Como todo desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el empleo
capitalista de las máquinas solo tiende a disminuir el precio de las
mercancías y, por consecuencia, a aminorar la parte de la jornada en
que el obrero trabaja para sí mismo, a fin de prolongar la otra parte
en que trabaja para el capitalista; es, como la manufactura, un método
particular para fabricar supervalía relativa.
La fuerza de trabajo en la manufactura y el instrumento de trabajo
en la producción mecánica son los puntos de partida de la revolución
industrial. Por lo tanto, es necesario estudiar de qué modo el
instrumento de trabajo se ha convertido de utensilio en máquina,
precisando así la diferencia que existe entre la máquina y el
instrumento manual.
Todo mecanismo desarrollado se compone de tres partes esencialmente
distintas: motor, transmisión y máquina de operación.
El motor da el impulso a todo el mecanismo. Engendra su propia fuerza
de movimiento, como la máquina de vapor, o recibe el impulso de una
fuerza natural exterior, como la rueda hidráulica lo recibe de un salto
de agua y el aspa de un molino de viento de las corrientes de aire.
La transmisión compuesta de volantes, correas, poleas, etcétera, lo
distribuye, lo cambia de forma si es necesario y lo transmite a la
máquina de operación, a la máquina-utensilio. El motor y la transmisión
existen solo, en efecto, para comunicar a la máquina-utensilio el
movimiento que la hace actuar sobre el objeto de trabajo y cambiar su
forma.
Examinando la máquina-utensilio, encontramos en grande, aunque bajo
formas modificadas, los aparatos e instrumentos que emplea el artesano
o el obrero manufacturero; pero de instrumentos manuales del hombre
se han convertido en instrumentos mecánicos de una máquina. La
máquina-utensilio es, pues, un mecanismo que, recibiendo el movimiento
conveniente, ejecuta con sus instrumentos las mismas operaciones que el
trabajador ejecutaba antes con instrumentos semejantes.
Desde que el instrumento, fuera ya de la mano del hombre, es manejado
por un mecanismo, la máquina-utensilio reemplaza a la simple
herramienta y realiza una revolución aun cuando el hombre continúe
impulsándola sirviendo de motor. Porque el número de utensilios que el
hombre puede manejar al mismo tiempo está limitado por el número de sus
propios órganos: si el hombre solo posee dos manos para tener agujas,
la máquina de hacer medias, movida por un hombre, hace puntos con
muchos millares de agujas; el número de utensilios o herramientas que
una sola máquina pone en actividad a la vez, se ha emancipado, por lo
tanto, del límite orgánico que no podía traspasar el utensilio manual.
Hay instrumentos que muestran claramente el doble papel del obrero como
simple motor y como ejecutor de la mano de obra propiamente dicha.
Elijamos como ejemplo el torno: el pie obra sobre el pedal como motor
mientras las manos hilan trabajando con el huso. De esta última parte
del instrumento, órgano de la operación manual, se apodera en primer
término la revolución industrial, dejando al hombre, a la vez que la
nueva tarea de vigilar la máquina, el papel puramente mecánico de motor.
La máquina, punto de partida de la revolución industrial, reemplaza,
pues, al operario que maneja una herramienta, con un mecanismo que
trabaja a la vez con muchos utensilios semejantes y que recibe el
impulso de una fuerza única, sea cualquiera la forma de esta fuerza.
Esta máquina-utensilio no es, sin embargo, más que el elemento simple
de la producción mecánica.
Al llegar a cierto punto, solo es posible aumentar las dimensiones de
la máquina de operación y el número de sus utensilios cuando se dispone
de una fuerza impulsiva superior a la del hombre, sin contar con que
el hombre es un agente muy imperfecto cuando se trata de producir un
movimiento continuo y uniforme. De este modo, al ser sustituido el
utensilio por una máquina movida por el hombre, se hizo necesario en
seguida reemplazar al hombre en el papel de motor por otras fuerzas
naturales.
Recurriose al caballo, al viento y al agua; pero tan solo en la máquina
de vapor de Watt se encontró un motor capaz de engendrar por sí mismo
su propia fuerza motriz consumiendo agua y carbón, y cuyo ilimitado
grado de potencia es regulado perfectamente por el hombre. Además,
no siendo condición precisa que este motor funcione en los lugares
especiales donde se encuentra la fuerza motriz natural, como ocurre
con el agua, puede transportarse e instalarse allí donde se reclame su
acción.
Una vez emancipado el motor de los límites de la fuerza humana, la
máquina-utensilio, que inauguró la revolución industrial, desciende
a la categoría de simple órgano del mecanismo de operación. Un solo
motor puede poner en movimiento muchas máquinas-utensilio. El conjunto
del mecanismo productivo presenta entonces dos formas distintas: o
la cooperación de muchas máquinas semejantes, como en el tejido, por
ejemplo, o una combinación de máquinas diferentes, como ocurre en la
filatura.
