Las mercancías son tales mercancías por ser a la vez objetos de
utilidad y porta-valor. De consiguiente, solo pueden entrar en la
circulación si se presentan bajo una doble forma: su forma natural y su
forma de valor.
Considerada aisladamente una mercancía, como objeto de valor, no puede
ser apreciada. En vano diremos, en efecto, que la mercancía es trabajo
humano materializado; la reduciremos a la abstracción valor sin que la
más leve partícula de materia constituya este valor, y en uno y otro
caso solo tendrá una forma palpable su forma natural de objeto útil.
Si recordamos que la realidad de las mercancías, en concepto de
valores, consiste en que son la expresión varia de la misma unidad
social, del trabajo humano, aparece evidente que esta realidad,
puramente social, solo puede manifestarse en las transacciones
sociales; el carácter de valor se manifiesta en las relaciones de las
mercancías unas con otras y solo en estas relaciones. Los productos
del trabajo revelan en el cambio, como valores, una existencia social
bajo idéntica forma, distinta de su existencia material, y bajo formas
diversas, como objetos de utilidad. Una mercancía expresa su valor por
el hecho de poder cambiarse por otra; en una palabra, por el hecho de
presentarse como valor de cambio, y solo de este modo.
Si el valor se manifiesta en la relación de cambio, el cambio no
engendra el valor, antes al contrario, el valor de la mercancía es el
que rige sus relaciones de cambio y determina sus relaciones con las
demás. Esto se comprenderá con una comparación.
Un pilón de azúcar es pesado, pero su sola apariencia no lo indica y
menos aún cuál sea su peso. Consideremos diferentes pedazos de hierro
de peso conocido. La forma material del hierro, como la del azúcar,
no es, por sí misma, una indicación de la pesantez; los pedazos de
hierro, puestos en relación con el pilón de azúcar, nos darán a conocer
el peso de este. Así, pues, la magnitud de su peso, que no aparecía,
considerado el pilón de azúcar aisladamente, se manifiesta cuando se
pone en relación con el hierro; pero la relación de peso entre el
hierro y el azúcar no es la causa de la existencia del peso del azúcar,
antes al contrario este peso determina la relación.
La relación del hierro con el azúcar es posible, porque estos dos
objetos tan diferentes por su uso, tienen una propiedad común, la
pesantez, y en esta relación el hierro solo se considera como un cuerpo
que representa peso; no se tienen en cuenta sus demás propiedades
y sirve únicamente como medida de peso. De igual modo, al expresar
un valor cualquiera, por ejemplo, veinte metros de tela valen un
vestido, la segunda mercancía no representa más que valor; la utilidad
particular del vestido no se tiene en cuenta en este caso, y solo sirve
como medida de valor de la tela. Empero aquí concluye la semejanza.
En la expresión de peso del pilón de azúcar, el hierro representa
una cualidad común a ambos cuerpos, pero es una cualidad natural, su
pesantez; en la expresión de valor de la tela con el vestido, este
representa seguramente una cualidad común a ambos objetos, pero ya no
es una cualidad natural, sino una cualidad de origen exclusivamente
social, cual es su valor.
La mercancía, que tiene un doble aspecto, objeto de utilidad y valor,
no aparece, pues, tal como es, sino cuando se deja de considerarla
aisladamente, cuando por su relación con otra mercancía, por la
posibilidad de ser cambiada, adquiere su valor una forma apreciable, la
forma de valor de cambio, distinta de su forma natural.
_Forma del valor._
En el concepto de valores, todas las mercancías son expresiones de la
misma unidad, trabajo humano, reemplazables mutuamente. Una mercancía
puede, por consecuencia, cambiarse por otra mercancía. En realidad
hay imposibilidad de cambio inmediato entre las mercancías. Una sola
mercancía reviste la forma susceptible de cambio inmediato con todas
las demás: sabido es que las mercancías poseen una forma especial de
valor, la forma moneda.
