¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga.
Zaragoza no se rinde. La reducirán á polvo; de sus históricas casas
no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo
abriráse vomitando llamas, y lanzados al aire los cimientos, caerán
las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los
muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se
rinde.
Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía,
minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo.
Medio Coso era suyo, y España destrozada se retiró á la acera de
enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda habían
alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban un instante.
Al fin, ¡parece mentira!, nos acostumbramos á las voladuras, como antes
nos habíamos hecho al bombardeo. A lo mejor, se oía un ruido como el de
mil truenos retumbando á la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la
capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento ó iglesia que ya
no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta:
era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados
donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde
estar, porque el suelo ya no era suelo, y bajo cada planta se abría un
cráter. Y, sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra
la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad
incesante. A falta de fortalezas, habían servido los conventos; á falta
de conventos, los palacios; á falta de palacios, las casas humildes.
Todavía había algunas paredes.
Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento
á otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras, y
la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte
de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego, al volver una
esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de
la naturaleza, le conducían en poco tiempo á la muerte. Ya no había
parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos ó
otros; y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la
sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se
preguntaban: «¿Quién eres tú? ¿quién es usted?»
Ya las campanas no tocaban á alarma, porque no había campaneros; ya no
se oían pregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía
misa, porque faltaban sacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces
iban espirando en las gargantas á medida que iba muriendo gente. De
hora en hora el fúnebre silencio conquistaba la ciudad. Sólo hablaba
el cañón, y las avanzadas de las dos naciones no se entretenían
diciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban á llenarse
de tristeza, y la ciudad moribunda se batía en silencio para que ni un
átomo de fuerza se le perdiera en voces importunas.
La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la
manifestaba, guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda
la idea de la culpa que se va á cometer. ¡Rendirse! Esto parecía una
imposibilidad, una obra difícil, y perecer era más fácil.
Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que
no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el
reino engañoso de la imaginación.
Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor
parte de sus casas se hundieran. Corrí después hacia el Coso á cumplir
una comisión que se me encargó, y recuerdo que la pesada é infecta
atmósfera de la ciudad me ahogaba, de tal modo, que apenas podía
andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos días antes ví
llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo
y llorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se
comiese los dedos. A pesar de esto, nadie le hacía caso. Yo también
pasé con indiferencia por su lado; pero después una vocecilla dijo algo
en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo, dándole algunos
pedazos de pan.
Cumplida mi comisión, corrí á la plazuela de San Felipe, donde después
de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aún subsistían
de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego
entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día
siguiente, porque estaban muertos de cansancio.
Al llegar ví un hombre que, envuelto en su capote, paseaba de largo á
largo sin hacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria.
—¡Agustín! ¿Eres tú?—le dije acercándome.—¡Qué pálido y demudado estás!
¿Te han herido?
—Déjame—me contestó agriamente:—no quiero compañías importunas.
—¿Estás loco? ¿Qué te pasa?
—Déjame, te digo—añadió repeliéndome con fuerza.—Te digo que quiero
estar solo. No quiero ver á nadie.
—Amigo—indiqué comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el
alma de mi compañero,—si te ocurre algo desagradable, dímelo y tomaré
para mí una parte de tu desgracia.
—¿Pues no lo sabes?
—No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres á la calle de
las Arcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos
hemos visto.
—Es verdad—repuso.—Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del
Coso, y la muerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos
cayeron á mi lado, y no ha habido una bala para mí. Gabriel, amigo mío
querido, pon el cañón de una de tus pistolas en mi sien y arráncame la
vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme... No sé... parece que
vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después,
otra mano suave y tibia pasó por mi frente.
—Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes.
—¡Lo que tengo¡ ¿Qué hora es?
—Las nueve.
—¡Falta una hora!—exclamó con nervioso estremecimiento.—¡Sesenta
minutos! Puede ser que los franceses hayan minado esta plazuela de San
Felipe, donde estamos, y tal vez, dentro de un instante, la tierra,
saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en que todos
quedemos sepultados; todos: la víctima y los verdugos.
