El 3 de Febrero se apoderaron los franceses del Convento de Jerusalén,
que estaba entre Santa Engracia y el Hospital[4]. La acción que
precedió á la conquista de tan importante posición fué tan sangrienta
como las de Tenerías, y allí murió el distinguido comandante de
ingenieros D. Marcos Simonó. Por la parte del arrabal poco adelantaban
los sitiadores, y en los días 6 y 7 todavía no habían podido dominar la
calle de Puerta Quemada.
Las autoridades comprendían que era difícil prolongar mucho más la
resistencia, y con ofertas de honores y dinero intentaban exaltar á
los patriotas. En una proclama del 2 de Febrero, Palafox, al pedir
recursos, decía: «Doy mis dos relojes y veinte cubiertos de plata, que
es lo que me queda.» En la del 4 de Febrero ofrecía armar caballeros
á los doce que más se distinguieran, para lo cual creaba una Orden
militar noble, llamada de _Infanzones_; y en la del 9 se quejaba de la
indiferencia y _abandono con que algunos vecinos miraban la suerte de
la patria_, y después de suponer que el desaliento era producido por
el _oro francés_, amenazaba con grandes castigos al que se mostrara
cobarde.
Las acciones de los días 3, 4 y 5 no fueron tan encarnizadas como la
última que describí. Franceses y españoles estaban muertos de fatiga.
Las boca-calles que conservamos en la plazuela de la Magdalena,
conteniendo siempre al enemigo en sus dos avances de la calle de
Palomar y de Pabostre, se defendían con cañones. Los restos del
Seminario estaban asimismo erizados de artillería, y los franceses,
seguros de no poder echarnos de allí por los medios ordinarios,
trabajaban sin cesar en sus minas.
Mi batallón se había fundido en el de Extremadura, pues el resto de uno
y otro no llegaba á tres compañías. Agustín Montoria era capitán, y yo
fuí ascendido á alférez el día 2. No volvimos á prestar servicio en las
Tenerías, y lleváronnos á guarnecer á San Francisco, vasto edificio que
ofrecía buenas posiciones para tirotear á los franceses, establecidos
en Jerusalén. Se nos repartían raciones muy escasas, y los que ya nos
contábamos en el número de los oficiales, comíamos rancho lo mismo que
los soldados. Agustín guardaba su pan para llevárselo á Mariquilla.
Desde el día 4 empezaron los franceses á minar el terreno para
apoderarse del Hospital y de San Francisco, pues harto sabían que
de otro modo era imposible. Para impedirlo contraminamos, con
objeto de volarles á ellos antes que nos volaran á nosotros, y este
trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra á nada del mundo puede
compararse. Parecíamos haber dejado de ser hombres para convertirnos en
otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas,
lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos
largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo obscuro
de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de
nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los
franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie,
nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar
de exterminarnos.
El Convento de San Francisco tenía por la parte del coro vastas bodegas
subterráneas. Los edificios que ocupaban más abajo los franceses
también las tenían, y rara era la casa que no se alzaba sobre profundos
sótanos. En ellos perecieron muchos enemigos, ya por hundimientos de
los arruinados pisos, ya heridos desde lejos por nuestras balas, que
penetraban en lo más escondido. Las galerías abiertas por las azadas de
unos y otros juntábanse al fin en uno de aquellos aposentos: á la luz
de nuestros faroles veíamos á los franceses, como imaginarias figuras
de duendes engendrados por la luz rojiza en las sinuosidades de la
mazmorra; ellos nos veían también, y al punto nos tiroteábamos; pero
nosotros íbamos provistos de granadas de mano, y arrojándolas sobre
ellos les poníamos en dispersión, persiguiéndoles luego, á arma blanca,
á lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de
esas luchas angustiosas que á veces trabamos contra seres aborrecidos
en las profundas concavidades del sueño; pero era cierto y se repetía á
cada instante en diversos puntos.
