La lucha entre el capitalista y el asalariado data de los orígenes
mismos del capital industrial y se recrudece durante el periodo
manufacturero; pero el trabajador no ataca al medio de trabajo hasta
que se introduce la máquina. Se revuelve contra esa forma particular
del instrumento que se le presenta como su enemigo terrible.
Es necesario tiempo y experiencia antes de que los obreros, habiendo
aprendido a distinguir entre la máquina y su empleo capitalista,
dirijan sus ataques, no contra el medio material de producción, sino
contra su modo social de explotación.
Sucede que, bajo la forma de máquina, el medio de trabajo se convierte
en seguida en enemigo del trabajador, y este antagonismo se manifiesta
sobre todo cuando máquinas nuevamente introducidas vienen a hacer la
guerra a los procedimientos ordinarios del oficio y de la manufactura.
El sistema de la producción capitalista se funda, por regla general,
en que el trabajador vende su fuerza como mercancía. La división
del trabajo reduce esta fuerza a ser tan solo apta para manejar una
herramienta de detalle; en el momento que esta herramienta es manejada
por la máquina, el obrero pierde su utilidad, de la misma manera que
una moneda desmonetizada no tiene curso. Cuando esa parte de la clase
obrera que la máquina hace así inútil para las necesidades momentáneas
de la explotación, no sucumbe, o vegeta en una miseria que la
mantiene en reserva siempre a disposición del capital, o invade otras
profesiones, en las cuales rebaja el valor de la fuerza de trabajo.
El antagonismo de la máquina y del obrero aparece con efectos
semejantes en la gran industria misma cuando hay perfeccionamiento
del maquinismo. El objeto constante de estos perfeccionamientos es
disminuir el trabajo manual para el mismo capital, que además de que
exige el empleo de menos obreros, sustituye cada vez más a los hábiles
con los menos diestros, a los adultos con los niños, a los hombres con
las mujeres; pero todos estos cambios ocasionan variaciones sensibles
para el trabajador en el tipo del salario. Y la máquina no obra tan
solo como un concurrente cuya fuerza superior está siempre a punto de
hacer inútil el asalariado. El capital la emplea como potencia enemiga
del obrero. Constituye el arma de guerra más eficaz para reprimir las
huelgas, esas rebeliones periódicas del trabajo contra el despotismo
del capital. En efecto, para vencer la resistencia de sus obreros en
huelga, el capital ha sido conducido a algunas de las más importantes
aplicaciones mecánicas, invenciones nuevas o perfeccionamientos del
maquinismo existente.