—¿Qué víctima es esa?
—¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre
Nueva.
En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta
luz alumbraba la entrada.
—En efecto—dije,—sé que ese infame viejo fué cogido prisionero con
algunos franceses en la huerta de San Diego.
—Su crimen es indudable. A los enemigos enseñó el paso desde Santa Rosa
á la casa de los Duendes, de él sólo conocido. Además de que no faltan
pruebas, el infeliz esta tarde ha confesado todo con esperanza de
salvarse.
—Le han condenado...
—Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será
arcabuceado dentro de una hora, por traidor. ¡Allí está! Y aquí me
tienes á mí, Gabriel; aquí me tienes á mí, capitán del batallón de
las Peñas de San Pedro, ¡malditas charreteras! aquí me tienes con una
orden en el bolsillo, en que se manda ejecutar la sentencia á las diez
de la noche, en este mismo sitio, aquí en la plazuela de San Felipe,
al pie de la torre. ¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general
Saint-March.
Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir á mi
compañero en aquella terrible ocasión.
—¡Amigo mío, valor!—exclamé al fin.—Es preciso cumplir la orden.
Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente, y se apartaba de mí
para volver en seguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después,
mirando á la torre, que majestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras
cabezas, exclamó con terror:
—Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha,
Gabriel? La torre se ha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves?
Miré á la torre. Como era natural, continuaba inclinada.
—Gabriel—añadió Montoria,—mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré
á ese hombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo,
quiero huir; estoy enfermo; me arrancaré estas charreteras, y se las
tiraré á la cara al general Saint-March. No, no me digas que la Torre
Nueva sigue inclinada. Pero, hombre, ¿no ves que está derecha? Amigo,
tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo,
y la sangre chisporrotea. Me muero de dolor.
Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza
por la calle de Torresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla.
Agustín no tuvo tiempo de huir, y la desgraciada joven se abrazó á él,
exclamando con ardiente emoción:
—Agustín, Agustín. Gracias á Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto
te quiero! Cuando me dijeron que eras tú el carcelero de mi padre,
me volví loca de alegría, porque tengo la seguridad de que has de
salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado á muerte. ¡A
muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal á nadie! Pero Dios no quiere
que el inocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes
escapar.
—Mariquilla, María de mi corazón—dijo Agustín.—Déjame, vete... no te
quiero ver... Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo... Estoy
loco por tí. Húndase Zaragoza, pero no dejes de quererme. Esperaban que
yo matará á tu padre...
—¡Jesús, no digas eso! ¡Tú!
—No, mil veces no; que castiguen otros su traición.
—No, mentira: mi padre no ha sido traidor. ¿Tú también le acusas?
Nunca lo creí... Agustín, es de noche. Desata sus manos, quítale los
grillos que destrozan sus pies, ponle en libertad. Nadie le puede ver.
Huiremos; nos esconderemos aquí cerca, en las ruínas de nuestra casa,
allí en la sombra del ciprés, en aquel mismo sitio donde tantas veces
hemos visto el pico de la Torre Nueva.
—María... espera un poco...—dijo Montoria con suma agitación.—Eso no
puede hacerse así... Hay mucha gente en la plaza. Los soldados están
muy irritados contra el preso. Mañana...
—¡Mañana!... ¿Qué has dicho? ¿Te burlas de mí? Ponle al instante en
libertad, Agustín. Si no lo haces, creeré que he amado al más vil, al
más cobarde y despreciable de los hombres.
—María, Dios nos está oyendo. Dios sabe que te adoro. Por Él juro que
no mancharé mis manos con la sangre de ese infeliz: antes romperé mi
espada; pero en nombre de Dios te digo también que no puedo poner en
libertad á tu padre. María, el cielo se nos ha caído encima.
