El cambio transporta las mercancías de manos en que son valores de uso
negativos a manos en que sirven de valores de uso. Llegadas al punto en
que sirven de objetos de utilidad, las mercancías desaparecen de la
esfera de los cambios y caen en el dominio del consumo, lo cual, solo
se verifica después de una serie de cambios de forma.
Consideremos en el mercado un cambista cualquiera, un tejedor.
Cambia su mercancía, 20 metros de tela, por ejemplo, por 2 escudos
de oro; después de lo cual cambia estos dos escudos por un vestido.
Al operar así el tejedor, enajena la tela, que para él no es más que
porta-valor, por el oro, y el oro, figura del valor de la tela, por
otras mercancías, el vestido, que va a ser para él valor de uso. De
cuya operación resulta que el tejedor se ha proporcionado, en lugar de
su primera mercancía, otra mercancía de valor igual, pero de utilidad
diferente; proporcionándose, de esta manera, medios de subsistencia y
de producción.
En último resultado, el tejedor no hace más que sustituir una mercancía
por otra, o cambiar productos. Pero este cambio se efectúa dando lugar
a dos transformaciones opuestas y complementarias: transformación de
la mercancía en dinero y nueva transformación del dinero en mercancía,
cuyas transformaciones representan, bajo el punto de vista del poseedor
de la mercancía, dos actos: venta, o cambio de la mercancía por dinero,
y compra o cambio del dinero por la mercancía. El conjunto de los dos
actos contenidos en la operación (tela - dinero - vestido) o lo que es
lo mismo (mercancía - dinero - mercancía) se resume así: vender para
comprar.
El mismo acto que es venta para el tejedor es compra para el que da 2
escudos por su tela; y estos 2 escudos eran ya el producto de una venta
en manos del comprador de la tela. Porque, aparte del cambio del oro en
su fuente de producción, es decir, en el punto donde se cambia como
producto inmediato del trabajo por otro producto de igual valor, el oro
representa, en manos de cada productor cambista, un precio de mercancía
realizado.
Supongamos que el comprador de la tela ha obtenido estos 2 escudos de
la transformación de un saco de trigo en dinero, y veremos en tal caso,
que la tela, que, como cosa vendida, es el principio del movimiento de
cambio (tela - dinero - vestido), como cosa comprada es el término de
otro movimiento de cambio (trigo - dinero - tela).
Por otra parte, el acto que es compra para el tejedor, es venta para el
sastre, que a su vez convierte los 2 escudos procedentes de la venta
de su vestido en otra mercancía, en una pipa de vino, por ejemplo. El
término del movimiento (tela - dinero - vestido) es de este modo el
principio de otro movimiento (vestido - dinero - vino).
La primera transformación de una mercancía, la tela, es, pues, la
última de otra, el trigo. La última transformación de la misma
mercancía, la tela, es la primera de otra, el vestido, y así
sucesivamente. El conjunto de estos movimientos que se encadenan
constituye la circulación de las mercancías.
Como la circulación de las mercancías conduce, según acabamos de ver
en cada uno de sus movimientos particulares, a un cambio de productos,
esta circulación de las mercancías se distingue esencialmente de
su cambio inmediato. No hay duda que nuestro tejedor ha cambiado
en definitiva su mercancía, es decir, la tela, por otra que es el
vestido; pero este hecho solo es verdadero desde su punto de vista.
El vendedor del vestido, ante el cual se presentó el tejedor con el
oro, representación del valor de su tela, no creía probablemente que
cambiaba su vestido por tela. La mercancía del sastre ha reemplazado
la mercancía del tejedor, pero tejedor y sastre, en las condiciones
generales de la circulación de las mercancías, no cambian sus productos
recíprocamente, no ven más que la moneda, y las monedas no pueden decir
por qué artículo las han trocado.
La circulación no acaba tampoco, como el cambio inmediato, en el cambio
de dueño de los productos. El dinero no desaparece. En el movimiento
(tela - dinero - vestido), la tela, vendida a quien quiere usarla, sale
de la circulación, reemplazándola el dinero; el vestido sale después,
reemplazándolo también el dinero, y así sucesivamente. Cuando la
mercancía de un cambista, que en este caso es el sastre, reemplaza la
de otro, el tejedor, el dinero pasa siempre a un tercero, el vendedor
de vino.
