La posesión de San Francisco iba á decidir la suerte de la ciudad.
Aquel vasto edificio, situado en el centro del Coso, daba una
superioridad incontestable á la nación que lo ocupase. Los franceses
lo cañonearon desde muy temprano, con objeto de abrir brecha para el
asalto, y los zaragozanos llevaron á él lo mejor de su fuerza para
defenderlo. Como escaseaban ya los soldados, multitud de personas
graves, que hasta entonces no sirvieran sino de auxiliares, tomaron las
armas. Sas, Cereso, La Casa, Piedrafita, Escobar, Leiva, D. José de
Montoria, todos los grandes patriotas habían acudido también.
En la embocadura de la calle de San Gil y en el arco de Cineja, había
varios cañones para contener los ímpetus del enemigo. Yo fuí enviado
con otros de Extremadura al servicio de aquellas piezas, porque apenas
quedaban artilleros, y cuando me despedí de Agustín, que permanecía en
San Francisco al frente de la compañía, nos abrazamos creyendo que no
volveríamos á vernos.
D. José de Montoria, hallándose en la barricada de la Cruz del Coso,
recibió un balazo en la pierna y tuvo que retirarse; pero apoyado en
la pared de una casa inmediata al arco de Cineja, resistió por algún
tiempo el desmayo que le producía la hemorragia, hasta que al fin,
sintiéndose desfallecido, me llamó, diciéndome:
—Señor de Araceli, se me nublan los ojos... No veo nada... ¡Maldita
sangre, cómo se marcha á toda prisa, cuando hace más falta! ¿Quiere
usted darme la mano?
—Señor—le dije, corriendo hacia él y sosteniéndole,—más vale que se
retire usted á su alojamiento.
—No, aquí quiero estar... Pero, señor de Araceli, si me quedo sin
sangre... ¿Dónde demonios se ha ido esta condenada sangre...? Y parece
que tengo piernas de algodón... Me caigo al suelo como un costal vacío.
Hizo terribles esfuerzos por reanimarse; pero casi llegó á perder el
sentido, más que por la gravedad de la herida, por la pérdida de la
sangre, el ningún alimento, los insomnios y penas de aquellos días.
Aunque él rogaba que le dejáramos allí arrimado á la pared, para no
perder ni un solo detalle de la acción que iba á trabarse, le llevamos
á su albergue, que estaba en el mismo Coso, esquina á la calle del
Refugio. La familia había sido instalada en una habitación alta. La
casa estaba toda llena de heridos, y casi obstruían la puerta los
muchos cadáveres depositados en aquel sitio. En el angosto portal,
en las habitaciones interiores, no se podía dar un paso, porque la
gente que había ido allí á morirse lo obstruía todo, y no era fácil
distinguir los vivos de los difuntos.
Montoria, cuando le entramos, dijo:
—No me llevéis arriba, muchachos, donde está mi familia. Dejadme en
esta pieza baja. Ahí veo un mostrador que me viene de perillas.
Pusímosle donde dijo. La pieza baja era una tienda. Bajo el mostrador
habían espirado aquel día algunos heridos y apestados, y muchos
enfermos se extendían por el infecto suelo, arrojados sobre piezas de
tela.
—A ver—continuó,—si hay por ahí algún alma caritativa que me ponga un
poco de estopa en este boquete por donde sale la sangre...
Una mujer se adelantó hacia el herido. Era Mariquilla Candiola.
—Dios os lo premie, niña—dijo D. José, al ver que traía hilas y lienzo
para curarle.—Basta por ahora con que me remiende usted un poco esta
pierna. Creo que no se ha roto el hueso.
Mientras esto pasaba, unos veinte paisanos invadieron la casa, para
hacer fuego desde las ventanas contra las ruínas del Hospital.
