Luego se sentó sobre un montón de piedras, y á ratos se golpeaba el
cráneo; á ratos, sin soltar el gallo, llevábase la mano al pecho
exhalando profundos suspiros. Preguntéle de nuevo por su hija, con
objeto de saber de Agustín, y me dijo:
—Yo estaba en aquella casa de la calle de Añón, donde nos metimos ayer.
Todos me decían que allí no había seguridad y que mejor estaríamos en
el centro del pueblo; pero á mí no me gusta ir allí donde van todos,
y el lugar que prefiero es el que abandonan los demás. El mundo está
lleno de ladrones y rateros. Conviene, pues, huir del gentío. Nos
acomodamos en un cuarto bajo de aquella casa. Mi hija tenía mucho miedo
al cañoneo y quería salir afuera. Cuando reventaron las minas en los
edificios cercanos, ella y Guedita salieron despavoridas. Quedéme solo,
pensando en el peligro que corrían mis efectos, y de pronto entraron
unos soldados con teas encendidas, diciendo que iban á pegar fuego á
la casa. Aquellos canallas miserables no me dieron tiempo á recoger
nada, y lejos de compadecer mi situación, burláronse de mí. Yo escondí
la caja de los recibos, por temor á que, creyéndola llena de dinero,
quisieran quitármela; pero no me fué posible permanecer allí mucho
tiempo. Me abrasaba con el resplandor de las llamas, y me ahogaba con
el humo. A pesar de todo, insistí en salvar mi caja... ¡Cosa imposible!
Tuve que huir. Nada pude traer, ¡Dios poderoso! nada más que este pobre
animal, que había quedado olvidado por sus dueños en el gallinero. Buen
trabajo me costó cogerle. ¡Casi se me quemó toda una mano! ¡Oh, maldito
sea el que inventó el fuego! ¡Que pierda uno su fortuna por el gusto
de estos héroes!... Yo tengo dos casas en Zaragoza, además de la en
que vivía. Una de ellas, la de la calle de la Sombra, se me conserva
ilesa, aunque sin inquilinos. La otra, que llaman Casa de los Duendes,
á espaldas de San Francisco, está ocupada por las tropas, y toda me la
han destrozado. ¡Ruínas, nada más que ruínas! ¡Es feliz la ocurrencia
de quemar las casas, sólo por impedir que las conquisten los franceses!
—La guerra exige que se haga así—le respondí,—y esta heróica ciudad
quiere llevar hasta el último extremo su defensa.
—¿Y qué saca Zaragoza con llevar su defensa hasta el último extremo?
A ver, ¿qué van ganando los que han muerto? Hábleles usted á ellos de
la gloria, del heroísmo y de todas esas zarandajas. Antes que volver
á vivir en ciudades heróicas, me iré á un desierto. Concedo que haya
alguna resistencia; pero no hasta ese tan bárbaro extremo. Verdad es
que los edificios valían poco, tal vez menos que esta gran masa de
carbón que ahora resulta. A mí no me vengan con simplezas. Esto lo han
ideado los pájaros gordos para luego hacer negocio con el carbón.
Me hizo reir. No crean mis lectores que exagero, pues tal como lo
cuento, me lo dijo él punto por punto, y pueden dar fe de mi veracidad
los que tuvieron la desdicha de conocerle. Si Candiola hubiera vivido
en Numancia, habría dicho que los numantinos eran negociantes de carbón
disfrazados de héroes.
—¡Estoy perdido, estoy arruinado para siempre!—añadió después, cruzando
las manos en actitud dolorosa.—Esos recibos eran parte de mi hacienda.
Vaya usted ahora á reclamar las cantidades sin documento alguno, y
cuando casi todos han muerto y yacen en putrefacción por esas calles.
No; lo digo y lo repito: no es conforme á la ley de Dios lo que han
hecho esos miserables. Es un pecado mortal, es un delito imperdonable
dejarse matar cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá
cobrar fácilmente. Ya se ve... esto de pagar es muy duro, y algunos
dicen: «muramos y nos quedaremos con el dinero.» Pero Dios debiera
ser inexorable con esta canalla heróica, y en castigo de su infamia
resucitarlos para que se las vieran con el alguacil y el escribano.
¡Dios mío, resucítalos! ¡Santa Virgen del Pilar, Santo Dominguito del
Val, resucítalos!
—Y su hija de usted—le pregunté con interés,—¿ha salido ilesa del fuego?