—Agustín, me estás engañando—dijo la joven con angustiosa
perplejidad.—¿Dices que no le pondrás en libertad?
—No, no, no puedo. Si Dios en forma humana viniera á pedirme la
libertad del que ha vendido á nuestros heróicos paisanos, entregándoles
al cuchillo francés, no podría hacerlo. Es un deber supremo al que no
puedo faltar. Las innumerables víctimas inmoladas por la traición,
la ciudad rendida, el honor nacional ultrajado, son recuerdos y
consideraciones que pesan en mi conciencia de un modo formidable.
—Mi padre no puede haber hecho traición—dijo Mariquilla, pasando
súbitamente del dolor á una exaltada y nerviosa cólera.—Son calumnias
de sus enemigos. Mienten los que le llaman traidor; y tú, más cruel y
más inhumano que todos, mientes también. No, no es posible que yo te
haya querido: me causa vergüenza pensarlo. ¿Has dicho que en libertad
no le pondrás? ¿Pues para qué existes, de qué sirves tú? ¿Esperas ganar
con tu crueldad sanguinaria el favor de esos bárbaros inhumanos que han
destruído la ciudad, fingiendo defenderla? ¡Para tí nada vale la vida
del inocente, ni la desolación de una huérfana! ¡Miserable y ambicioso
egoísta, te aborrezco más de lo que te he querido! ¿Has pensado que
podrías presentarte delante de mí con las manos manchadas en la sangre
de mi padre? No, él no ha sido traidor. Traidor eres tú y todos los
tuyos. ¡Dios mío! ¿No hay un brazo generoso que me ampare; no hay entre
tantos hombres uno solo que impida este crimen? ¡Una pobre mujer corre
por toda la ciudad buscando un alma caritativa, y no encuentra más que
fieras!
—María—dijo Agustín,—me estás despedazando el alma; me pides lo
imposible: lo que yo no haré, ni puedo hacer, aunque en pago me
ofrezcas la bienaventuranza eterna. Todo lo he sacrificado ya, y
contaba con que me aborrecerías. Considera que un hombre se arranca con
sus propias manos el corazón y lo arroja al lodo: pues eso he hecho yo.
No puedo más.
La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más
intensa á la sensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica
fogosidad su cólera, y después se deshacía en lágrimas amargas,
expresándose así:
—¡Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú! Agustín, tú no puedes
negarme lo que te pido. ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde
que te ví por primera vez en nuestra _torre_, no te has apartado un
solo instante de mi pensamiento. Tú has sido para mí el más amable, el
más generoso, el más discreto, el más valiente de todos los hombres.
Te quise sin saber quién eras: yo ignoraba tu nombre y el de tus
padres; pero te habría amado aunque hubieras sido el hijo del verdugo
de Zaragoza. Agustín, tú te has olvidado de mí desde que no nos vemos.
¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creo que no me quitarás á mi
buen padre, á quien amo tanto como á tí. Él es bueno, no ha hecho mal
á nadie; es un pobre anciano... Tiene algunos defectos; pero yo no los
veo: yo no veo en él más que virtudes. No he conocido á mi madre, que
murió siendo yo muy niña; he vivido retirada del mundo; mi padre me ha
criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grande amor que
te tengo. Si no te hubiera conocido á tí, todo el mundo me hubiera sido
indiferente sin él.
Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. El miraba con
aterrados ojos tan pronto á la muchacha como á los hombres que estaban
de centinela en la entrada de la torre, y la hija de Candiola, con
admirable instinto, supo aprovechar esta disposición á la debilidad, y
echándole los brazos al cuello, añadió:
—Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda
descubrirnos. Si te dicen algo, si te acusan de haber faltado al deber,
no les hagas caso y vente conmigo. ¡Cuánto te amará mi padre al ver que
le salvas la vida! ¡Qué felicidad nos espera, Agustín! ¡Qué bueno eres!
Ya lo esperaba yo; y cuando supe que el pobre preso estaba en tu poder,
se me figuró que las puertas del cielo se abrían.