—Señor de Araceli, ¿se marcha usted al fuego? Aguarde usted un rato
para que me lleve, porque me parece que no puedo andar solo. Mande
usted el fuego desde la ventana. Buena puntería. No dejar respirar á
los del Hospital... A ver, joven, despache usted pronto. ¿No tiene
usted un cuchillo á mano? Sería bueno cortar ese pedazo de carne que
cuelga... ¿Cómo va eso, señor de Araceli? ¿Vamos ganando?
—Vamos bien—le respondí desde la ventana.—Ahora retroceden al Hospital.
San Francisco es un hueso un poco duro de roer.
María en tanto miraba fijamente á Montoria, y seguía curándole con
mucho cuidado y esmero.
—Es usted una alhaja, niña—dijo mi amigo.—Parece que no pone las manos
encima de la herida... Pero ¿á qué me mira usted tanto? ¿Tengo monos
en la cara? A ver... ¿Está concluído eso?... Trataré de levantarme...
Pero si no me puedo tener... ¿Qué agua de malvas es ésta que tengo en
las venas? ¡Porr...! iba á decirlo... que no pueda corregir la maldita
costumbre... Señor de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa?
—Señor, á las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están
haciendo prodigios.
En esto llegó un oficial herido á que le pusieran un vendaje.
—Todo marcha á pedir de boca—nos dijo.—No tomarán á San Francisco.
Los del Hospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso,
señores, ha ocurrido por el lado de San Diego. Viendo que los franceses
se apoderaban de la huerta pegada á la casa de los Duendes, cargaron
sobre ellos á la bayoneta los valientes soldados de Orihuela, mandados
por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieron muerte á
muchos, cogiendo trece prisioneros.
—Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el Marqués de
Pino-Hermoso!—exclamó con furor sublime D. José de Montoria.—Señor de
Araceli, vamos allá. Lléveme usted. ¿Hay por ahí un par de muletas?
Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con el corazón. Adiós,
niña, hermosa curandera... Pero ¿por qué me mira usted tanto?... Me
conoce usted, y yo creo haber visto esa cara en alguna parte... sí...
pero no recuerdo dónde.
—Yo también le he visto á usted una vez, una vez sola—dijo Mariquilla
con aplomo,—y ojalá no me acordara.
—No olvidaré este beneficio—añadió Montoria.—Parece usted una buena
muchacha... y muy linda por cierto. Adiós: estoy muy agradecido,
sumamente agradecido... Venga un par de muletas, un bastón, que no
puedo andar, señor de Araceli. Deme usted el brazo... ¿Qué telarañas
son éstas que ante los ojos se me ponen?... Vamos allá, y echaremos á
los franceses del Hospital.
Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía á marchar
yo solo, cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra
del lenguaje tiene energía para expresarla. Parecía que la ciudad
entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán
abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron, obscurecióse el
cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y á lo largo de la calle
vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderos, tejas,
lluvias de tierra y material de todas clases.
—¡La Santa Virgen del Pilar nos asista!—exclamó Montoria.—Parece que ha
volado el mundo entero.
Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y
todos nos encomendamos mentalmente á Dios.
—¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza?—preguntaba uno.
—¿Volamos nosotros también?
—Debe haber sido en el Convento de San Francisco esta terrible
explosión,—dije yo.
—Corramos allá—dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza.—Señor de
Araceli, ¿no decían que estaban tomadas todas las precauciones para
defender á San Francisco?... ¡Pero no hay un par de muletas por ahí!
Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte
de San Francisco había sido volada.
—Mi hijo estaba en el Convento—dijo Montoria pálido como un
difunto.—¡Dios mío, si has determinado que lo pierda también, que muera
por la patria en el puesto del honor!
Acercóse á nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las
primeras páginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con
sus muletas, y parecía en muy mal estado de salud.
—_Sursum Corda_—le dijo el patriota,—dame tus muletas que para nada las
necesitas.
—Déjeme su merced—repuso el cojo,—llegar á aquel portal y se las daré.
No quiero morirme en medio de la calle.