En esta penosa tarea nos relevábamos frecuentemente, y en los ratos de
descanso salíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo
parque, hospital y cementerio general de los sitiados. Una tarde (creo
que la del 5) estábamos en la puerta del Convento varios muchachos
del batallón de Extremadura y de San Pedro, y comentábamos las
peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposible
la resistencia. El corrillo se renovaba constantemente. D. José de
Montoria se acercó á nosotros, y saludándonos con semblante triste
sentóse en el banquillo de madera que teníamos junto á la puerta.
—Oiga usted lo que se habla por aquí, señor D. José—le dije.—La gente
cree que es imposible resistir muchos días más.
—No os desaniméis, muchachos—contestó.—Bien dice el Capitán General en
su proclama que corre mucho oro francés por la ciudad.
Un franciscano que venía de auxiliar á algunas docenas de moribundos,
tomó la palabra y dijo:
—Es un dolor lo que pasa. No se habla por ahí de otra cosa que de
rendirse. Si parece que esto ya no es Zaragoza. ¡Quién conoció á
aquella gente templada del primer sitio!...
—Dice bien su paternidad—afirmó Montoria.—Está uno avergonzado, y
hasta los que tenemos corazón de bronce nos sentimos atacados de esta
flaqueza que cunde más que la epidemia. Y en resumidas cuentas, no sé
á qué viene ahora esa novedad de rendirse cuando nunca lo hemos hecho,
¡porra! Si hay algo después de este mundo, como nuestra religión nos
enseña, ¿á qué apurarse por un día más ó menos de vida?
—Verdad es, Sr. D. José—dijo el fraile,—que las provisiones se acaban
por momentos y que donde no hay harina todo es mohína.
—¡Boberías y melindres, Padre Luengo!—exclamó Montoria.—Ya... si esta
gente, acostumbrada al regalo de otros tiempos, no puede pasarse sin
carne y pan, no hemos dicho nada. ¡Como si no hubiera otras muchas
cosas que comer!... Soy partidario de la resistencia á todo trance,
cueste lo que cueste. He experimentado terribles desgracias: la pérdida
de mi primogénito y de mi nieto ha cubierto de luto mi corazón; pero el
honor nacional, llenando toda mi alma, á veces no deja hueco para otro
sentimiento. Un hijo me queda, único consuelo de mi vida y depositario
de mi casa y mi nombre. Lejos de apartarle del peligro, le obligo á
persistir en la defensa. Si le pierdo, me moriré de pena; pero que se
salve el honor nacional, aunque perezca mi único heredero.
—Y según he oído—dijo el Padre Luengo,—el Sr. D. Agustín ha hecho
prodigios de valor. Está visto que los primeros laureles de esta
campaña pertenecen á los insignes guerreros de la Iglesia.
—No: mi hijo no pertenecerá á la Iglesia. Es preciso que renuncie á ser
clérigo, pues yo no puedo quedarme sin sucesión directa.
—Sí: vaya usted á hablarle de sucesiones y de casorios. Desde que es
soldado parece que ha cambiado un poco; pero antes, sus conversaciones
trataban siempre _de re theologica_, y jamás le oí hablar _de erotica_.
Es un chico que tiene á Santo Tomás en las puntas de los dedos, y no
sabe en qué sitio de la cara llevan los ojos las muchachas.
—Agustín sacrificará por mí su ardiente vocación. Si salimos bien del
sitio, y la Virgen del Pilar me le deja con vida, pienso casarle al
instante con mujer que le iguale en condición y en fortuna.
Cuando esto decía, vimos que se nos acercaba sofocada Mariquilla
Candiola, la cual, llegándose á mí, me preguntó:
—Señor de Araceli, ¿ha visto usted á mi padre?
—No, señorita Doña María—le respondí.—Desde ayer no le he visto. Puede
que esté en las ruínas de su casa, ocupándose en ver si puede sacar
alguna cosa.
—No está—dijo Mariquilla con desaliento.—Le he buscado por todas partes.
—¿Ha estado usted aquí detrás, por junto á San Diego? El Sr. Candiola
suele ir á visitar su casa llamada de los Duendes, por ver si se la han
destrozado.
—Pues voy al momento allá.
Cuando desapareció, dijo Montoria:
—Es ésta, á lo que parece, la hija del tío Candiola. A fe que es
bonita, y no parece hija de aquel lobo... Dios me perdone el mote. De
aquel buen hombre, quise decir.