Mi amigo dió algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes
militares y gente armada en la plazuela. De repente se nos apareció
delante un hombre con muletas, acompañado de otros paisanos y algunos
oficiales de alta graduación.
—¿Qué pasa aquí?—dijo D. José de Montoria.—Me pareció oir chillidos de
mujer. Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes?
—Señor—gritó Mariquilla con terror volviéndose hacia Montoria.—Usted no
se opondrá tampoco á que dejen en libertad á mi padre. ¿No se acuerda
usted de mí? Ayer estaba usted herido y yo le curé.
—Es verdad, niña—dijo gravemente Don José.—Estoy muy agradecido. Ahora
caigo en que es usted la hija del Sr. Candiola.
—Sí, señor: ayer, cuando le curaba á usted, reconocí en su cara la de
aquel hombre que maltrató á mi padre hace muchos días.
—Sí, hija mía: fué un arrebato, un pronto... No lo pude remediar...
Tengo la sangre muy viva... Y usted me curó... Así se portan los
buenos cristianos. Pagar las injurias con beneficios, y hacer bien á
los que nos aborrecen, es lo que manda Dios.
—Señor—exclamó María toda deshecha en lágrimas,—yo perdono á mis
enemigos; perdone usted también á los suyos. ¿Por qué no han de poner
en libertad á mi padre? El no ha hecho nada.
—Es un poco difícil lo que usted pretende. La traición del Sr. Candiola
no puede perdonarse. La tropa está furiosa.
—¡Todo es un error! Si usted quiere interceder... Usted será de los que
mandan.
—¿Yo?...—dijo Montoria.—Ese es un asunto que no me incumbe... Pero
serénese usted, joven... De veras que parece usted una buena muchacha.
Recuerdo el esmero con que me curaba, y me llega al alma tanta bondad.
Grande ofensa hice á usted, y de la misma persona á quien ofendí he
recibido un bien inmenso, tal vez la vida. De este modo nos enseña Dios
con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr...! ¡ya la
iba á soltar!... ¡Maldita lengua mía!
—¡Señor, qué bueno es usted!—exclamó la joven.—¡Yo le creía muy malo!
usted me ayudará á salvar á mi padre. El tampoco se acuerda del ultraje
recibido.
—Oiga usted—le dijo Montoria tomándola por un brazo.—Hace poco pedí
perdón al señor D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse
conmigo, me insultó del modo más grosero. El y yo nos casamos, niña.
Dígame usted que me perdona lo de los golpes, y mi conciencia se
descargará de un gran peso.
—¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es usted! Usted manda
aquí, sin duda. Pues haga poner en libertad á mi padre.
—Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que
espanta. Imposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de
usted... De veras lo siento, mayormente al acordarme de su caridad...
Ya la protegeré á usted... Veremos.
—Yo no quiero nada para mí—dijo María, ronca ya de tanto gritar.—Yo
no quiero sino que pongan en libertad á un infeliz que nada ha hecho.
Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Qué haces?
—Este joven cumplirá con su deber.
—Este joven—repuso la Candiola con furor,—hará lo que yo le ordene,
porque me ama. ¿No es verdad que pondrás en libertad á mi padre? Tú me
lo dijiste... Señores, ¿qué buscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo?
Agustín, no les hagas caso y defendámonos.
—¡Qué es esto!—exclamó Montoria con estupefacción.—Agustín, ¿ha dicho
esta muchacha que te disponías á faltar á tu deber? ¿La conoces tú?
Dominado por profundo temor, Agustín no contestó nada,
—Sí, le pondrá en libertad—exclamó María con desesperación.—Fuera de
aquí, señores. Aquí no tienen ustedes nada que hacer.
—¡Cómo se entiende!—gritó D. José, tomando á su hijo por un brazo.—Si
lo que esta muchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo
faltaba al honor de ese modo, atropellando la lealtad jurada al
principio de autoridad delante de las banderas; si yo supiera que mi
hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado,
yo mismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del
consejo de guerra para que le dieran su merecido.
