II. _El capital hambriento de sobretrabajo._

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Doquiera una parte

de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el

trabajador, libre o no, está obligado a añadir al tiempo de trabajo

necesario para su propio sostenimiento, un exceso destinado a

suministrar la subsistencia del que posee los medios de producción.

Importa poco que este propietario sea dueño de esclavos, señor feudal o

capitalista.

Sin embargo, mientras la forma económica de una sociedad es tal que en

ella se considera más bien la utilidad de una cosa que la cantidad de

oro o plata por que puede cambiarse, en otros términos, el valor de uso

más bien que el valor de cambio, el sobretrabajo encuentra un límite en

la satisfacción de necesidades determinadas. Por el contrario, cuando

domina el valor de cambio, llega a ser ley hacer trabajar todo lo

posible.

Cuando pueblos cuya producción se opera aún por medio de las formas

inferiores de esclavitud y servidumbre son arrastrados a un mercado

internacional donde domina el sistema de producción capitalista, y

cuando por este hecho llega a ser su interés principal la venta de

sus productos en el extranjero, desde este momento los horrores del

sobretrabajo, fruto de la civilización, vienen a añadirse a la barbarie

de la esclavitud y de la servidumbre. Mientras que en los Estados del

Sur de la Unión americana la producción tendía principalmente a la

satisfacción de las necesidades inmediatas, el trabajo de los negros

presentó un carácter moderado; pero a medida que la exportación del

algodón llegó a constituir el interés principal de estos Estados, el

negro fue extenuado por el trabajo, y el consumo de su vida en siete

años de trabajo entró como parte de un sistema fríamente calculado. No

se trataba ya, como antes, de obtener de él cierta masa de productos

útiles; tratábase ante todo de la producción de supervalía. Lo mismo ha

ocurrido con el siervo en los Principados danubianos.

¿Qué es una jornada de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en

que el capital tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo cuyo

valor compra por un día? ¿Hasta qué punto puede prolongarse la jornada

más del trabajo necesario para la reproducción de esta fuerza? A todas

estas preguntas responde el capital: la jornada de trabajo comprende

veinticuatro horas completas, deduciendo las horas de descanso sin las

cuales la fuerza de trabajo estaría en la imposibilidad absoluta de

volver a la labor.

No queda, pues, tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre

ejercicio del cuerpo y del espíritu. El capital monopoliza el tiempo

que exigen el desarrollo y sostenimiento del cuerpo en cabal salud,

escatima el tiempo de las comidas y reduce el tiempo de sueño al

mínimum de pesado entorpecimiento sin el cual el extenuado organismo no

podría funcionar. No es, pues, el sostenimiento regular de la fuerza

de trabajo el que sirve de regla para la limitación de la jornada de

trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido al obrero está

regulado por el mayor gasto posible por día de su fuerza.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 58 / 134 题