IV. _La fábrica._

Acabamos de estudiar el fundamento de la fábrica, el maquinismo, y

la reacción inmediata de la industria mecánica sobre el trabajador;

examinemos ahora la fábrica.

La fábrica moderna puede ser representada como un enorme autómata

compuesto de numerosos órganos mecánicos e intelectuales --máquinas y

obreros-- que obran de concierto y sin interrupción para producir un

mismo objeto, estando subordinados todos estos órganos a una potencia

motriz que se mueve por sí misma.

La habilidad en el manejo de la herramienta pasa del obrero a la

máquina; así, la gradación jerárquica de obreros dedicados a una

especialidad, que caracteriza la división manufacturera del trabajo, es

sustituida en la fábrica por la tendencia a hacer iguales los trabajos

encomendados a los obreros auxiliares del maquinismo.

La distinción fundamental que se establece es la de trabajadores en

las máquinas-utensilio (comprendiendo entre ellos a algunos obreros

encargados de calentar la caldera de vapor) y peones, casi todos

salidos apenas de la infancia, subordinados a los primeros. Al lado de

estas categorías principales colócase un personal, insignificante por

su número, de ingenieros, mecánicos, etc., que vigilan el mecanismo

general y atienden a las reparaciones necesarias.

Todo niño aprende con gran facilidad a adaptar sus movimientos al

movimiento continuo y uniforme del instrumento mecánico. Y teniendo

en cuenta la facilidad y rapidez con que se aprende a trabajar en

la máquina, queda suprimida la necesidad de convertir, como en la

manufactura, cada género de trabajo en ocupación exclusiva. Si bien

deben ser distribuidos los obreros entre las diversas máquinas, no

es ya indispensable reducir a cada uno a la misma tarea. Como el

movimiento de conjunto de la fábrica depende de la máquina y no del

obrero, la variación continua del personal no produciría ninguna

interrupción en la marcha del trabajo.

Aunque desde el punto de vista técnico el sistema mecánico da fin,

por consecuencia, al antiguo sistema de división del trabajo, esta

se mantiene, sin embargo, en la fábrica, primeramente como tradición

legada por la manufactura, y además porque el capital se apodera de

ella para conservarla y reproducirla de una manera aun más repulsiva,

como medio sistemático de explotación. La especialidad que consistía en

manejar durante toda la vida una herramienta propia de una operación

parcial, se convierte en la especialidad de servir durante toda la vida

a una máquina fraccionaria. Se abusa del mecanismo para transformar al

obrero desde su más tierna infancia en parte de una máquina, la cual

a su vez forma parte de otra; sujeto así a una operación simple, sin

aprender ningún oficio, no sirve para nada si se le separa de esta

operación, ya por ser despedido, ya por un nuevo descubrimiento; desde

este momento queda consumada su dependencia absoluta de la fábrica, y,

por lo tanto, del capital.

En la manufactura y en el oficio, el obrero se sirve de su utensilio;

en la fábrica sirve a la máquina. En la manufactura, el movimiento

del instrumento de trabajo parte de él; en la fábrica no hace más que

seguir este movimiento. El medio de trabajo, transformado en autómata,

se levanta ante el obrero, durante el curso del trabajo, en forma de

capital, de trabajo muerto que domina y absorbe su fuerza viva.

Al mismo tiempo que el trabajo mecánico sobreexcita hasta el último

grado el sistema nervioso, impide el ejercicio variado de los músculos

y dificulta toda actividad libre del cuerpo y del espíritu. La

facilidad misma del trabajo llega a ser un tormento en el sentido de

que la máquina no libra al obrero del trabajo, pero quita a este todo

interés. La grande industria acaba de realizar la separación que ya

hemos indicado entre el trabajo manual y las potencias intelectuales

de la producción, transformadas por ella en poderes del capital sobre

el trabajo; hace de la ciencia una fuerza productiva independiente del

trabajo, unida al sistema mecánico y que, como este, es propiedad del

amo.

Todas las fuerzas de que dispone el capital aseguran el dominio de este

amo, a los ojos del cual su monopolio sobre las máquinas se confunde

con la existencia de las máquinas.

La subordinación del obrero a la regularidad invariable del maquinismo

en movimiento, crea una disciplina de cuartel perfectamente organizada

en el régimen de fábrica. En ella cesa de hecho y de derecho toda

libertad. El obrero come, bebe y duerme con arreglo a un mandato. La

despótica campana le obliga a interrumpir su descanso o sus comidas.

El fabricante es legislador absoluto; consigna en fórmulas a su antojo,

en su reglamento de fábrica, su autoridad tiránica sobre su obreros.

A los trabajadores que se quejan de la arbitrariedad extravagante del

capitalista se les contesta: puesto que habéis aceptado voluntariamente

ese contrato, debéis someteros a él. El látigo del mayoral de esclavos

es sustituido por la libreta de castigos del contramaestre. Todos

estos castigos quedan reducidos a multas y retenciones del salario, de

suerte que el capitalista saca más provecho aún de la violación que del

cumplimiento de sus leyes.

Y no hablemos de las condiciones materiales en que por cuestión de

economía se realiza el trabajo de fábrica: elevación de la temperatura,

atmósfera viciada y cargada del polvo de las primeras materias,

insuficiencia de aire, ruido ensordecedor de las máquinas, sin contar

los peligros que se corren entre un mecanismo terrible que os rodea

por todas partes y que suministra periódicamente su contingente de

mutilaciones y de asesinatos industriales.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 81 / 134 题