Vete lejos de mí, horrible pesadilla. No quiero dormir. Pero el mal
sueño que anhelo desechar vuelve á mortificarme. Quiero borrar de mi
imaginación la lúgubre escena; pero pasa una noche y otra, y la escena
no se borra. Yo, que en tantas ocasiones he afrontado sin pestañear los
mayores peligros, hoy tiemblo: mi cuerpo se estremece, y helado sudor
corre por mi frente. La espada teñida en sangre de franceses se cae de
mis manos, y cierro los ojos para no ver lo que pasa delante de mí.
En vano te arrojo, imagen funesta. Te expulso y vuelves, porque has
echado profunda raíz en mi cerebro. No: yo no soy capaz de quitar á
sangre fría la vida á un semejante, aunque un deber inexorable me lo
ordene. ¿Por qué no temblaba en las trincheras y ahora tiemblo? Siento
un frío mortal. A la luz de las linternas veo algunas caras siniestras;
una, sobre todo, lívida y hosca que expresa un espanto superior á todos
los espantos. ¡Cómo brillan los cañones de los fusiles! Todo está
preparado, y no falta más que una voz: mi voz. Trato de pronunciar la
palabra, y me muerdo la lengua. No, esa palabra no saldrá jamás de mis
labios.
Vete lejos de mí, negra pesadilla. Cierro los ojos, me aprieto los
párpados con fuerza para cerrarlos mejor, y cuanto más los cierro
más te veo, horrendo cuadro. Esperan todos con ansiedad; pero ninguna
ansiedad es comparable á la de mi alma, rebelándose contra la ley que
obliga á determinar el fin de una existencia extraña. El tiempo pasa,
y unos ojos que yo no quisiera haber visto nunca, desaparecen bajo una
venda. Yo no puedo ver tal espectáculo, y quisiera que pusiesen también
un lienzo en los míos. Los soldados me miran, y yo disimulo mi cobardía
frunciendo el ceño. Somos estúpidos y vanos hasta en los momentos
supremos. Parece que los circunstantes se burlan de mi perplejidad, y
esto me da cierta energía. Entonces despego mi lengua del paladar y
grito: _¡Fuego!_
La maldita pesadilla no quiere irse, y me atormenta esta noche, como
anoche, y como anteanoche, reproduciéndome lo que no quiero ver. Más
vale no dormir, y prefiero el insomnio. Sacudo el letargo, y aborrezco
despierto la vigilia como antes aborrecía el sueño. Siempre el mismo
zumbido de los cañones. Esas insolentes bocas de bronce no han cesado
de hablar aún. Han pasado diez días y Zaragoza no se ha rendido,
porque todavía algunos locos se obstinan en guardar para España aquel
montón de polvo y ceniza. Siguen reventando los edificios, y Francia,
después de sentar un pie, gasta ejércitos y quintales de pólvora para
conquistar terreno en que poner el otro. España no se retira mientras
tenga una baldosa en que apoyar la inmensa máquina de su bravura.
Yo estoy exánime y no puedo moverme. Esos hombres que veo pasar por
delante de mí no parecen hombres. Están flacos, macilentos, y sus
rostros serían amarillos, si no les ennegrecieran el polvo y el humo.
Brillan bajo la negra ceja los ojos que ya no saben mirar sino matando.
Se cubren de inmundos harapos, y un pañizuelo ciñe su cabeza como un
cordel. Están tan escuálidos, que parecen los muertos del montón de la
calle de la Imprenta, que se han levantado para relevar á los vivos.
De trecho en trecho se ven, entre columnas de humo, moribundos en cuyo
oído murmura un fraile conceptos religiosos. Ni el moribundo entiende,
ni el fraile sabe lo que dice. La religión misma anda desatinada y
medio loca. Generales, soldados, paisanos, frailes, mujeres, todos
están confundidos. No hay clases ni sexos. Nadie manda ya, y la ciudad
se defiende en la anarquía.
No sé lo que me pasa. No me digáis que siga contando, porque ya no
hay nada. Ya no hay nada que contar, y lo que veo no parece cosa
real, confundiéndose en mi memoria lo verdadero con lo soñado. Estoy
tendido en un portal de la calle de la Albardería, y tiemblo de frío;
mi mano izquierda está envuelta en un lienzo lleno de sangre y fango.
La calentura me abrasa, y anhelo tener fuerzas para acudir al fuego.
No son cadáveres todos los que hay á mi lado. Alargo la mano y toco el
brazo de un amigo que vive aún.