—No me nombre usted á mi hija—replicó con desabrimiento.—Dios ha
castigado en mí su culpa. Ya sé quién es su infame pretendiente. ¿Quién
podía ser sino ese condenado hijo de D. José Montoria, que estudia para
clérigo? María me lo ha confesado. Ayer estaba curándole la herida que
tiene en el brazo. ¿Hase visto muchacha más desvergonzada? ¡Y esto lo
hacía delante de mí!
Esto decía, cuando Doña Guedita, que buscaba afanosamente á su amo,
apareció trayendo en una taza algunas provisiones. El se las comió con
voracidad, y luego, á fuerza de ruegos, logramos arrancarle de allí,
conduciéndole al callejón del Organo, donde estaba su hija, guarecida
en un zaguán con otras infelices. Candiola, después de regañarla, se
internó con el ama de llaves.
—¿Dónde está Agustín?—pregunté á Mariquilla.
—Hace un instante estaba aquí; pero vinieron á darle la noticia de la
muerte de un hermano suyo, y se fué. Oí decir que estaba su familia en
la calle de las Rufas.
—¡Que ha muerto su hermano, el primogénito!
—Así se lo dijeron, y él corrió allí muy afligido.
Sin oir más, yo también corrí á la calle de la Parra para aliviar en
lo posible la tribulación de aquella generosa familia, á quien tanto
debía, y antes de llegar á ella encontré á D. Roque, que con lágrimas
en los ojos se acercó á hablarme.
—Gabriel—me dijo,—Dios ha cargado hoy la mano sobre nuestro buen amigo.
—¿Ha muerto el hijo mayor, Manuel Montoria?
—Sí; y no es esa la única desgracia de la familia. Manuel era casado,
como sabes, y tenía un hijo de cuatro años. ¿Ves aquel grupo de
mujeres? Pues allí está la mujer del desgraciado primogénito de
Montoria, con su hijo en brazos, el cual, atacado de la epidemia,
agoniza en estos momentos. ¡Qué horrible situación! Ahí tienes á una de
las primeras familias de Zaragoza reducida al más triste estado, sin un
techo en que guarecerse, y careciendo hasta de lo más preciso. Toda la
noche ha permanecido esa infeliz madre en la calle y á la intemperie
con el enfermo en brazos, aguardando por instantes que exhale el último
suspiro; y en realidad, mejor está aquí que en los pestilentes sótanos,
donde no se puede respirar. Gracias á que yo y otros amigos la hemos
socorrido en lo posible... ¿pero qué podemos hacer, si apenas hay pan,
si se ha acabado el vino, y no se encuentra un pedazo de carne de vaca,
aunque se dé por él un pedazo de la nuestra?
Principiaba á amanecer. Acerquéme al grupo de mujeres, y ví el
lastimoso espectáculo. Con el ansia de salvarle, la madre y las demás
mujeres que le hacían compañía martirizaban al infeliz niño aplicándole
los remedios que cada cual discurría; pero bastaba ver á la víctima
para comprender la imposibilidad de salvar aquella naturaleza, que la
muerte había asido ya con su mano amarilla.
La voz de D. José de Montoria me obligó á seguir adelante, y en la
esquina de la calle de las Rufas, un segundo grupo completaba el cuadro
horroroso de las desgracias de aquella familia. En el suelo yacía el
cadáver de Manuel Montoria, joven de treinta años, no menos simpático y
generoso en vida que su padre y hermano. Una bala le había atravesado
el cráneo, y de la pequeña herida exterior, en el punto por donde entró
el proyectil, salía un hilo de sangre que, bajando por la sien, el
carrillo y el cuello, escurríase entre la piel y la camisa. Fuera de
esto, su cuerpo no parecía el de un difunto.
Cuando yo me acerqué, su madre no se había decidido aún á creer que
estaba muerto, y poniendo la cabeza del cadáver sobre sus rodillas,
quería reanimarle con ardientes palabras. Montoria, de rodillas al
costado derecho, tenía entre sus manos la de su hijo, y sin decir
nada, no le quitaba los ojos. Tan pálido como el muerto, el padre no
lloraba.
—Mujer—exclamó al fin.—No pidas á Dios imposibles. Hemos perdido á
nuestro hijo.
