El objeto especial, el fin real de la producción capitalista es la
producción de supervalía o la sustracción de trabajo extra; téngase
presente que solo el trabajador independiente puede, en calidad de
poseedor de la mercancía, contratar con el capitalista; pero el
trabajador aislado, el trabajador como vendedor libre de su fuerza de
trabajo, debe someterse sin resistencia posible cuando la producción
capitalista alcanza cierto grado.
Preciso es confesar que nuestro trabajador sale del dominio de la
producción de distinto modo que entró en ella. Se había presentado en
el mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo» enfrente
de poseedores de otras mercancías, mercader frente a mercader. El
contrato mediante el cual vendía su fuerza de trabajo, parecía resultar
de un acuerdo entre dos voluntades libres, la del vendedor y la del
comprador. Una vez concluido el negocio, se descubre que él no era
libre, que el tiempo por el cual puede vender su fuerza de trabajo es
el tiempo por el cual está obligado a venderla y que, en realidad,
el vampiro que le chupa no le deja mientras quede una gota de sangre
que extraer; para defenderse contra esta explotación es necesario que
los obreros, por un esfuerzo colectivo, por una presión de clase,
obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellos y sus hijos
por «contrato libre» hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa
«declaración de los derechos del hombre» es reemplazada de este modo
por una modesta ley que indica cuándo termina el tiempo que vende el
trabajador y cuándo empieza el tiempo que le pertenece.