I. _Límites de la jornada de trabajo._

Hemos partido del supuesto que la fuerza de trabajo es comprada y

vendida en su valor. Este valor, como el de toda mercancía, está

determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción.

Habiendo comprado el capitalista la fuerza de trabajo en su valor

diario, ha adquirido en consecuencia el derecho de hacer trabajar al

obrero durante todo un día. Pero ¿qué es un día de trabajo?

La jornada de trabajo varía entre límites que imponen la sociedad por

una parte y por otra la Naturaleza. Hay un mínimum, que es la parte de

la jornada en la que el obrero debe trabajar necesariamente para su

propia conservación, en una palabra, es el tiempo de trabajo necesario,

hasta el cual no consiente descender nuestra organización social,

basada en el sistema de producción capitalista; en efecto, descansando

este sistema de producción en la formación de supervalía, exige cierta

cantidad de trabajo además del trabajo necesario; en otros términos,

cierta cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que los límites

físicos de la fuerza de trabajo, que el tiempo forzosamente consagrado

cada día por el trabajador a dormir, a comer, etc., que la Naturaleza,

en una palabra, no permite traspasar.

Estos límites son por sí mismos muy elásticos. De todos modos, un día

de trabajo es menor que un día natural. ¿En cuánto? Una de sus partes

está bien determinada por el tiempo de trabajo necesario; pero su

magnitud total varía con arreglo a la magnitud del sobretrabajo.

Todo comprador procura sacar del empleo de la mercancía comprada el

mayor partido posible, y en este sentido obra el capitalista comprador

de la fuerza de trabajo; tiene un móvil único, acrecentar su capital,

crear supervalía, absorber todo el sobretrabajo posible.

Por su parte, el trabajador tiende, con razón, a no gastar su fuerza de

trabajo sino en los límites compatibles con su duración natural y su

desarrollo regular. No quisiera gastar cada día más que la fuerza que

puede rehacer, merced a su salario.

El capitalista sostiene su derecho como comprador cuando procura

prolongar todo lo posible la jornada de trabajo. El obrero sostiene su

derecho como vendedor cuando quiere reducir la jornada de trabajo, de

suerte que solo transforme en trabajo la cantidad de fuerza cuyo gasto

no perjudique a su cuerpo. Hay, pues, derecho contra derecho, ambos

igualmente basados en la ley que regula el cambio de las mercancías.

¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He aquí por qué la

reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de

la producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y

la clase obrera.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 57 / 134 题