Como he dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la
calle de Pabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada.
Si encarnizada fué la batalla hasta las tres, hora en que nos
concentramos hacia la plaza de la Magdalena, no lo fué menos desde
dicha ocasión hasta la noche. Los franceses empezaron á hacer trabajos
en las casas arruinadas por los hornillos, y era curioso ver cómo
entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas,
caminos cubiertos, y plataformas para emplazar la artillería. Aquélla
era una guerra que cada vez se iba pareciendo menos á las demás guerras
conocidas.
De esta nueva fase de batalla resultó una ventaja y un inconveniente
para los franceses, porque si la demolición de las casas les permitía
colocar en ellas algunas piezas, en cambio los hombres quedaban á
descubierto. Por nuestra desgracia no supimos aprovecharnos de esto al
presenciar las voladuras. El terror nos hizo ver una centuplicación del
peligro, cuando en realidad lo disminuía, y no queriendo ser menos que
ellos en aquel duelo á fuego, los zaragozanos empezaron á incendiar las
casas de la calle de Pabostre que no podían sostener.
Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo
conseguirlo en la laberíntica guerra de las madrigueras, empezaron á
destruirlas, unos con la mina, otros con el incendio, quedándose á
descubierto como el impaciente gladiador que arroja su escudo.
¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento,
y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en
aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento en que no pudiendo
resistir más mi cuerpo, como el de otros compañeros que habían tenido
la suerte ó la desgracia de vivir, se arrastraba sobre el arroyo,
tropezando con cadáveres insepultos ó medio inhumados entre los
escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados á los extremos del
delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba,
y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores
inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos
lóbrega obscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en
medio de la noche, porque llamas semejantes á las que suponemos en el
Infierno enrojecían la ciudad por otro lado.
Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimiento
otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo
de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento tan horrible! ¡Qué
hambre! ¡Qué sed! Ví correr á muchos con ágiles movimientos; les oí
gritar; ví proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre
las paredes cercanas: iban y venían no sé á dónde ni de dónde. No era
yo el único que, agotadas las fuerzas del cuerpo y del espíritu después
de tantas horas de lucha, se había rendido. Otros muchos, que no tenían
la acerada entereza de los cuerpos aragoneses, se arrastraban como
yo, y nos pedíamos unos á otros un poco de agua. Algunos, más felices
que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y
recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne fría y envuelta en tierra,
que devoraban con avidez.
Algo reanimados, seguimos buscando, y pude alcanzar una parte en las
migajas de aquel festín. No sé si estaba yo herido: algunos de los que
conmigo hablaban, comunicándome su gran hambre y sed, tenían horribles
golpes, quemaduras y balazos. Por fin encontramos unas mujeres que nos
dieron á beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro,
y luego en las manos de un muerto descubrimos un pañuelo liado que
contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite. Alentados por
los repetidos hallazgos seguimos merodeando, y al fin, lo poco que
logramos comer, y más que nada el agua sucia que bebimos, nos devolvió
en parte las fuerzas.
Yo me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí
que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor
en el brazo derecho, juzguéme gravemente herido; pero aquel malestar
era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas
provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre.
Volví á pensar sin confusiones; volví á ver obscuridad, y oí
distintamente los gritos, los pasos precipitados, los cañonazos
cercanos y distantes en diálogo pavoroso. Sus estampidos aquí y allí
parecían preguntas y respuestas.
Los incendios continuaban. Había sobre la ciudad una densa niebla,
formada de polvo y humo, la cual, con el resplandor de las llamas,
formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en
sueños, sí. Las casas despedazadas, con sus huecos abiertos á la
claridad como ojos infernales; las recortaduras angulosas de las ruínas
humeantes; las vigas encendidas, eran espectáculo menos siniestro
que el de aquellas figuras saltonas é incansables, que no cesaban de
revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran
los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo con los franceses,
y les disputaban ferozmente un palmo del Infierno.
Me encontraba en la calle de Puerta Quemada, y lo que he descrito se
veía en las dos direcciones opuestas del Seminario y de la entrada de
la calle de Pabostre. Dí algunos pasos; pero caí otra vez rendido de
fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se me acercó y empezó á
hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado á los que mueren
por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el
cansancio y la sed me habían postrado, y que creía tener los primeros
síntomas de la epidemia. Entonces el buen religioso, en quien al punto
reconocí al Padre Mateo del Busto, se sentó á mi lado, y dijo exhalando
un hondo suspiro:
—Yo tampoco me puedo tener, y creo que me muero.
—¿Está Vuestra Paternidad herido?—le pregunté, viendo un lienzo atado á
su brazo derecho.
—Sí, hijo mío: una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento
grandísimo dolor; pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por
nosotros. Desde que amaneció no he cesado de curar heridos, y encaminar
moribundos al Cielo. En diez y seis horas no he descansado un solo
momento, ni comido ni bebido cosa alguna. Una mujer me ató este lienzo
en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho...
