Hemos visto que las fuerzas productivas que resultan de la cooperación
y de la división del trabajo no cuestan nada al capital. Estas son las
fuerzas naturales del trabajo social. Tampoco cuestan nada las fuerzas
físicas apropiadas para la producción, tales como el agua, el vapor,
etc.; pero para utilizarlas hacen falta ciertos aparatos preparados por
el hombre: para explotar la fuerza motriz del agua hace falta una rueda
hidráulica, para explotar la elasticidad del vapor es necesaria una
máquina.
Si bien es desde luego evidente que la industria mecánica acrecienta
de un modo maravilloso la productividad del trabajo, surge la duda de
si el empleo de las máquinas economiza más trabajo del que cuestan su
construcción y entretenimiento.
Como cualquiera otro elemento del capital constante, que es la parte
adelantada en medios de producción, la máquina no produce valor y
únicamente transmite el suyo al artículo que fabrica. Pero la máquina,
ese medio de trabajo de la gran industria, es muy costosa comparada con
los medios de trabajo del oficio y de la manufactura.
Aunque la máquina es utilizada siempre por completo para la creación
de un producto, es decir, como elemento de producción, es consumida
solamente por fracciones para la formación del valor, esto es, como
elemento de valor. En efecto, una vez creado el producto, la máquina
subsiste aún; ha servido toda ella para crearlo, pero no desaparece
en esa creación, sino que continúa en disposición de volver a empezar
para un nuevo producto. Nunca da más valor del que su desgaste la hace
perder por término medio. Existe, pues, una gran diferencia entre el
valor de la máquina y el valor que transmite a su producto, entre la
máquina elemento de valor y la máquina elemento de producción. Como una
máquina funciona durante prolongados periodos de trabajo y su desgaste
y consumo diarios se reparten entre inmensas cantidades de productos,
cada uno de sus productos solo absorbe una pequeñísima porción de su
valor y absorbe tanto menos cuanto más productiva es la máquina.
Dada la proporción en que la máquina se gasta y transmite valor al
producto, la magnitud del valor transmitido depende del valor primitivo
de la máquina. Cuanto menos trabajo contiene, menor es su valor y menor
es el que añade al producto.
Es evidente que hay un simple cambio de lugar de trabajo; si en la
producción de una máquina se ha gastado tanto tiempo de trabajo como
economiza su uso, no disminuye la cantidad total de trabajo que exige
la producción de una mercancía y, por lo tanto, no baja el valor de
esta. Pero el que la compra de una máquina cueste tanto como la compra
de las fuerzas de trabajo que reemplaza, no impide que disminuya el
valor transmitido al producto, pues en este caso la máquina reemplaza
más tiempo de trabajo del que representa ella misma. En efecto, el
precio de la máquina expresa su valor, esto es, equivale a todo el
tiempo de trabajo contenido en ella, sea cualquiera la división que de
este tiempo se haga en trabajo necesario y sobretrabajo, en tanto que
el mismo precio pagado a los obreros a quienes reemplaza no equivale a
todo el tiempo de trabajo que suministran, y solamente es igual a una
parte de este tiempo, a su tiempo de trabajo necesario.
Considerado exclusivamente como medio de hacer el producto más barato,
el empleo de las máquinas encuentra un límite: es necesario que el
tiempo de trabajo gastado en su producción sea menor que el tiempo de
trabajo suprimido por su uso.
El capitalista encuentra para el empleo de las máquinas un límite
todavía más reducido. Lo que paga no es trabajo, sino fuerza de
trabajo, y aun el salario real del trabajador es muchas veces inferior
al valor de su fuerza. Así, el capitalista se guía en sus cálculos
por la diferencia que hay entre el precio de las máquinas y el de
las fuerzas de trabajo que estas pueden inutilizar. Esta diferencia
es la que determina el precio de costo y le decide a emplear o no la
máquina; en efecto, desde su punto de vista, la ganancia proviene de la
disminución del trabajo que paga y no del trabajo que emplea.