—Es guapilla—afirmó el fraile.—Pero se me figura que es una buena
pieza. De la madera del tío Candiola no puede salir un buen santo.
—No se habla mal del prójimo,—dijo Don José.
—Candiola no es prójimo. La muchacha, desde que se quedaron sin casa,
no abandona la compañía de los soldados.
—Estará entre ellos para asistir á heridos.
—Puede ser; pero me parece que le gustan más los sanos y robustos. Su
carilla graciosa está diciendo que allí no hay pizca de vergüenza.
—¡Lengua de escorpión!
—Pura verdad—añadió el fraile.—Bien dicen que de tal palo, tal astilla.
¿No aseguran que su madre la Pepa Rincón fué mujer pública ó poco menos?
—Alegre de cascos tal vez...
—¡No está mala alegría! Cuando fué abandonada por su tercer cortejo,
cargó con ella el Sr. D. Jerónimo.
—Basta de difamación—ordenó Montoria,—y aunque se trata de la peor
gente del mundo, dejémosles con su conciencia.
—Yo no daría un maravedí por el alma de todos los Candiolas
reunidos,—repuso el fraile.
—Por allí aparece D. Jerónimo, si no me engaño. Nos ha visto y viene
hacia acá.
En efecto: el tío Candiola, avanzando despaciosamente por el Coso,
llegó á la puerta del Convento.
—Buenas tardes tenga el Sr. D. Jerónimo—le dijo Montoria.—Quedamos en
que se acabaron los rencorcillos...
—Hace un momento ha estado aquí preguntando por usted su inocente
hija,—le indicó Luengo con malicia.
—¿Dónde está?
—Ha ido á San Diego—indicó un soldado.—Puede que se la roben los
franceses que andan por allí cerca.
—Quizá la respeten al saber que es hija del Sr. D. Jerónimo—dijo
Luengo.—¿Es cierto, amigo Candiola, lo que se cuenta por ahí?
—¿Qué?
—Que usted ha pasado estos días la línea francesa para conferenciar con
la canalla.
—¡Yo! ¡Qué vil calumnia!—exclamó el tacaño.—Eso lo dirán mis enemigos
para perderme. ¿Es usted, Sr. de Montoria, quien ha hecho correr esas
voces?
—Ni por pienso, respondió el patriota.—Pero es cierto que lo oí decir.
Recuerdo que le defendí á usted, asegurando que el Sr. Candiola es
incapaz de venderse á los franceses.
—¡Mis enemigos, mis enemigos quieren perderme! ¡Qué infamias inventan
contra mí! También quieren que pierda la honra, después de haber
perdido la hacienda. Señores, en mi casa de la calle de la Sombra se
ha hundido parte del tejado. ¿Hay desolación semejante? La que tengo
aquí detrás de San Francisco y pegada á la huerta de San Diego, se
conserva bien; pero está ocupada por la tropa, y me la destrozan que es
un primor.
—El edificio vale bien poco, Sr. D. Jerónimo—dijo el fraile,—y si mal
no recuerdo, hay diez años que nadie quiere habitarla.
—Como dió la gente en la manía de decir si había duendes ó no... Pero
dejemos eso. ¿Han visto por aquí á mi hija?
—Esa virginal azucena ha ido hacia San Diego en busca de su simpático
papá.
—Mi hija ha perdido el juicio.
—Algo de eso.
—También tiene de ello la culpa el señor de Montoria. Mis enemigos, mis
pérfidos enemigos no me dejan respirar.
—¡Cómo!—exclamó mi protector.—¿También tengo yo la culpa de que esa
niña haya sacado las malas mañas de su madre... quiero decir...?
¡Maldita lengua mía! Su madre fué una señora ejemplar.
—Los insultos del Sr. Montoria no me llaman la atención, y los
desprecio—dijo el avaro con ponzoñosa cólera.—En vez de insultarme el
Sr. D. José, debiera sujetar á su niño Agustín, libertino y embaucador,
que es quien ha trastornado el seso á mi hija. No, no se la daré en
matrimonio, aunque bebe los vientos por ella. Y quiere robármela.