En el primer caso, el producto es fabricado por completo por la misma
máquina-utensilio, que ejecuta todas las operaciones; y la forma
propia del taller fundado en el empleo de las máquinas, la fábrica, se
presenta en primer término como una aglomeración de máquinas-utensilio
de la misma especie, que funcionan a la vez en el mismo local. Así,
una fábrica de tejidos está formada por la reunión de muchos telares
mecánicos. Pero existe aquí una verdadera unidad técnica en cuanto
estas numerosas máquinas-utensilio reciben uniformemente su impulso de
un motor común. Así como numerosos utensilios forman los órganos de una
máquina-utensilio, así también numerosas máquinas-utensilio forman
otros tantos órganos semejantes de un mismo mecanismo motor.
En el segundo caso, cuando el objeto de trabajo tiene que recorrer
una serie de transformaciones graduales, el sistema de maquinismo
realiza estas transformaciones merced a máquinas diferentes, aunque
combinadas unas con otras. La cooperación por división del trabajo,
que caracteriza a la manufactura, surge aquí también como combinación
de máquinas de operación fraccionarias. Sin embargo, se manifiesta
inmediatamente una diferencia esencial: la división manufacturera del
trabajo debe tener en cuenta los límites de las fuerzas humanas y solo
puede establecerse con arreglo a la posibilidad manual de las diversas
operaciones parciales; la producción mecánica, al contrario, emancipada
de los límites de las fuerzas humanas, funda la división en muchas
operaciones de un acto de producción, en el análisis de los principios
constitutivos y de los estados sucesivos de este acto, mientras que
la cuestión de ejecución se resuelve por medio de la mecánica, etc.
Así como en la manufactura la cooperación inmediata de los obreros
encargados de operaciones parciales exige un número proporcional y
determinado de obreros en cada grupo, así también, en la combinación de
máquinas diferentes, la ocupación continua de unas máquinas parciales
por otras, suministrando cada una a la que la sigue el objeto de su
trabajo, crea una relación determinada entre su número, su dimensión,
su velocidad y el número de obreros que se debe emplear en cada
categoría.
Sea cualquiera su forma, el sistema de máquinas-utensilio que marchan
solas bajo el impulso recibido por transmisión de un motor central que
engendra su propia fuerza motriz, es la expresión más desarrollada del
maquinismo productivo. La máquina aislada ha sido sustituida por un
monstruo mecánico cuyos gigantescos miembros llenan edificios enteros.
_Desarrollo de la gran industria._
La división manufacturera del trabajo dio origen al taller de
construcción donde se fabricaban los instrumentos de trabajo y los
aparatos mecánicos ya empleados en algunas manufacturas. Este taller,
con sus obreros hábiles mecánicos, permitió aplicar los grandes
inventos, y en él se construyeron las máquinas. A medida que se
multiplicaron los inventos y los pedidos de máquinas, su construcción
se dividió en ramos variados e independientes, desarrollándose en cada
uno de ellos la división del trabajo. La manufactura constituye, pues,
históricamente la base técnica de la gran industria.
Las máquinas suministradas por la manufactura hacen que esta sea
reemplazada por la gran industria. Pero al extenderse, la gran
industria modifica la construcción de las máquinas, que es su base
técnica, y la subordina a su nuevo principio, el empleo de las máquinas.
Así como la máquina-utensilio es mezquina mientras el hombre la mueve y
de la misma manera que el sistema mecánico progresa lentamente en tanto
que las fuerzas motoras tradicionales, animal, viento y aun agua, no
son reemplazadas por el vapor, así también la gran industria marcha con
lentitud mientras que la máquina debe su existencia a la fuerza y a la
habilidad humanas y depende de la fuerza muscular, del golpe de vista y
de la destreza manual del obrero.
No es esto todo. La transformación del sistema de producción en
un ramo de la industria, entraña una transformación en otro. Los
medios de comunicación y de transporte, insuficientes para el aumento
de producción, tuvieron que adaptarse a las exigencias de la gran
industria (caminos de hierro, paquebotes transatlánticos). Las enormes
masas de hierro que por efecto de esto fue preciso preparar necesitaron
monstruosas máquinas, cuya creación era imposible para el trabajo
manufacturero.
La grande industria se vio, pues, en la necesidad de dirigirse a su
medio característico de producción, a la misma máquina, para producir
otras máquinas; de este modo se creó una base técnica en armonía con su
principio.
Teníase ya en la máquina de vapor un motor susceptible de cualquier
grado de potencia; pero para conseguir fabricar máquinas con máquinas
hacía falta producir mecánicamente las formas perfectas geométricas
tales como el círculo, el cono, la esfera, que exigen ciertas partes
de las máquinas. Este problema quedó resuelto a principios de este
siglo con la invención del _chariot_ en el torno, que poco después pudo
moverse por sí solo; este accesorio del torno permite producir las
formas geométricas que se deseen con un grado de exactitud, facilidad
y rapidez que la experiencia acumulada no consigue nunca dar a la mano
del obrero más hábil.
Pudiendo desde este momento extenderse libremente, la gran industria
hace del carácter cooperativo del trabajo una necesidad técnica
impuesta por la naturaleza misma de su medio; crea un organismo de
producción que el obrero encuentra en el taller como condición material
ya dispuesta de su trabajo. El capital se presenta ante él bajo una
forma nueva y mucho más temible, la de un monstruoso autómata, a cuyo
lado la fuerza del obrero individual es casi nula.