Si el empleo de las máquinas en la agricultura se halla en gran parte
exento de los inconvenientes y peligros físicos a que expone al
obrero de fábrica, su tendencia a suprimir, a quitar de su puesto al
trabajador, se realiza en ella con mayor fuerza.
La gran industria obra en el dominio de la agricultura más
revolucionariamente que en ningún otro punto, porque hace que
desaparezca el labrador, baluarte de la sociedad antigua, y le
sustituye con el asalariado. Las necesidades de transformación social
y la lucha de clases quedan así reducidas en los campos al mismo nivel
que en las ciudades.
En la agricultura como en la manufactura, la transformación capitalista
de la producción parece ser tan solo el suplicio del trabajador,
el medio de trabajo un medio de subyugar, de explotar y empobrecer
al trabajador, y la combinación social del trabajo la opresión
combinada de su independencia individual. Pero la disgregación de
los trabajadores agrícolas en vastos espacios quebranta su fuerza de
resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros de
las ciudades.
En la agricultura moderna, de igual modo que en la industria de las
ciudades, el aumento de productividad y el rendimiento superior del
trabajo se obtienen a costa de la destrucción de la fuerza de trabajo.
Además, cada progreso de la agricultura capitalista es un adelanto, no
solamente en el arte de explotar al trabajador, sino también en el de
agotar el suelo; cada progreso en el arte de hacerlo más fértil por un
tiempo dado, un adelanto en la ruina de sus principios de fertilidad.
La producción capitalista solo desarrolla el sistema de producción
social agotando a la vez las dos fuentes de toda riqueza: la tierra y
el trabajador.