—¿Qué ocurre, Sr. _Sursum Corda_?
—Los franceses parece que están del lado acá del Coso—me contesta con
voz desfallecida.—Han volado media ciudad. Puede ser que sea preciso
rendirse. El Capitán General ha caído enfermo de la epidemia, y está en
la calle de Predicadores. Creen que se morirá. Entrarán los franceses.
Me alegro de morirme para no verlos. ¿Qué tal se encuentra usted, señor
de Araceli?
—Muy mal. Veré si puedo levantarme.
—Yo estoy vivo todavía, á lo que parece. No lo creí. El Señor sea
conmigo. Me iré derecho al cielo. Señor de Araceli, ¿se ha muerto usted
ya?
Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un
poco y llego junto á las Escuelas Pías. Algunos militares de alta
graduación acompañan hasta la puerta á un clérigo pequeño y delgado,
que les despide diciendo: «Con nuestro deber hemos cumplido, y la
fuerza humana no alcanza á más...» Era el Padre Basilio.
Un brazo amigo me sostiene, y reconozco á D. Roque.
—Amigo Gabriel—me dice con aflicción.—La ciudad se rinde hoy mismo.
—¿Qué ciudad?
—Esta.
Al hablar así, me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las
casas, todo corre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los
cimientos para huir también, y desapareciendo á lo lejos, el capacete
de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecen las llamas de la
ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante á Poniente, y el
polvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan
en la misma dirección. El cielo no es cielo, sino un toldo de color
plomizo, que tampoco está quieto.
—Todo huye, todo se va de este lugar de desolación—digo á D. Roque.—Los
franceses no encontrarán nada.
—Nada: hoy entran por la puerta del Angel. Dicen que la capitulación ha
sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza.
En efecto: por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno
por mil que había resistido á las balas y á la epidemia. Son padres
sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede
encontrar á los suyos entre los vivos, tampoco es fácil que los
encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres,
casi todos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en
los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen
llenos de espanto ante espectáculo tan terrible, y casi están á punto
de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos, y se preguntan si son
hombres ó sombras las pocas criaturas con movimiento que discurren ante
su vista.
El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos
de su esposa y de sus hijos. La mujer corre á la trinchera, al
paredón, á la barricada, y busca á su marido. Nadie sabe dónde está:
los mil muertos no hablan, y no pueden dar razón de si está Fulano
entre ellos. Familias numerosas se encuentran reducidas á cero, y no
queda en ellas uno solo que eche de menos á los demás. Esto ahorra
muchas lágrimas, y la muerte ha herido de un solo golpe al padre y al
huérfano, al esposo y á la viuda, á la víctima y á los ojos que habían
de llorarla.
Francia ha puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada á
las orillas del clásico río que da su nombre á nuestra Península; pero
la ha conquistado sin domarla. Al ver tanto desastre y el aspecto que
ofrece Zaragoza, el ejército imperial, más que vencedor, se considera
sepulturero de aquellos heróicos habitantes. Cincuenta y tres mil
vidas le tocaron á la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos
millones de criaturas con que la humanidad pagó las glorias militares
del Imperio francés.
Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una
idea. El Imperio, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible
fortuna, en la audacia, en el genio militar, que siempre es secundario,
cuando, abandonando el servicio de la idea, sólo existe en obsequio de
sí propio; el Imperio francés, digo; aquella tempestad que conturbó los
primeros años del siglo, y cuyos relámpagos, truenos y rayos aterraron
tanto á la Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en
la vida histórica, como en la Naturaleza, es la calma. Todos le vimos
pasar, y presenciamos su agonía en 1815; después vimos su resurrección
algunos años adelante; pero también pasó, derribado el segundo como
el primero por la propia soberbia. Tal vez retoñe por tercera vez este
árbol viejo; pero no dará sombra al mundo durante siglos, y apenas
servirá para que algunos hombres se calienten con el fuego de su última
leña.
Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España
defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando
otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y
sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los
mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España,
despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada
con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos,
su desorden, sus bancarrotas más ó menos declaradas, sus inmorales
partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no
ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de
su nacionalidad; y aun hoy mismo, cuando parece hemos llegado al
último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser
repartida, nadie se atreve á intentar la conquista de esta casa de
locos.
Hombres de poco seso, ó sin ninguno en ocasiones, los españoles darán
mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de
sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y
de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa
central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas,
aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas reserva la Providencia
á esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como
la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará
siempre asegurada.