De todas suertes, el capitalista abusa sin tasa del trabajador en
tanto que la sociedad no se lo impide. El establecimiento de una
jornada soportable de trabajo es el resultado de una larga lucha entre
capitalista y trabajador. La historia de esta lucha presenta, sin
embargo, dos tendencias opuestas.
En tanto que la legislación moderna acorta la jornada de trabajo,
la antigua legislación procuraba prolongarla; se quería obtener del
trabajador, con el auxilio de los Poderes públicos, una cantidad de
trabajo que la sola fuerza de las condiciones económicas no permitía
imponerlo todavía. En efecto, se necesitarían siglos para que el
trabajador _libre_, a consecuencia del desarrollo de la producción
capitalista, se prestase voluntariamente, es decir, se viera obligado
socialmente a vender todo su tiempo de vida activa, su capacidad de
trabajo, por el precio de sus habituales medios de subsistencia, su
derecho de primogenitura por un plato de lentejas. Es, pues, natural
que la prolongación de la jornada de trabajo, impuesta con la
ayuda del Estado desde mediados del siglo XIV hasta el siglo XVIII,
corresponda poco más o menos a la disminución del tiempo de trabajo que
el Estado decreta e impone acá y allá, en la segunda mitad del siglo
XIX.
Si en Estados como Inglaterra las leyes moderan, por una limitación
oficial de la jornada de trabajo, el encarnizamiento del capital por
absorber trabajo, es porque, sin hablar del movimiento cada vez más
amenazador de las clases obreras, esta limitación ha sido dictada por
la necesidad. La misma concupiscencia ciega que agota el suelo, atacaba
en su raíz la fuerza vital de la nación y ocasionaba su aniquilamiento,
como acabamos de demostrar.