Esta forma moneda tiene su fundamento en la simple forma de la relación
de cambio, que es: 20 metros de tela valen un vestido, o 75 kilogramos
de trigo valen 100 kilogramos de hierro, etc.
Primeramente, cualquier mercancía se cambia, con arreglo a esta
fórmula, por otra mercancía diferente de cualquiera clase que sea. Esto
es lo que ocurre en los cambios aislados, en que una sola mercancía
expresa accidentalmente su valor en otra mercancía también sola.
En segundo lugar, una misma mercancía se cambia, no ya al azar con
otra, sino regularmente con otras varias: 20 metros de tela, por
ejemplo, valen alternativamente un vestido, 75 kilogramos de trigo,
100 kilogramos de hierro, etc.; en cuyo caso una mercancía expresa su
valor en una serie de mercancías, mientras que en el caso anterior lo
expresaba en una sola.
Hasta ahora no hay más que una mercancía que exprese su valor
primeramente en otra mercancía y después en varias. Cada mercancía
tiene que buscar su forma o sus formas de valor, no existiendo una
forma de valor común a todas las mercancías.
En la fórmula que precede vemos que 20 metros de tela valen un vestido,
o 75 kilogramos de trigo, o 100 kilogramos de hierro, o..., etc. No
cambiando la mercancía cuyo valor se quiere expresar, y que es la tela,
varían las que expresan su valor, siendo ora un vestido, ora el trigo,
o bien el hierro, etc. La misma mercancía, la tela, puede tener tantas
representaciones de su valor cuantas son las mercancías diferentes.
Y como, por el contrario, quisiéramos que una sola representación
reflejase el valor de todas las mercancías, invirtamos nuestro ejemplo
de este modo: un vestido vale 20 metros de tela, 75 kilogramos de trigo
valen 20 metros de tela, 100 kilogramos de hierro valen 20 metros de
tela, etc., etc. Esta fórmula, que es la precedente invertida, la cual
era a su vez el desarrollo de la forma simple de la relación de cambio,
nos da, por último, una expresión uniforme de valor para el conjunto
de las mercancías. Todas tienen ya una medida común de valor, la tela,
que, siendo susceptible de cambio inmediato con ellas, es para todas la
forma de existencia de su valor.
Desde el punto de vista del valor, las mercancías son cosas puramente
sociales y su forma valor debe, por lo tanto, revestir una forma de
validez social. Y la forma valor no ha adquirido consistencia sino
desde el momento en que se ha unido a un género especial de mercancías,
a un objeto único universalmente aceptado. Este objeto único, forma
oficial de los valores podía ser, en principio, una mercancía
cualquiera; pero la mercancía especial, con cuya forma natural se ha
confundido poco a poco el valor, es el oro. Sustituyamos, en nuestra
última fórmula, la tela con el oro, y obtendremos la forma moneda del
valor; todas las mercancías son reducidas a cierta cantidad de oro.
Antes de conquistar históricamente este monopolio social de forma del
valor, el oro era una mercancía como cualquier otra, y solo porque
representaba de antemano el papel de mercancía al lado de las demás,
funciona hoy como moneda frente a las otras mercancías. Como toda
mercancía, el oro se presentó primero accidentalmente en cambios
aislados. Poco a poco funcionó, en una esfera más o menos limitada,
como medida general del valor. En la actualidad, los cambios de
productos se verifican exclusivamente por su mediación.
La forma moneda del valor aparece hoy como su forma natural. Al decir
que el trigo, un vestido, un par de botas, se refieren a la tela como a
la medida de valor, como a la encarnación general del trabajo humano,
salta inmediatamente a la vista lo extraño de tal proposición; pero
cuando los productores de estas mercancías, en vez de referirlas a
la tela, las refieren al oro o a la plata, lo cual en el fondo es
lo mismo, la proposición deja de sorprenderles. No parece que una
mercancía se haya convertido en moneda, porque las demás mercancías
expresen en ella su valor, sino por el contrario, parece que las
mercancías expresan en ella su valor, porque es moneda.