—¡No: mi hijo no ha muerto!—gritó la madre con desesperación.—Es
mentira. ¿Para qué me engañan? ¿Cómo es posible que Dios nos quite á
nuestro hijo? ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? ¡Manuel,
tú, hijo mío! ¿No me respondes? ¿Por qué no te mueves? ¿Por qué no
hablas?... Al instante te llevaremos á casa... pero ¿dónde está nuestra
casa? Mi hijo se enfría sobre este desnudo suelo. ¡Ved qué heladas
están sus manos y su cara!
—Retírate, mujer—dijo Montoria conteniendo el llanto.—Nosotros
cuidaremos al pobre Manuel.
—¡Señor, Dios mío!—clamó la madre,—¿qué tiene mi hijo que no habla,
ni se mueve, ni despierta? Parece muerto; pero no está ni puede estar
muerto. Santa Virgen del Pilar, ¿no es verdad que mi hijo no ha muerto?
—Leocadia—repitió Montoria secando las primeras lágrimas que salieron
de sus ojos,—vete de aquí: retírate, por Dios. Ten resignación, porque
Dios nos ha dado un fuerte golpe, y nuestro hijo no vive ya. Ha muerto
por la patria...
—¡Que ha muerto mi hijo!—exclamó la madre estrechando el cadáver entre
sus brazos como si se lo quisieran quitar.—No, no, no: ¿qué me importa
á mí la patria? ¡Que me devuelvan á mi hijo! ¡Manuel, niño mío! No te
separes de mi lado, y el que quiera arrancarte de mis brazos tendrá que
matarme.
—¡Señor, Dios mío! ¡Santa Virgen del Pilar!—dijo D. José de Montoria
con grave acento.—Nunca os ofendí á sabiendas ni deliberadamente.
Por la patria, por la religión y por el Rey, he dado mis bienes y
mis hijos. ¿Por qué antes que llevaros á éste mi primogénito, no me
quitásteis cien veces la vida á mí, miserable viejo que para nada
sirvo? Señores que estáis presentes: no me avergüenzo de llorar
delante de ustedes. Con el corazón despedazado, Montoria es el mismo.
¡Dichoso tú mil veces, hijo mío, que has muerto en el puesto del honor!
Desgraciados los que vivimos después de perderte. Pero Dios lo quiere
así: bajemos la frente ante el Dueño de todas las cosas. Mujer, Dios
nos ha dado paz, felicidad, bienestar y buenos hijos; ahora parece
que nos lo quiere quitar todo. Llenemos el corazón de humildad, y no
maldigamos nuestro sino. Bendita sea la mano que nos hiere, y esperemos
tranquilos el beneficio de la propia muerte.
Doña Leocadia no tenía vida más que para llorar, besando incesantemente
el frío cuerpo de su hijo. D. José, tratando de vencer las
irresistibles manifestaciones de su dolor, se levantó y dijo con voz
entera:
—Leocadia, levántate. Es preciso enterrar á nuestro hijo.
—¡Enterrarle!...—exclamó la madre.—¡Enterrarle!...
Y no pudo decir más porque se quedó sin sentido.
En el mismo instante oyóse un grito desgarrador no lejos de allí, y una
mujer corrió despavorida hacia nosotros. Era la mujer del desgraciado
Manuel, viuda ya y sin hijo. Varios de los presentes nos abalanzamos á
contenerla para que no presenciase aquella escena, tan horrible como
la que acababa de dejar, y la infeliz dama forcejeó con nosotros,
pidiéndonos que la dejásemos ver á su marido.
En tanto D. José, apartándose de allí, llegó á donde yacía el cuerpo de
su nieto: tomóle en brazos, y lo trajo junto al de Manuel. Las mujeres
exigían todo nuestro cuidado, y mientras Doña Leocadia continuaba
sin movimiento ni sentido abrazada al cadáver, su nuera, poseída de
un dolor febril, corría en busca de imaginarios enemigos, á quienes
anhelaba despedazar. La conteníamos y se nos escapaba de las manos.
Tan pronto reía con espantosa carcajada, como se nos ponía de rodillas
delante, rogándonos que le devolviéramos los dos cuerpos que le
habíamos quitado.
