Hemos partido del supuesto que la fuerza de trabajo es comprada y
vendida en su valor. Este valor, como el de toda mercancía, está
determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción.
Habiendo comprado el capitalista la fuerza de trabajo en su valor
diario, ha adquirido en consecuencia el derecho de hacer trabajar al
obrero durante todo un día. Pero ¿qué es un día de trabajo?
La jornada de trabajo varía entre límites que imponen la sociedad por
una parte y por otra la Naturaleza. Hay un mínimum, que es la parte de
la jornada en la que el obrero debe trabajar necesariamente para su
propia conservación, en una palabra, es el tiempo de trabajo necesario,
hasta el cual no consiente descender nuestra organización social,
basada en el sistema de producción capitalista; en efecto, descansando
este sistema de producción en la formación de supervalía, exige cierta
cantidad de trabajo además del trabajo necesario; en otros términos,
cierta cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que los límites
físicos de la fuerza de trabajo, que el tiempo forzosamente consagrado
cada día por el trabajador a dormir, a comer, etc., que la Naturaleza,
en una palabra, no permite traspasar.
Estos límites son por sí mismos muy elásticos. De todos modos, un día
de trabajo es menor que un día natural. ¿En cuánto? Una de sus partes
está bien determinada por el tiempo de trabajo necesario; pero su
magnitud total varía con arreglo a la magnitud del sobretrabajo.
Todo comprador procura sacar del empleo de la mercancía comprada el
mayor partido posible, y en este sentido obra el capitalista comprador
de la fuerza de trabajo; tiene un móvil único, acrecentar su capital,
crear supervalía, absorber todo el sobretrabajo posible.
Por su parte, el trabajador tiende, con razón, a no gastar su fuerza de
trabajo sino en los límites compatibles con su duración natural y su
desarrollo regular. No quisiera gastar cada día más que la fuerza que
puede rehacer, merced a su salario.
El capitalista sostiene su derecho como comprador cuando procura
prolongar todo lo posible la jornada de trabajo. El obrero sostiene su
derecho como vendedor cuando quiere reducir la jornada de trabajo, de
suerte que solo transforme en trabajo la cantidad de fuerza cuyo gasto
no perjudique a su cuerpo. Hay, pues, derecho contra derecho, ambos
igualmente basados en la ley que regula el cambio de las mercancías.
¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He aquí por qué la
reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de
la producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y
la clase obrera.