—¿Te mueres tú?
—¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde
ayer, y todavía no me han sacado la bala. Siento que me voy. Tome usía
las muletas.
—¿Vienes de San Francisco?
—No, señor: yo estaba en el arco del Trenque... allí había un cañón:
hemos hecho mucho fuego. Pero San Francisco ha volado por los aires
cuando menos lo creíamos. Toda la parte de Sur y de Poniente vino
al suelo, enterrando mucha gente. Ha sido traición, según dice el
pueblo... Adiós, D. José... aquí me quedo... los ojos se me obscurecen,
la lengua se me traba, yo me voy... la Virgen del Pilar me ampare, y
aquí tiene usía mis remos.
Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia el lugar de la
catástrofe; pero tuvimos que doblar la calle de San Gil, porque no se
podía seguir más adelante. Los franceses habían cesado de hostilizar
el Convento por el lado del Hospital; pero asaltándolo por San Diego,
ocupaban á toda prisa las ruínas, que nadie podía disputarles.
Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco.
—¡Eh, Padre Luengo!—dijo Montoria llamando al fraile de este nombre,
que entraba apresuradamente en la calle de San Gil.—¿Qué hay? ¿Dónde
está el Capitán General? ¿Ha perecido entre las ruínas?
—No—repuso el Padre deteniéndose.—Está con otros jefes en la plazuela
de San Felipe. Puedo anunciarle á usted que su hijo Agustín se ha
salvado, porque era de los que ocupaban la torre.
—¡Bendito sea Dios!—dijo D. José cruzando las manos.
—Toda la parte de Sur y Poniente ha sido destruída—prosiguió Luengo.—No
se sabe cómo han podido minar por aquel sitio. Debieron poner los
hornillos debajo de la sala del Capítulo, y por allí no se habían hecho
minas, creyendo que era lugar seguro.
—Además—dijo un paisano armado y que se acercó al grupo,—teníamos la
casa inmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San
Diego y de Santa Rosa, no podían acercarse allí con facilidad.
—Por eso se cree—indicó un clérigo armado que se nos agregó,—que han
encontrado un paso secreto entre Santa Rosa y la casa de los Duendes.
Apoderados de los sótanos de ésta, con una pequeña galería, pudieron
llegar hasta los subterráneos de la sala del Capítulo.
—Ya se sabe todo—dijo un capitán del ejército.—La casa de los Duendes
tiene un gran sótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía,
sin duda, una comunicación con Santa Rosa, á cuyo Convento perteneció
antiguamente dicho edificio, y servía de granero y almacén.
—Pues si eso es cierto; si esa comunicación existe—añadió Luengo,—ya
comprendo quién se la ha descubierto á los franceses. Ya saben ustedes
que cuando los enemigos fueron rechazados en la huerta de San Diego,
se hicieron algunos prisioneros. Entre ellos está el tío Candiola, que
varias veces ha visitado estos días el campo francés, y desde anoche se
pasó al enemigo.
—Así tiene que ser—afirmó Montoria,—porque la casa de los Duendes
pertenece á Candiola. Harto sabía el condenado judío los pasos y
escondrijos de aquel edificio. Señores, vamos á ver al Capitán General.
¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso?
—¿Pues no se ha de defender?—dijo el militar.—Lo que ha pasado es una
friolera: algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia
de San Francisco.
Todos mirábamos á aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo
imposible. La concisa sublimidad de su empeño parecía una burla, y, sin
embargo, en aquella epopeya de lo increíble, semejantes burlas solían
parar en realidad.
Los que no den crédito á mis palabras, abran la Historia y verán que
unas cuantas docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos,
medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en
la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la
iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas, sin atender al
fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron á arrojar granadas
de mano contra los franceses, obligándoles á abandonar el templo al
caer de la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para
reconquistarlo; pero no pudieron conseguirlo hasta el día siguiente,
cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando á la casa de
Sástago.