¡Buena pieza es el tal D. Agustín! No, no la tendrá por esposa. Vale
más, mucho más, mi María.
D. José de Montoria, al oir esto, púsose blanco, y dió algunos pasos
hacia Candiola, con intento sin duda de renovar la violenta escena de
la calle de Antón Trillo. Después se contuvo, y con voz dolorida habló
así:
—¡Dios mío! dame fuerzas para reprimir mis arrebatos de cólera. ¿Es
posible matar la soberbia y ser humilde delante de este hombre? Le pedí
perdón de la ofensa que le hice, humilléme ante él, le ofrecí una mano
de amigo, y, sin embargo, se me pone delante para injuriarme otra vez,
para insultarme del modo más horrendo... ¡Miserable: castígame, mátame,
bébete toda mi sangre, y vende después mis huesos para hacer botones;
pero que tu vil lengua no arroje tanta ignominia sobre mi hijo querido!
¿Qué has dicho, qué ha dicho usted de mi Agustín?
—La verdad.
—No sé cómo me contengo. Señores, sean ustedes testigos de mi bondad.
No quiero arrebatarme; no quiero atropellar á nadie; no quiero ofender
á Dios. Yo le perdono á este hombre sus infamias; pero que se quite al
punto de mi presencia, porque viéndole no respondo de mí.
Amedrentado por estas palabras Candiola, entró en el portalón del
Convento. El Padre Luengo se llevó á Montoria por el Coso abajo.
Y sucedió que en el mismo instante, entra los soldados que allí
estaban reunidos, empezó á cundir un murmullo rencoroso que indicaba
sentimientos muy hostiles contra el padre de Mariquilla, lo cual,
atendidos los antecedentes de aquél, no tenía nada de particular. El
quiso huir, viéndose empujado de un lado para otro; mas le detuvieron,
y sin saber cómo, en un rápido movimiento del grupo amenazador, fué
llevado al claustro. Entonces una voz dijo con colérico acento:
—Al pozo; arrojarle al pozo.
Candiola fué asido por varias manos, y magullado, roto y descosido más
de lo que estaba.
—Es de los que andan repartiendo dinero para que la tropa se
rinda,—dijo uno.
—Sí, sí—gritaron otros.—Ayer decían que andaba en el Mercado
repartiendo dinero.
—Señores—decía el infeliz con voz ahogada,—yo les juro á ustedes que
jamás he repartido dinero.
Y así era la verdad.
—Anoche dicen que le vieron traspasar la línea y meterse en el campo
francés.
—De donde volvió por la mañana. ¡Al pozo con él!
Otro amigo y yo forcejeamos un rato por salvar á Candiola de una
muerte segura; pero no lo pudimos conseguir sino á fuerza de ruegos y
persuasiones, diciendo:
—Muchachos, no hagamos una barbaridad. ¿Qué daño puede causar este
vejete despreciable?
—Es verdad—añadió él en el colmo de la angustia.—¿Qué mal puedo
hacer yo, que siempre me he ocupado en socorrer á los menesterosos?
Vosotros no me mataréis; sois soldados de las Peñas de San Pedro y de
Extremadura: sois todos guapos chicos. Vosotros incendiásteis aquellas
casas de las Tenerías, donde yo encontré el pollo que me valió una
onza. ¿Quién dice que yo me vendo á los franceses? Les odio, no les
puedo ver, y á vosotros os quiero como á mi propio pellejo. Niñitos
míos, dejadme en paz. Todo lo he perdido; que me quede al menos la vida.
Estas lamentaciones, y los ruegos míos y de mi amigo, ablandaron un
poco á los soldados, y una vez pasada la primera efervescencia, nos fué
fácil salvar al desgraciado viejo. Al relevarse la gente que estaba en
las posiciones, quedó completamente á salvo; pero ni siquiera nos dió
las gracias, cuando después de librarle de la muerte le ofrecimos un
pedazo de pan. Poco después, y cuando tuvo alientos para andar, salió á
la calle, donde él y su hija se reunieron.