Pasaba la gente; pasaban soldados, frailes, paisanos: todos veían
aquello con indiferencia, porque á cada paso se encontraba un
espectáculo semejante. Los corazones estaban osificados, y las almas
parecían haber perdido sus más hermosas facultades, no conservando
más que el rudo heroísmo. Por fin la pobre mujer cedió á la fatiga,
al aniquilamiento producido por su propia pena, quedándosenos en
los brazos como muerta. Pedimos un cordial ó algún alimento para
reanimarla, pero no había nada; y las demás personas que allí ví, harto
trabajo tenían con atender á los suyos. En tanto, D. José, ayudado de
su hijo Agustín, que también trataba de vencer su acerbo dolor, desligó
el cadáver de los brazos de Doña Leocadia. El estado de esta infeliz
señora era tal, que creímos tener que lamentar otra muerte en aquel día.
Luego Montoria repitió:
—Es preciso que enterremos á mi hijo.
Miró él, miramos todos en derredor, y vimos muchos, muchísimos
cadáveres insepultos. En la calle de las Bufas había bastantes; en
la inmediata de la Imprenta[3] se había constituído una especie de
depósito. No es exageración lo que voy á decir. Innumerables cuerpos
yacían apilados en la angosta vía, formando como un ancho paredón
entre casa y casa. Aquello no se podía mirar, y el que lo vió, fué
condenado á tener ante los ojos durante toda su vida la fúnebre pira
hecha con cuerpos de sus semejantes. Parece mentira, pero es cierto.
Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó á dar voces. Por
un ventanillo apareció otro hombre que, contestando al primero, dijo:
«sube.» Entonces aquél, creyendo que era extravío entrar en la casa y
subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso
principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta.
En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en abrir
sepulturas? Por cada par de brazos útiles y por cada azada había
cincuenta muertos. De trescientos á cuatrocientos perecían diariamente
sólo de la epidemia. Cada acción encarnizada arrancaba á la vida
algunos miles, y ya Zaragoza empezaba á dejar de ser una gran ciudad
poblada por criaturas vivas.
Montoria, al ver aquello, habló así:
—Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo
tierra. Sus almas están en el cielo: ¿qué importa lo demás?
Acomodémosles ahí en la puerta de la calle de las Rufas... Agustín,
hijo mío, más vale que te vayas á las filas. Los jefes pueden echarte
de menos, y creo que hace falta gente en la Magdalena. Ya no tengo
más hijo varón que tú. Si mueres, ¿qué me queda? Pero el deber es lo
primero, y antes que cobarde, prefiero verte como tu pobre hermano, con
la sien traspasada por una bala francesa.
Después, poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo, que estaba
descubierto y de rodillas junto al cadáver de Manuel, prosiguió así,
elevando los ojos al cielo:
—Señor, si has resuelto también llevarte á mi segundo hijo, llévame
á mí primero. Cuando se acabe el sitio, no deseo tener más vida.
Mi pobre mujer y yo hemos sido bastante felices, hemos recibido
hartos beneficios para maldecir la mano que nos ha herido; pero para
probarnos, ¿no ha sido ya bastante? ¿ha de perecer también nuestro
segundo hijo?... Ea, señores—añadió luego,—despachemos pronto, que
quizás hagamos falta en otra parte.
—Sr. D. José—dijo D. Roque llorando,—retírese usted también, que los
amigos cumpliremos este triste deber.
—No, yo soy hombre para todo, y Dios me ha dado un alma que no se dobla
ni se rompe.
Y tomó, ayudado de otro, el cadáver de Manuel, mientras Agustín y yo
cogimos el del nieto, para ponerlos á entrambos en la entrada del
callejón de las Rufas, donde otras muchas familias habían depositado
los muertos. Montoria, luego que soltó el cuerpo, exhaló un suspiro, y
dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotado sus
fuerzas, dijo:
—Es verdad, señores: yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me
encontraba joven; hoy me encuentro viejo.
Efectivamente: Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado
en él la vida de diez años.
Sentóse sobre una piedra, y puestos los codos en las rodillas, apoyó la
cara entre las manos, en cuya actitud permaneció algún tiempo, sin que
los presentes turbáramos su dolor. Doña Leocadia, su hija y su nuera,
asistidas por otros dos individuos de la familia, continuaban en el
Coso. D. Roque, que iba y venía de uno á otro extremo, dijo:
—La señora sigue tan abatida... Ahora rezan todas con mucha devoción
y no cesan de llorar. Están muy caídas las pobrecitas. Muchachos, es
preciso que deis por la ciudad una vuelta, á ver si se encuentra algo
substancioso con que alimentarlas.
Montoria se levantó entonces, limpiando las lágrimas que corrían
abundantemente de sus ojos encendidos.