¡Cuánto muerto, Dios mío! ¿Y estos heridos que nadie recoge...? Pero
¡ay! yo no puedo tenerme en pie, yo me muero. ¿Has visto aquella zanja
que hay al fin de la calle de los Clavos? Pues allí yace sin vida el
desgraciado Coridón. Fué víctima de su arrojo. Pasábamos por allí para
recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un
grupo de franceses que pasaban de una casa á otra. Coridón, cuya sangre
impetuosa le impele á los actos más heróicos, se lanzó ladrando sobre
ellos. ¡Ay! ensartándolo en una bayoneta, lo arrojaron exánime dentro
de la zanja... ¡Cuántas víctimas en un solo día, Araceli! ¡Pues no
tiene usted poca suerte en haber salido ileso! Pero se morirá usted
de la epidemia, que es peor. Hoy he dado la absolución á sesenta
moribundos de la epidemia. A usted también se la daré, amigo mío,
porque sé que no comete pecadillos y que se ha portado valientemente
en estos días... ¿Qué tal? ¿Crece el mal? Efectivamente, está usted
más amarillo que esos cadáveres que nos rodean. Morir de la epidemia,
durante el horroroso cerco, también es morir por la patria. Joven,
ánimo: el Cielo se abre pare recibirle á usted, y la Virgen del Pilar
le agasajará con su manto de estrellas. La vida no vale nada. ¡Cuánto
mejor es morir honrosamente y ganar con el padecer de un día la eterna
gloria! En nombre de Dios le perdono á usted todos sus pecados.
Después de murmurar la oración propia del caso, pronunció,
bendiciéndome, el _ego te absolvo_, y extendiéndose luego cuan largo
era sobre el suelo. Su aspecto era tristísimo, y aunque yo no me
encontraba bien, juzguéme en mejor estado de salud que el buen fraile.
No fué aquélla la primera ocasión en que el confesor caía antes que
el moribundo, y el médico antes que el enfermo. Llamé al Padre Mateo,
y como no me respondiese sino con lastimeros quejidos, apartéme de
allí para buscar quien fuera en su ayuda. Encontré á varios hombres y
mujeres, y les dije:
—Ahí está el Padre Fray Mateo del Busto que no puede moverse.
Pero no me hicieron caso y siguieron adelante. Muchos heridos me
llamaban á su vez, pidiéndome que les diese auxilio; pero yo tampoco
les hacía caso. Junto al Coso encontré un niño de ocho ó diez años,
que marchaba solo y llorando con el mayor desconsuelo. Le detuve; le
pregunté por sus padres, y señaló un punto cercano donde había gran
número de muertos y heridos.
Más tarde encontré al mismo niño en diversos puntos, siempre solo,
siempre llorando, y nadie se cuidaba de él.
No se oía otra cosa que las preguntas: _¿Has visto á mi hermano? ¿Has
visto á mi hijo? ¿Has visto á mi padre?_ Pero mi hermano, mi hijo y mi
padre no parecían por ninguna parte. Ya nadie se cuidaba de llevar los
enfermos á las iglesias, porque todas ó casi todas estaban atestadas.
Los sótanos y cuartos bajos, que antes se consideraron buenos refugios,
ofrecían una atmósfera infecta y mortífera. Llegó el momento en que
donde mejor se encontraban los heridos era en medio de la calle.
Me dirigí hacia el centro del Coso, porque me dijeron que allí se
repartía algo de comer; pero nada alcancé. Iba á volver á las Tenerías,
y al fin, frente al Almudí, me dieron un poco de comida caliente. Al
punto me sentí mejor, y lo que creía síntomas de epidemia desapareció
poco á poco, pues mi mal, hasta entonces, era de los que se curan con
pan y vino. Acordéme al punto del Padre Mateo del Busto, y con otros
que se me juntaron fuimos á prestarle auxilio. El desgraciado anciano
no se había movido, y cuando nos acercamos, preguntándole cómo se
encontraba, nos contestó así:
—¡Cómo! ¿Ha sonado la campana de maitines? Todavía es temprano. Déjenme
ustedes descansar. Me hallo fatigadísimo, Padre González. He pasado
diez y seis horas cogiendo flores en la huerta... Estoy rendido.
A pesar de sus ruegos le cargamos entre cuatro; pero al poco trecho se
nos quedó muerto en los brazos.
Mis compañeros acudieron al fuego, y yo me disponía á seguirlos, cuando
alcancé á ver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío
Candiola, que salió de una casa cercana con los vestidos chamuscados,
y apretando entre sus manos un ave de corral que cacareaba sintiéndose
prisionera. Le detuve en medio de la calle preguntándole por su hija y
por Agustín, y con gran agitación me dijo:
—¡Mi hija!... No sé... Allá, allá está... ¡Todo, todo lo he perdido!
¡Los recibos! ¡Se han quemado los recibos!... Y gracias que al salir de
la casa tropecé con este pollo que huía como yo del horroroso fuego.
¡Ayer valía una gallina cinco duros!... Pero mis recibos, ¡Santa Virgen
del Pilar, y tú, Santo Dominguito de mi alma! ¿por qué se han quemado
mis recibos?... Todavía se pueden salvar... ¿Quiere usted ayudarme?
Debajo de una gran viga ha quedado la caja de lata en que los tenía...
¿Dónde hay por ahí media docena de hombres?... ¡Dios mío! Pero esa
Junta, esa Audiencia, ese Capitán General, ¿en qué están pensando?...
Y luego siguió gritando á los que pasaban:
—¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo... á ver si levantamos la
viga que cayó en el rincón!... ¡Eh! buenos amigos, dejen ustedes ahí
un ladito ese moribundo que llevan al hospital, y vengan á ayudarme.
¿No hay un alma piadosa? Parece que los corazones se han vuelto de
bronce... Ya no hay sentimientos humanitarios... ¡Oh! zaragozanos sin
piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando!
Viendo que nadie le amparaba, entró de nuevo en la casa; pero salió al
poco rato gritando con desesperación:
—¡Ya no se puede salvar nada! ¡Todo está ardiendo! Virgen mía del
Pilar, ¿por qué no haces un milagro? ¿Por qué no me concedes el don
de aquellos prodigiosos niños del horno de Babilonia, para que pueda
penetrar dentro del fuego y salvar mis papeles?