La compra es el complemento forzoso de la venta; pero no es forzoso que
estas dos operaciones complementarias se sucedan inmediatamente; puede
separarlas un periodo de tiempo más o menos largo. Si la separación de
las dos operaciones se prolonga demasiado, su unión íntima se demuestra
por la crisis que surge.
_Curso de la moneda._
Desde el momento que el vendedor completa la venta por la compra, el
dinero sale de sus manos. En nuestro ejemplo, la moneda pasa de manos
del tejedor a las del sastre y de las de este a las del mercader de
vino, realizando sucesivamente el precio de su mercancía. El movimiento
que la circulación de las mercancías imprime a la moneda, la aleja, por
lo tanto, de su punto de partida, para trasmitirla sin interrupción de
mano en mano: esto es lo que se llama _curso de la moneda_. Trátase
ahora de saber la cantidad de moneda que el movimiento de circulación
puede absorber.
En un país se realizan diariamente ventas más o menos numerosas
de mercancías diversas. El valor de las mercancías vendidas se
hallaba expresado antes de su venta, por su precio, es decir, por
una cantidad de oro imaginado. La moneda realiza el precio de estas
mercancías, trasmitiéndolas del vendedor al comprador; en otros
términos, representa realmente las cantidades de oro ya expresadas
imaginariamente en el total de los precios. La cantidad de dinero
exigida por la circulación de todas las mercancías que existen en
el mercado, se halla determinada, por lo tanto, por el total de sus
precios. Siempre que varíe este total, variará en la misma proporción
la masa de moneda circulante.
Ciertas variaciones de esta masa dependen, en último resultado, de la
moneda, del oro mismo.
Antes de que el oro funcione como medida del valor, su propio valor se
halla determinado, y si funciona como tal, se debe a qué es un producto
del trabajo, es decir, un valor variable. En este concepto, cada vez
que su valor sufra alteración, se alterará evidentemente la estimación
del valor de las mercancías, hecha con arreglo al suyo.
Si el valor del oro aumenta, si, por ejemplo, se duplica, un escudo
valdrá lo que antes valían dos escudos, y las mercancías que valían dos
escudos, valdrán, por consecuencia, uno. Si disminuye, por ejemplo, en
la mitad, dos escudos valdrán lo que antes uno y las mercancías que
valían dos escudos valdrán cuatro. Hay que admitir, naturalmente, en
ambos casos que el valor particular de las mercancías, es decir, que el
tiempo necesario para su producción, sigue siendo el mismo.
Así, pues, los precios, estimación del valor de las mercancías en oro,
varían con el valor de este; y como no hay alteración en el valor de
las mercancías, los precios bajan si aumenta el valor del oro y suben
si disminuye.
Hallándose determinada la cantidad de moneda corriente por el total de
precios que deben realizarse, toda variación en estos precios produce
una alteración en la cantidad de moneda circulante; cuya variación
puede depender, según hemos visto, de la misma moneda, en su cualidad,
no de instrumento de la circulación, sino de medida del valor. Dicho
esto, suponemos que el valor del oro se haya establecido, como lo está
efectivamente, en el momento de fijar los precios.
Consideremos cierto número de ventas sin relación entre sí, por
ejemplo, las ventas aisladas de un saco de trigo, de veinte metros de
tela, de un vestido y de una pipa de vino. Siendo el precio de cada
artículo dos escudos, para realizar el precio de los cuatro, habría que
poner ocho escudos en circulación. Por el contrario, si estas mismas
mercancías forman la serie de transformaciones expuestas en el párrafo
precedente: un saco de trigo -- dos escudos -- un vestido -- dos
escudos -- veinte metros de tela -- dos escudos -- un barril de vino
-- dos escudos, los mismos dos escudos que se detienen en la mano del
mercader de vino ponen en circulación las cuatro mercancías, realizando
su precio sucesivamente; en cuyo caso, la velocidad del curso de la
moneda suple a su cantidad.
