Esta forma moneda o dinero, contribuye, pues, a dar una idea falsa de
las relaciones de los productores, cuyas relaciones ponen los productos
en presencia unos de otros para cambiarlos comparando sus valores, es
decir, comparando el trabajo de diferente género que cada cual contiene
en concepto de trabajo humano semejante, y prestando así a este trabajo
y a sus productos un aspecto social distinto de su aspecto natural.
Y los productos del trabajo que en sí mismos son cosas sencillas y
fáciles de comprender, se tornan complicados, llenos de sutilezas
y enigmáticos, en cuanto se les considera como objetos de valor
prescindiendo de su naturaleza física, en una palabra, desde que se
convierten en mercancías.
El valor de cambio, que verdaderamente no es otra cosa que la manera
social de contar el trabajo invertido en la fabricación de un objeto,
y que, por consecuencia, solo tiene una realidad social, ha llegado a
ser tan familiar para todo el mundo que parece ser como la forma moneda
para el oro y la plata, una propiedad íntima de los objetos.
Habiendo aparecido en el periodo histórico en que domina el sistema
mercantil de producción, este carácter de valor ha tomado el aspecto
de un elemento material de las cosas, inseparable de ellas y eterno;
mientras que existen sistemas de producción en que la forma social de
los productos del trabajo se confunde con su forma natural, en lugar de
ser distinta de ella, en que los productos se presentan como objetos de
utilidad bajo diversos conceptos y no como mercancías que se cambian
recíprocamente.
Esta apariencia material que se da a un fenómeno puramente social, esta
ilusión de que las cosas tienen una propiedad natural mediante la cual
se cambian en proporciones determinadas, convierte, a los ojos de los
productores, su propio movimiento social, sus relaciones personales
para el cambio de sus productos, en movimiento de las cosas mismas,
movimiento que los arrastra, sin que puedan dirigirlo, ni mucho menos.
La producción y sus relaciones, creación humana, rigen al hombre en
lugar de estar subordinadas a él.
Un hecho análogo se observa en la nebulosa región del mundo religioso.
En esta región los productos del cerebro humano se convierten en
dioses, toman el aspecto de seres independientes, dotados de cuerpos
propios, que se comunican entre sí y con los hombres. Lo mismo ocurre
con los productos manuales en el mundo mercantil.