grande industria se ve transformarse

el carácter de todos los ramos de la industria. Al introducirse en

las antiguas manufacturas para una u otra operación, el maquinismo

desconcierta su organización, debida a una división consagrada del

trabajo, y trastorna por completo la composición de su personal obrero,

fundando en lo sucesivo la división del trabajo en el empleo de las

mujeres, de los niños, de los obreros poco hábiles, en una palabra, en

el empleo del trabajo barato.

El maquinismo obra también de igual modo sobre la llamada industria

domiciliaria; practíquese en la habitación misma del obrero o en

pequeños talleres, solo es en lo sucesivo una dependencia de la

fábrica, de la manufactura o del almacén de mercancías. La confección

de los artículos de vestir, por ejemplo, es en gran parte ejecutada

por esos trabajadores llamados domiciliarios, no como antes para

consumidores individuales, sino para fabricantes, dueños de almacenes,

etc., que les suministran los elementos de trabajo encargándoles obra.

Así, pues, además de los obreros de fábrica, los obreros manufactureros

y los artesanos a quienes concentra en grandes masas en vastos

talleres, el capital posee un ejército industrial disperso en las

grandes ciudades y en los campos.

La explotación de los trabajadores baratos se practica con más cinismo

en la manufactura moderna que en la fabrica propiamente dicha, porque

la sustitución de la fuerza muscular por máquinas, aplicada en esta

última, falta en gran parte en la manufactura; esta explotación es aún

más escandalosa en la industria domiciliaria que en la manufactura,

porque el poder de resistencia de los trabajadores es menor por efecto

de su dispersión; porque entre el empresario y el obrero se ingiere

toda una cáfila de intermediarios, de parásitos voraces; porque el

obrero es demasiado pobre para procurarse las condiciones de espacio,

de aire, de luz, etc., más necesarias para su trabajo, y, por último,

porque en ellos llega a su máximum la concurrencia entre trabajadores.

Estos antiguos sistemas de producción, modificados, desfigurados bajo

la influencia de la gran industria, reproducen y aun exageran sus

enormidades hasta el día en que se ven obligados a desaparecer.

_Paso de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande

industria._

La disminución del precio de la fuerza de trabajo solo por el empleo

abusivo de mujeres y niños, por la brutal privación de las condiciones

normales de vida y de actividad, por el exceso de trabajo y el abuso

del trabajo de noche, encuentra, por último, obstáculos físicos que

los límites de las fuerzas humanas no permiten franquear. En ellos

se detienen también, por consiguiente, la reducción del precio de

las mercancías, obtenida por estos procedimientos, y la explotación

capitalista fundada sobre ellos. Si bien es cierto que son necesarios

algunos años para llegar a este punto, entonces es llegada la hora

de la transformación del trabajo domiciliario y de la manufactura en

fábrica.

La marcha de esta revolución industrial es más rápida por la

regularización legal de la jornada, por la exclusión de los niños

menores de cierta edad, etc., todo lo cual obliga al capitalista

manufacturero a multiplicar el número de sus máquinas y a sustituir

los músculos con el vapor como fuerza motora. En cuanto al trabajo

domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la

explotación ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está

condenada a morir desde el momento en que la jornada esté limitada y

restringido el trabajo de los niños.

IX. _Contradicción entre la naturaleza de la gran industria y su forma

capitalista._

Mientras que el oficio y la manufactura son la base de la producción

social, la subordinación del trabajador a una profesión exclusiva y el

obstáculo que opone al desarrollo de sus aptitudes varias, se pueden

considerar como necesidades de la producción. Los diferentes ramos

industriales forman otras tantas profesiones cerradas para todo aquel

que se halle impuesto en los secretos y la rutina del oficio.

La ciencia modernísima de la tecnología, creada por la gran industria,

enseña hoy esos secretos, describe los diversos procedimientos

industriales, los analiza, reduce su práctica a algunas formas

fundamentales del movimiento mecánico y averigua los perfeccionamientos

de que son susceptibles esos procedimientos. La industria moderna

no considera y no trata nunca como definitivo el modo actual de un

procedimiento.

En tanto que el mantenimiento de su modo consagrado de producción

era la primera condición de existencia de todas las antiguas

clases industriales, la burguesía, al modificar constantemente los

instrumentos de trabajo, modifica por esta misma razón, de una manera

continua, las relaciones de la producción y todas las relaciones

sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la producción

material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la de

todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.

Si la naturaleza misma de la gran industria necesita el cambio continuo

en el trabajo, la transformación frecuente de las funciones y la

movilidad del trabajador, por otra parte, en su forma capitalista,

reproduce la antigua división del trabajo todavía más odiosamente;

si el obrero estaba encadenado durante su vida a una operación de

detalle, hace de él el accesorio de una máquina parcial. Sabemos

que esta contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de

la gran industria y los caracteres sociales que reviste bajo el

régimen capitalista, acaba por destruir todas las garantías de vida

del trabajador, siempre amenazado, según hemos visto en el apartado

cuarto del presente capítulo, de verse privado, a la vez que del medio

de trabajo, de los medios de subsistencia y de quedar inútil por la

supresión de su función particular; este antagonismo da origen, como

hemos visto también en el apartado quinto, a la monstruosidad de un

ejército industrial de reserva que por la miseria está a disposición de

la demanda capitalista; conduce a las sangrías periódicas de la clase

obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de trabajo,

a los estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso

industrial una calamidad pública para la clase obrera.