El cambio de lugar, cuatro veces repetido, de los dos escudos resulta
de las transformaciones completas (su venta seguida de compra) y
en relación unas con otras, del trigo, de la tela y del vestido,
que terminan con la primera transformación de la pipa de vino. Los
movimientos complementarios entre sí, que forman esta serie, se
verifican sucesivamente; necesitan más o menos tiempo para realizarse
y la velocidad del curso de la moneda que, según acabamos de ver
influye en su cantidad, se mide por el número de mutaciones de las
mismas monedas en un tiempo dado. Supongamos que la circulación de
nuestras cuatro mercancías dure un día; la masa de moneda corriente,
dos escudos, multiplicada por el número de mutaciones de las mismas
monedas, es decir, por cuatro, es igual al total del precio de las
mercancías, o sean ocho escudos.
La circulación en un país comprende, durante un tiempo dado, las
ventas o compras aisladas, es decir, las transformaciones parciales
en que la moneda solo cambia de lugar una vez, y las series de
transformaciones más o menos extensas, en que las mismas monedas
experimentan traslaciones más o menos numerosas. Cada una de las
monedas que componen la suma total de dinero en circulación, funciona,
pues, con actividad diferente, pero el conjunto de las monedas
semejantes realiza, durante un tiempo determinado, un total de precios;
por consecuencia, se establece una velocidad media en el curso de la
moneda. Conocida esta velocidad media, queda determinada la masa de oro
que puede funcionar como instrumento de la circulación, puesto que esta
masa multiplicada por el número medio de sus mutaciones debe ser igual
al total de precios que hay que realizar.
La velocidad del curso de la moneda solo indica la velocidad de las
transformaciones de las mercancías, la mayor o menor rapidez con que
desaparecen de la circulación y su reemplazo por nuevas mercancías.
En el curso rápido de la moneda aparece la unión de la venta y de
la compra como dos actos alternativamente realizados por los mismos
cambistas. Por el contrario, la lentitud del curso de la moneda pone de
manifiesto la separación de estas dos operaciones, y la interrupción
de los cambios de forma de las mercancías. Es muy común la tendencia
a explicar esta interrupción por la cantidad insuficiente de moneda
circulante, siendo así que (y esto resulta de lo que precede) la
cantidad de los medios de circulación, en un periodo dado de tiempo, se
halla determinada por el precio total de las mercancías circulantes y
por la velocidad media de sus transformaciones, en dinero, por medio de
la venta, y en otras mercancías por medio de la compra.
_El numerario o las especies y el papel-moneda._
El numerario tiene su origen en la función que desempeña la moneda como
instrumento de circulación. El peso de oro adoptado como unidad de
medida y sus subdivisiones deben presentarse ante las mercancías en el
mercado bajo la forma de numerario o de especies acuñadas. De la misma
manera que el establecimiento de la unidad de medida, la acuñación
es de la incumbencia del Estado. El oro y la plata revisten así, en
concepto de numerario, una forma oficial, un uniforme nacional, que
abandonan en el mercado del mundo.
Las monedas de oro o de plata se desgastan más o menos en su
circulación y pierden, por consecuencia, mayor o menor cantidad de
peso. Especies de igual nombre, que vienen a ser, de este modo, de
valor desigual por carecer del mismo peso, se consideran iguales en la
circulación. Aun cuando pierden parte de su peso, conservan su valor
nominal. La circulación tiende, pues, a transformar el numerario en un
emblema de su peso metálico oficial.
La función numeraria del oro, desprendida así de su valor metálico
por el roce mismo de su circulación, puede ser desempeñada por cosas
relativamente sin valor, tales como unos pedazos de papel. Y desde
este momento, como la moneda, en concepto de numerario o instrumento
de circulación, queda reducida a ser el signo de sí propia, puede
reemplazársela en esta función con simples signos. Solo es necesario
que el signo de la moneda, el papel moneda, sea, como ella, socialmente
valedero; cuyo carácter lo adquiere por la acción del Estado. Además,
ocupando el lugar de la moneda, el papel moneda debe ser proporcionado,
en su emisión, a la cantidad de moneda que represente y que realmente
debería circular. En el caso en que excediera de esta proporción
legítima, los hechos la reducirían al tipo indicado. Si la masa de
papel moneda llegara a ser el doble de la proporción debida, un billete
de 100 pesetas, por ejemplo, no representaría más que 50 pesetas. No se
trata aquí más que del papel moneda puesto en circulación por el Estado
y con curso forzoso.