—¡Señor, padre mío!—repuso Agustín pálido como la muerte.—Jamás he
pensado en faltar á mi deber.
—¿Es éste tu padre?—dijo María.—Agustín, dile que me amas, y quizás
tenga compasión de mí.
—Esta joven está loca—afirmó D. José.—Desgraciada niña: su tribulación
me llega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad... pero
serénese usted. Sí, la protegeré, siempre que reforme sus costumbres...
Pobrecilla: usted tiene buen corazón... un excelente corazón... pero...
sí... me lo han dicho, un poco levantada de cascos... Es lástima que
por una perversa educación se pierda una buena alma... Con que ¿será
usted buena?... Creo que sí.
—Agustín, ¿cómo permites que me insulten?—exclamó María con inmenso
dolor.
—No os insulto—añadió el padre.—Es un consejo. ¡Cómo había yo de
insultar á mi bienhechora! Si usted se porta bien, le tendremos gran
cariño. Queda usted bajo mi protección, desgraciada huerfanita... ¿Para
qué toma en boca á mi hijo? Nada, nada: más juicio, y por ahora basta
ya de agitación... El chico tal vez la conozca á usted... Sí, me han
dicho que durante el sitio no ha abandonado usted la compañía de los
soldados... Es preciso enmendarse: yo me encargo... No puedo olvidar el
beneficio recibido; además, conozco que su fondo es bueno... Esa cara
no miente: tiene usted una figura celestial. Pero es preciso renunciar
á los goces mundanos, refrenar el vicio... pues...
—No—gritó de súbito Agustín, con tan vivo arrebato de ira, que todos
temblamos al verle y oirle.—No, no consiento á nadie, ni aun á mi
padre, que la injurie delante de mí. Yo la amo, y si antes lo he
ocultado, ahora lo digo aquí sin miedo ni vergüenza para que todo el
mundo lo sepa. Señor, usted no sabe lo que está diciendo, ni cuánto
se aparta de lo verdadero, sin duda porque le han engañado. Máteme
usted si le falto al respeto; pero no la infame delante de mí, porque
oyendo otra vez lo que he oído, ni la presencia de mi propio padre me
reportaría.
Montoria, que no esperaba tal exabrupto, miró con asombro á sus amigos.
—Bien, Agustín—exclamó la Candiola.—No hagas caso de esa gente. Este
hombre no es tu padre. Haz lo que te indica tu corazón. ¡Fuera de aquí,
señores, fuera de aquí!
—Te engañas, María—replicó el joven.—Yo no he pensado poner en libertad
al preso, ni lo pondré; pero al mismo tiempo digo que no seré yo quien
disponga su muerte. Oficiales hay en mi batallón que cumplirán la
orden. Ya no soy militar: aunque esté delante del enemigo, arrojo mi
espada, y corro á presentarme al Capitán General para que disponga de
mi suerte.
Diciendo esto, desenvainó, y doblando la hoja sobre la rodilla,
rompióla, y después de arrojar los dos pedazos en medio del corrillo,
se fué sin decir una palabra más.
—¡Estoy sola! ¡Ya no hay quien me ampare!—exclamó Mariquilla con
abatimiento.
—No hagan caso de las barrabasadas de mi hijo—nos dijo Montoria.—Ya
le tomaré yo por mi cuenta. Tal vez la muchacha le haya interesado...
pues... no tiene nada de particular. Estos eclesiásticos inexpertos
suelen ser así... Y usted, señora Doña María, procure serenarse. Ya nos
ocuparemos de usted. Yo le prometo que si tiene buena conducta, se le
conseguirá que entre en las Arrepentidas... Vamos, llevarla fuera de
aquí.
—¡No: no me sacarán de aquí sino á pedazos!—gritó la joven en el colmo
de la desolación.—¡Oh! Sr. D. José de Montoria: usted le pidió perdón á
mi padre. Si él no le perdonó, yo le perdono mil veces. Pero...
