El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Doquiera una parte
de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el
trabajador, libre o no, está obligado a añadir al tiempo de trabajo
necesario para su propio sostenimiento, un exceso destinado a
suministrar la subsistencia del que posee los medios de producción.
Importa poco que este propietario sea dueño de esclavos, señor feudal o
capitalista.
Sin embargo, mientras la forma económica de una sociedad es tal que en
ella se considera más bien la utilidad de una cosa que la cantidad de
oro o plata por que puede cambiarse, en otros términos, el valor de uso
más bien que el valor de cambio, el sobretrabajo encuentra un límite en
la satisfacción de necesidades determinadas. Por el contrario, cuando
domina el valor de cambio, llega a ser ley hacer trabajar todo lo
posible.
Cuando pueblos cuya producción se opera aún por medio de las formas
inferiores de esclavitud y servidumbre son arrastrados a un mercado
internacional donde domina el sistema de producción capitalista, y
cuando por este hecho llega a ser su interés principal la venta de
sus productos en el extranjero, desde este momento los horrores del
sobretrabajo, fruto de la civilización, vienen a añadirse a la barbarie
de la esclavitud y de la servidumbre. Mientras que en los Estados del
Sur de la Unión americana la producción tendía principalmente a la
satisfacción de las necesidades inmediatas, el trabajo de los negros
presentó un carácter moderado; pero a medida que la exportación del
algodón llegó a constituir el interés principal de estos Estados, el
negro fue extenuado por el trabajo, y el consumo de su vida en siete
años de trabajo entró como parte de un sistema fríamente calculado. No
se trataba ya, como antes, de obtener de él cierta masa de productos
útiles; tratábase ante todo de la producción de supervalía. Lo mismo ha
ocurrido con el siervo en los Principados danubianos.
¿Qué es una jornada de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en
que el capital tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo cuyo
valor compra por un día? ¿Hasta qué punto puede prolongarse la jornada
más del trabajo necesario para la reproducción de esta fuerza? A todas
estas preguntas responde el capital: la jornada de trabajo comprende
veinticuatro horas completas, deduciendo las horas de descanso sin las
cuales la fuerza de trabajo estaría en la imposibilidad absoluta de
volver a la labor.
No queda, pues, tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre
ejercicio del cuerpo y del espíritu. El capital monopoliza el tiempo
que exigen el desarrollo y sostenimiento del cuerpo en cabal salud,
escatima el tiempo de las comidas y reduce el tiempo de sueño al
mínimum de pesado entorpecimiento sin el cual el extenuado organismo no
podría funcionar. No es, pues, el sostenimiento regular de la fuerza
de trabajo el que sirve de regla para la limitación de la jornada de
trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido al obrero está
regulado por el mayor gasto posible por día de su fuerza.