_La fábrica y la instrucción._

A pesar de los obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo

el régimen capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria

ocasiona imponen la necesidad de reconocer el trabajo variado y, por

consiguiente, el mayor desarrollo posible de las diversas aptitudes

del trabajador como una ley de la producción moderna, siendo necesario

a toda costa que las circunstancias se adapten al ejercicio normal

de esta ley: es esta una cuestión de importancia vital. En efecto,

la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de muerte, a

reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función

productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer

frente a las exigencias más diversas del trabajo y que en funciones

alternativas no hace más que dar libre curso a sus diferentes

capacidades naturales o adquiridas.

La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas especiales

obedecía tan solo a las tendencias íntimas de la producción moderna,

ha concedido únicamente a los proletarios una sombra de enseñanza

profesional. Pero si la legislación se ha visto en la necesidad de

combinar la instrucción elemental, siquiera sea mezquina, con el

trabajo industrial, la inevitable conquista del Poder político por la

clase obrera introducirá en las escuelas públicas la enseñanza de la

tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir el trabajo

manual productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para

todos los jóvenes de uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los

ejercicios militares para los varones; este es el único método para

formar seres humanos completos.

Evidentemente, el desarrollo de los elementos nuevos, que llegará por

último a suprimir la antigua división del trabajo en la cual cada

obrero está consagrado a una operación parcial, se halla en flagrante

contradicción con el sistema industrial capitalista y con el medio

económico en que coloca al obrero, pero el único camino por el que un

sistema de producción y la organización social correspondiente marchan

a su ruina y renovación, es el desenvolvimiento histórico de sus

contradicciones y antagonismos.

¡Zapatero, a tus zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez

durante el periodo del oficio y de la manufactura, pasa a ser una

locura el día en que el relojero Watt inventa la máquina de vapor, el

barbero Arkwright el telar continuo y el platero Fulton el barco de

vapor.

_La fábrica y la familia._

Ante la vergonzosa explotación del trabajo de los niños, los

legisladores se han visto en la necesidad de intervenir poniendo coto

no solamente a los derechos señoriales del capital, sino también a la

autoridad de los padres; aunque afecto al capital, viendo la torpe

crueldad de estos, el legislador ha tenido precisión de preservar a las

generaciones venideras de una decadencia prematura; los representantes

de las clases que dominan han tenido necesidad de dictar medidas

contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo que pueda

caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de esas

medidas?

No es el abuso de la autoridad paterna el que ha creado la explotación

de la niñez, antes al contrario, la explotación capitalista es la

que ha hecho que esa autoridad degenere en abuso; la intervención de

la ley es la confesión oficial de que la grande industria ha hecho

una fatalidad económica de la explotación de mujeres y niños por

el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha destruido

la familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la

gran industria ha convertido la autoridad paterna en dependencia

del mecanismo social, destinada a hacer suministrar directa o

indirectamente niños al capitalista por el proletario, que bajo pena

de muerte tiene que desempeñar su papel de abastecedor y de mercader

de esclavos. Así, pues, la legislación solo atiende a impedir los

excesos de este sistema de esclavitud. Por terrible y desagradable

que parezca en el medio actual la disolución de los antiguos lazos

de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que

concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la

producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva

base económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior

de familia y de relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar

como absoluta y definitiva la actual constitución de la familia como

sus constituciones oriental, griega y romana. La misma composición del

trabajador colectivo por individuos de los dos sexos y de todas edades,

fuente de corrupción y de esclavitud bajo la dominación capitalista,

contiene los gérmenes de una próxima evolución social. En la Historia,

como en la Naturaleza, la putrefacción es el laboratorio de la vida.

_Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica._

Si bien imponen a cada establecimiento industrial, considerado

aisladamente, la uniformidad y la regularidad, las leyes sobre

la limitación de la jornada de trabajo, que han llegado a ser

indispensables para proteger física y moralmente a la clase obrera,

multiplican la anarquía y las crisis de la producción social por el

enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico; exageran la intensidad

del trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y la máquina;

apresuran la transformación del trabajo aislado en trabajo organizado

en grande y la concentración de capitales.

Al destruir la pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el

último refugio de una masa de trabajadores, a quienes priva de sus

medios de subsistencia, y que quedan por este motivo a disposición del

capital para el día en que a este le convenga admitirlos a trabajar;

suprime, por lo tanto, la válvula de seguridad de todo el mecanismo

social. Generaliza al mismo tiempo la lucha directa entablada contra

la dominación del capital, y desarrolla, a la vez que los elementos de

formación de una nueva sociedad, las fuerzas destructoras de la antigua.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 83 / 134 题