—Yo no puedo hacer lo que usted me pide—replicó el patriota con
pena.—El crimen cometido es enorme. Retírese usted... ¡Qué espantoso
dolor! ¡Es preciso tener resignación! Dios le perdonará á usted todas
sus culpas, pobre huerfanita... Cuente conmigo, y todo lo que yo
pueda... La socorreremos, la auxiliaremos... Estoy conmovido, y no sólo
por agradecimiento, sino por lástima... Vamos, venga usted conmigo...
Son las diez menos cuarto.
—Sr. Montoria—dijo María poniéndose de rodillas delante del patriota
y besándole las manos.—Usted tiene influencia en la ciudad, y puede
salvar á mi padre. Se ha enfadado usted conmigo, porque Agustín dijo
que me quería. No, no le quiero: ya no le miraré más. Aunque soy
honrada, él es superior á mí, y no puedo pensar en casarme con él.
Señor de Montoria, por el alma de su hijo muerto, hágalo usted. Mi
padre es inocente. No, no es posible que haya sido traidor. Aunque
el Espíritu Santo me lo dijera, no lo creería. Dicen que no era
patriota. Mentira, yo digo que mentira. Dicen que no dió nada para la
guerra: pues ahora se dará todo lo que tenemos. En el sótano de casa
hay enterrado mucho dinero. Yo le diré á usted dónde está, y pueden
llevárselo todo. Dicen que no ha tomado las armas. Yo las tomaré ahora:
no temo las balas, no me asusta el ruido del cañón, no me asusto de
nada; volaré al sitio de mayor peligro, y allí donde no puedan resistir
los hombres me pondré yo sola ante el fuego. Yo sacaré con mis manos
la tierra de las minas, y haré agujeros para llenar de pólvora todo el
suelo que ocupan los franceses. Dígame usted si hay algún castillo que
tomar, ó alguna muralla que defender, porque nada temo, y de todas las
personas que aún viven en Zaragoza, yo seré la última que se rinda.
—¡Desgraciada niña!—murmuró el patriota alzándola del suelo.—Vámonos,
vámonos de aquí.
—Señor de Araceli—ordenó el jefe de la fuerza, que era uno de los
presentes,—puesto que el capitán D. Agustín Montoria no está en su
puesto, encárguese usted del mando de la compañía.
—No, asesinos de mi padre—exclamó María, no ya exasperada, sino furiosa
como una leona.—No mataréis al inocente. Cobardes, verdugos: los
traidores sois vosotros, no él. No podéis vencer á vuestros enemigos,
y os gozáis en quitar la vida á un infeliz anciano. Militares, ¿á
qué habláis de vuestro honor, si no sabéis lo que es eso? Agustín,
¿dónde estás? Sr. D. José de Montoria, esto que ahora pasa es una ruín
venganza, tramada por usted, hombre rencoroso y sin corazón. Mi padre
no ha hecho mal á nadie. Ustedes intentaban robarle... Bien hacía él
en no querer dar su harina, porque los que se llaman patriotas, son
negociantes que especulan con las desgracias de la ciudad... No puedo
arrancar á estos crueles una palabra compasiva. Hombres de bronce,
bárbaros, mi padre es inocente, y si no lo es, bien hizo en vender la
ciudad. Siempre le darían más de lo que ustedes valen... ¿Pero no hay
uno, uno tan sólo que se apiade de él y de mí?
—Vamos: retirémosla, señores; llevarla á cuestas. ¡Infeliz joven!—dijo
Montoria.—Esto no puede prolongarse. ¿En dónde se ha metido mi hijo?
Se la llevaron, y durante un rato oí desde la plazuela sus gritos
desgarradores.
—Buenas noches, señor de Araceli—me dijo Montoria.—Voy á ver si hay un
poco de agua y vino que dar á esa pobre huérfana.