—No ha de faltar, según creo. Amigo Don Roque, busque usted algo de
comer, cueste lo que cueste.
—Ayer pedían cinco duros por una gallina en la Tripería,—dijo uno, que
era criado antiguo de la casa.
—Pero hoy no las hay—indicó D. Roque.—He estado allí hace un momento.
—Amigos, buscad por ahí, que algo se encontrará. Para mí nada necesito.
Esto decía, cuando sentimos un agradable cacareo de ave de corral.
Miramos todos con alegría hacia la entrada de la calle, y vimos al tío
Candiola que, sosteniendo en su mano izquierda el pollo consabido, le
acariciaba el negro plumaje con la derecha. Antes que se lo pidieran,
llegóse á Montoria, y con mucha sorna le dijo:
—Una onza por el pollo.
—¡Qué carestía!—exclamó D. Roque.—¡Si no tiene más que huesos el pobre
animal!
No pude contener la cólera al ver ejemplo tan claro de la repugnante
tacañería y empedernido corazón del avaro. Así es que lleguéme á él, y
arrancándole el pollo de las manos, le dije violentamente:
—Ese pollo es robado. Venga acá. ¡Miserable usurero! ¡Si al menos
vendiera lo suyo! ¡Una onza! A cinco duros estaban ayer en el mercado.
¡Cinco duros, canalla, ladrón; cinco duros! Ni un ochavo más.
Empezó á chillar Candiola reclamando su pollo, y á punto estuvo de ser
apaleado impíamente; pero D. José de Montoria intervino diciendo:
—Désele lo que quiere. Tome usted, señor Candiola, la onza que pide por
ese animal.
Dióle la onza, que el infame tacaño no tuvo reparo en tomar, y luego
nuestro amigo prosiguió hablando de esta manera:
—Sr. de Candiola, tenemos que hablar. Ahora caigo en que le ofendí á
usted... Sí... hace días, cuando aquello de la harina... Es que á veces
no es uno dueño de sí mismo, y se nos sube la sangre á la cabeza...
Verdad que usted me provocó, y como se empeñaba en que le dieran por
la harina más de lo que el señor Capitán General había mandado... Lo
cierto es, amigo D. Jerónimo, que yo me amosqué... ya ve usted... no
lo puede uno remediar así de pronto... pues... y creo que se me fué la
mano; creo que hubo algo de...
—Sr. Montoria—- dijo gruñendo el avaro,—llegará día en que haya otra
vez autoridades en Zaragoza. Entonces nos veremos las caras.
—¿Va usted á meterse entre jueces y escribanos? Malo. Aquello pasó...
Fué un arrebato de cólera, de esos que no se pueden remediar. Lo que me
llama la atención es que hasta ahora no había caído en que hice mal,
muy mal. No se debe ofender al prójimo...
—Y menos ofenderle después de robarle, gruñó D. Jerónimo, mirándonos á
todos y sonriendo con desdén.
—Eso de robar no es cierto—continuó Don José de Montoria,—porque yo
hice lo que el Capitán General me ordenaba. Cierto es lo de la ofensa
de palabra y de obra, y ahora, cuando le he visto á usted venir
con el pollo, he caído en la cuenta de que obré mal. Mi conciencia
me lo dice. ¡Ah, Sr. Candiola, soy muy desgraciado! Cuando uno es
feliz, no conoce sus faltas. Pero ahora... Lo cierto es, D. Jerónimo
de mi alma, que en cuanto le ví venir á usted, me sentí inclinado
á pedirle perdón por aquellos golpes... Tengo la mano pesada, y...
Así es que en un pronto... no sé lo que me hago... Sí, yo le ruego á
usted que me perdone y seamos amigos. Sr. D. Jerónimo, seamos amigos,
reconciliémonos y no hagamos caso de resentimientos antiguos. El odio
envenena las almas, y el recuerdo de no haber obrado bien nos pone
encima un peso insoportable.
—Después de hecho el daño, todo se arregla con hipócritas
palabrejas—dijo el avaro, volviendo la espalda á Montoria y
escurriéndose fuera del grupo.—Más vale que piense el Sr. Montoria en
reintegrarme el precio de la harina... ¡Perdoncitos á mí...! Ya no me
queda nada que ver.
Dijo esto en voz baja y alejóse con lento paso. Montoria, viendo que
alguno de los presentes corría tras él insultándole, añadió:
—Dejadle marchar tranquilo, y tengamos compasión de ese desgraciado.